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    ¿Qué tiene la puerta de la casa?

    Hay hombres que en su trabajo son divertidos y simpáticos, pero con su señora e hijos son serios y callados. Hay mujeres muy cariñosas y comprensivas con sus amigas, pero que con sus familias son pesimistas y criticonas. ¿Serán los síntomas de una doble personalidad? O ¿simplemente es la inconsciente “transformación” que produce el entrar a la casa?
    Tengo un amigo. Y, en cierta ocasión, en una fiesta familiar, hogareña, fui a su casa”, cuenta Angel María, autor español, quien continúa: “Estaba allí su mujer a quien le dije; ‘hay que ver qué suerte tienes’. Y ella dijo: ‘pues sí es verdad’”. “Entonces yo agregué: ‘Porque, fíjate, tienes un marido francamente divertido, él es un hombre realmente ocurrente’”.
    “Y ella con cara de sorpresa, me dijo: ‘¿Que mi marido es divertido? ¿Que mi marido es un hombre ocurrente? Me deja usted estupefacta ¿Que mi marido tiene gracia? Pues si mi marido tiene tanta gracia como usted dice, no sé de quién estamos hablando’”.
    Sucede mucho más comúnmente de lo que se piensa: hombres simpáticos, amables con los demás y que al llegar a sus casas no dicen una palabra. O mujeres que con sus amigas son extremadamente preocupadas, pero con su familia son pesimistas, hablan siempre de cosas negativas, sin palabras de ilusión ni de ánimo para los integrantes de su hogar.
    “A veces parece que la puerta que conduce a nuestro propio hogar es un lugar de increíble transformación: los rostros alegres se ponen serios, las caras animadas se vuelven monótonas”, escribe el mismo autor.
    Es cosa de hacer un autoexamen: generalmente se tiende a hablar en forma reflexiva en el trabajo, con los amigos o cuando se va de compras. En esas relaciones es usual mantener la compostura y medir cada una de las palabras que se dicen. Sin embargo, curiosamente es con el cónyuge y con los hijos, las personas que más se quieren, con quienes se es capaz de utilizar las palabras más destructivas e hirientes.
    ¿Acto voluntario o inconciente?
    Es una tendencia muy común, pero no pensada. Parte del error, bien intencionado, de creer que la casa es el lugar de descanso para quienes terminan una jornada laboral. Y si bien es muy natural tener la impresión que con la llegada al hogar se acabó el día, deja de serlo el hecho de adoptar una actitud pasiva por la cual se espera vivir en una especie de cápsula y relacionarse con la familia sólo para ser atendido.
    Si bien el cansancio es legítimo y las ganas de llegar a la casa a no hacer nada también, no lo es la idea de usar este recinto para descargar el malhumor, para levantar la voz, para criticar a quien se cruza por delante o simplemente para recibir atenciones, lo que se considera, debido a la ardua jornada de trabajo, “más que merecido”.
    Así la situación, ocurre el absurdo de que finalmente se dedica lo mejor de uno mismo al mundo, a la gente,… “a la que, por supuesto, hay que dedicar lo mejor, pero no con descuido de aquella gente, más entrañable, que es la propia familia”, escribe Ángel María. La casa se transforma injustamente en el sitio de las compensaciones: se pide a los miembros de la familia que paguen la factura de los desgastes sufridos durante el día.
    El cariño se cultiva
    El problema es que esta actitud se gesta amparada en la “confianza” que da el saberse querido, como si el cariño tuviera la obligación de aceptar habitualmente lo peor o lo menos atractivo de cada persona. Se siente que como la familia nos “pertenece” uno se puede dar el lujo de hacer lo que se quiera con ellos.
    Descargar las angustias del día en los seres queridos puede suceder en forma inconsciente, a la cual también hay que ponerle freno, pero jamás debe ser una mala costumbre adquirida. Por el contrario, cada miembro de una familia debe intentar llevar a su casa lo mejor de sí, con ánimo de aportar y no de transformarse en una carga pesada. De esta manera el descanso se vive en la casa pero rodeado de quienes más nos quieren en una compañía serena. El cariño no es un derecho adquirido: para que crezca hay que intentar que lo mejor de cada uno se entregue al interior de la familia.
    El principio de todo amor, de toda alegría, de toda ocurrencia debe estar en la casa. Y sin duda esta actitud finalmente desbordará hacia el exterior y en la relación que tengamos con los demás.
    La importancia de mantener en la casa una actitud positiva es tan simple como que aquellos padres que imprimen tensión y pesimismo al ambiente familiar, lo hacen con quienes más quieren en este mundo. Entonces, “ya que nos queremos tanto, nunca olvidemos la tarea de hacernos la vida más feliz”, escribe Ángel María. La gran tarea es que la puerta de la casa produzca una transformación, pero ésta debe ser para dar lo mejor. Familia y Sociedad / Magdalena Pulido Hacer Familia No. 164.

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