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    El grito de la desesperación

    Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
    El grito de la desesperación haitiana a la luz del Salmo 22.
    ¡Cómo se hace difícil escribir sobre la tragedia! Sea por respeto al dolor que transborda los sentidos, sea por las sacras memorias de vidas truncadas o por las lágrimas santas que salan el Caribe. Es preferible callar. Pero, en el silencio se escucha el grito de Jesús crucificado (Mt 27,46) adsorbiendo los gemidos de la tierra haitiana. Y la misma pregunta susurra en el lamento: ¿por qué nos abandonaste? (v.2).
    El cuestionamiento se gesta en la desolación. Cuando experimentan a Dios lejos de las súplicas y de los rugidos (v.2), cuando le hablan y no responde, cuando le imploran y no atiende (v.3). Gestan la pregunta en el desespero, en la tribulación (v.12), en el momento en que sus huesos se dislocan y su existencia se derrama, cuando sus corazones se derriten (v.15) y sus gargantas se secan como una teja, sintiéndose reducidos/as al polvo (v.16). Es aquí donde testimonian la aparente destitución de su condición humana reduciéndose a la categoría de gusano (v.7). Haití vive la oscuridad entre las horas sexta y nona (Mt 27,45); con sus manos y sus pies atrapados (v.17) y enterrados, tragando la muerte amarga y prematura.
    ¿Qué gente es esa? Empobrecidos/as sin desgracias repetidas (v.25), alucinando comida y agua (v.27). ¿Qué gente es esa? Todavía en el fondo de la cueva, y con la piel pegada a los huesos confían: Mas tú, Dios, no estés lejos, corre en nuestra ayuda, ¡Oh fuerza nuestra! (v.20). ¿Qué gente es esa? Aunque rastreándose sobre y bajo el polvo profesan la dignidad que le distingue (v.11).
    Y su Palabra dice: ¿Soy un Dios sólo de cerca.. y no soy Dios de lejos? (Jr 23,23). Él está en todo lugar y, por las dudas, se revela en Haití vistiendo rostros universales. ¡El mundo despierta! Especialmente tú, América Latina, y vemos los hambrientos/as compartiendo su pan y sus dones, venciendo prejuicios baratos para rescatar la dignidad humana: Dios no está lejos cuando el ser humano está cerca. Con razón el Salmo dice: Los pobres comerán y quedarán hartos, los que buscan a Dios le alabarán (v.27). Porque Él no ha despreciado ni ha desdeñado la angustia de los/as pobres, no les ha ocultado su rostro y cuando le invocan les escucha (v.25).
    El terremoto en Haití no es causalidad de la vida. Nunca antes esta generación sitió la muerte como sombra del cuerpo. Si en el Salmo 21 los generadores del sufrimiento son perros innumerables o los malvados bandoleros (v.17), en este contexto lo serían las emisiones de gases estufa que disminuye la salud de la tierra. Todos/as somos responsables. Principalmente G8: Estados Unidos, Rusia, Alemania, Japón, Francia, Canadá, Gran Bretaña e Italia. Hacen tentativa para modificar la superficie terrestre, pero los intereses económicos dominan, “el acuerdo es insuficiente. Se necesita tiempo para negociar”. Dios no hará nuestra tarea y es una pena que la cuerda rompe por el lado flaco.
    Rincón de la Palabra / Ángela Cabrera, Misionera Dominica

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    AMIGO DEL HOGAR N. 817 NOVIEMBRE 2017

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