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    El Valor de la Fortaleza

    Valores “Yo te he ordenado: Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni / Te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará donde / Quiera que vayas” (Josué 1,9).
    La Fortaleza es la virtud moral que asegura la fuerza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien; vence el miedo y el temor y capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. Para confirmar esto permítanme ilustrarlo con este testimonio.
    “Durante el régimen de dictadura en Rumanía, una mujer se solidarizó con su párroco y fue a la cárcel con su hijita. Los demás presos estaban molestos con esta señora al ver a la pequeña en la cárcel con ella, y hasta el jefe de prisión que le dijo ¿por qué no se compadece de su hija? Si renuncia a ser cristiana, las dos pueden irse a su casa. Y ella para que su hija no sufriera accedió a negar su fe y frente a un escenario de más de diez mil personas gritó “ya no soy cristiana”.
    De regreso a casa, la niña se volteó hacia su madre y le dijo: “mamá, hoy Jesús no está satisfecho contigo”. La madre trató de explicarle que ella lo hizo por amor. Entonces la niña la miró fijamente y le dijo “yo prometo que si vamos a la cárcel de nuevo por Jesús, no lloraré”. Su madre lloró, conmovida de orgullo y amor por su hija y apenada por su debilidad. Entonces pidió fortaleza a Dios para su nueva decisión. Volvió a la cárcel y le dijo al carcelero “renuncié a mi fe por amor a mi hija, pero ella tiene más valor que yo, así que hemos decidido volver a la cárcel y la niñita no lloró más para cumplir su promesa”.
    Los griegos utilizaron, entre otros dos, vocablos para referirse a la fortaleza: andreía y kaetería que es la fuerza de ánimo frente a las adversidades de la vida; o bien, la lucha contra los enemigos externos, sino también la lucha contra las tendencias desordenadas de los instintos y de las pasiones y así llegar a ser dueño de mismo.
    En el A.T. no se le mira como una virtud moral, sino como una fuerza física, de la que ningún ser humano puede fiarse (Salmo 33) ni vanagloriarse, sino que debe considerarla como un don de Dios (Is 10,13). El Salmo 37 es muy claro cuando nos dice que en el miedo, en la angustia y en el fracaso, cuando el hombre grita a Dios, confiesa su propia debilidad y le invoca con confianza, Dios le concede su fuerza. Si hace lo contrario, los poderes del mal lo esclavizan.
    Jesús en el N. T. manifiesta su poder mediante milagros que dicen que “Dios está con él” (Jn3,2) y que él es también “Dios con nosotros”(Mt 1,23). La humildad y la obediencia de Jesús es la fuente de sus poderes para curar enfermos, resucitar muertos, perdonar pecados y, mediante la acción del Espíritu Santo, echar demonios y entregar y recuperar la propia vida (Jn 10,18).
    Los discípulos y seguidores de Cristo reciben de él su fuerza “sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Esa fuerza de Jesús se hace sentir de varias formas, como fuerza interior que les da valentía a los mensajeros para proclamar y testimoniar la Palabra de Dios sin miedo (Hech 2,29). Les da firmeza en la fe para realizar grandes obras; pero a la vez les da paciencia para afrontar hasta la persecución y la tribulación en el nombre de Jesús; por último, puede llevar al discípulo hasta el martirio y tener también la disponibilidad para perdonar a quienes les hacen daño y renunciar a todo tipo de venganza y de resentimiento (Mt 18,21-35).
    El acto supremo de la Fortaleza es el martirio que es la aceptación de la muerte en defensa de la verdad y del bien moral. La Iglesia tiene en una alta estima la realidad del martirio y podemos afirmar que nunca ha faltado en la Iglesia desde San Juan Bautista y San Esteban, hombres y mujeres que han entregado su vida de un modo cruento o bien, en la radicalidad de su vivencia de fe.
    Hay una gran virtud que es muy afín a la Fortaleza y es la Magnanimidad, que es la persona que se esfuerza voluntariamente para hacer el bien y vivir arduamente el honor, la vida de la gracia y de la santidad. Hay otros tipos de personas contrarias a las que son magnánimas y son las pusilánimes, porque no se comprometen nunca a hacer algo grande y noble por pereza o por miedo. Hay otros tres vicios contrarios a esta virtud que son: la presunción, la ambición y la vanagloria.
    La persona presuntuosa se cree en condiciones de hacer más de su capacidad; la ambiciosa busca conquistar honor, poder y dinero a como de lugar y por eso se hacen testaruda y arbitraria; y la vanagloria que busca agradar a los demás a través de cosas superfluas (ropa, riqueza, fama) o de honores no orientados hacia Dios. Otras virtudes afines a la Fortaleza son la longanimidad o el saber esperar el resultado de su esfuerzo y la perseverancia, que lucha y se afana el tiempo necesario hasta ver realizado lo que quiere.
    Hoy más que nunca es necesaria la fortaleza y la vivencia de las distintas virtudes para poder resistir las dificultades y los duros ataques de los sembradores de muerte y así no cansarnos de hacer el bien. Así la fortaleza como capacidad de resistencia se hace paciente en el aguante de las dificultades y longánime en la espera de los buenos resultados; debemos resistir a los acosos de la publicidad y de los medios de comunicación, a la manipulación ideológica, la mentalidad consumista y hedonista, para no dejarse arrastrar por el mundo de las modas y de las marcas.
    Frente al pluralismo cultural, moral, religioso, socioeconómico y político, el cristiano debe saber tolerar las dificultades derivadas de la diversidad, sin condenas ni imposiciones. Debemos tener capacidad para vencer las amenazas dirigidas contra la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales El cristiano fuerte no debe entrar en colaboración con instituciones y personas que no sean capaces de ir más allá de sí mismo, para la construcción de un mundo más humano y fraterno, donde brille la justicia y la paz como anticipación de la utopía de Jesús que es su Reino.
    Valores / P. Fausto R. Mejía V.

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