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    El rostro y el corazón

    Las palabras que siguen son algo más complicadas que de costumbre. Tienen un carácter reflexivo y en algún momento rozan la piel de la filosofía. Confío en un pequeño esfuerzo por parte del lector porque en ocasiones es preciso concentrarse y taladrar la superficialidad con que el entorno y la extroversión amenazan atraparnos.
    El tema quiere mostrar que en el rostro adquiere la persona su máxima densidad. Y tal parece que el rostro posee vasos comunicantes con el corazón. Los pensamientos, opciones y decisiones del corazón se reflejan, ante todo, en el rostro. Nada extraño, pues, que se haya hablado, en acertada formulación, de la epifanía del rostro.

    El rostro como vanguardia de la persona
    Entendemos la persona como un centro consciente y dinámico, un sujeto capaz de comunicarse con el prójimo y que es portador de la máxima dignidad. Pero la naturaleza de la persona no puede prescindir de su corporeidad. Gabriel Marcel insistía en que no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Y es de evidencia inmediata que donde el cuerpo adquiere mayor densidad, capacidad de comunicación y personalidad es en el rostro. El rostro es la expresión y presencia de la realidad concreta de la persona humana.
    El rostro es mucho más que unos determinados centímetros de piel o una precisa extensión corporal. No cabe homologarlo con otras regiones del cuerpo, pues su densidad y significado en cuanto a la comunicación y la expresión es mucho más relevante. El concepto de rostro apunta a la dimensión estrictamente individual del sujeto y se conecta con su más profunda interioridad, que simbolizamos con el corazón.
    Las emociones propias y las relaciones interpersonales dibujan y transfiguran las diversas expresiones del rostro. En el rostro irrumpe, acontece, se transparenta la persona, en él se registran incluso los sentimientos, emociones y actitudes del individuo. En ocasiones el rostro emite palabras y entonces me permite conocer todavía más a fondo y con detalle los pensamientos y sentimientos del prójimo. Una buena parte de verdad contiene la afirmación de que, a los cuarenta años, cada uno tiene el rostro que se ha labrado a lo largo de su vida.
    Es significativo notar que nadie ve directamente su propio rostro, a no ser con la ayuda del algún instrumento como el espejo o una superficie reluciente. ¿Será porque el rostro no es para mí, sino para el otro? El rostro es por sí mismo un lenguaje silencioso, trasparenta el yo íntimo de modo más efectivo que el resto del cuerpo. Los pliegues del rostro y el talante de la mirada irradian la intencionalidad, la interioridad y la emotividad profunda de la persona.
    A pesar de todo, en el rostro puede instalarse la ambigüedad. Es posible manifestar sentimientos y emociones que en realidad no se experimentan. Ni la mirada acogedora, ni la sonrisa abierta, ni el semblante afable garantizan inequívocamente que la actitud interior se corresponda con tales expresiones. De manera que la persona puede ocultarse a través de su rostro. Pero en este caso hablamos más bien de excepciones, represiones y falsificaciones.

    El rostro como indicador ético
    Cuando enfrente de mí vislumbro un rostro, se me hace visible su interioridad, su carácter irrepetible, su dignidad. El rostro remite a la imagen de Dios. El otro no es equivalente a lo otro (las cosas), ni al animal, porque tiene un rostro. Sólo el que viva replegado herméticamente sobre sí mismo y no perciba el rostro de su prójimo será capaz de tratarle como si no tuviera dignidad alguna. Es decir, como un objeto al que manejo según mis intereses y conveniencias. Cuando entran en juego sentimientos muy viscerales de carácter racista, xenófobo o religioso no raramente ocurre que se opaca el rostro del prójimo y se endurece el propio corazón.
    El rostro del otro me lleva a percibir de modo inmediato -sin necesidad de reflexiones ni argumentos- que el prójimo no puede ser instrumentalizado por mis intereses. El posee una dignidad que no debe ser violada, no es medio sino fin, como insistentemente recordara Kant. El otro es fuente de sentimientos y de iniciativas. Desde la antropología teológica todo ello significa que también él es imagen de Dios. Desde la convivencia humana implica que él es tan digno como yo y no lo puedo subordinar a mis conveniencias.
    Tales planteamientos levantan serios interrogantes sobre algunas actividades comunes en nuestra sociedad contemporánea. Por ejemplo, la muy desarrollada publicidad. La propaganda tiene como objetivo convencer racional o irracionalmente al otro, con los recursos de que disponga y (muchas veces) sin reparar en escrúpulos. Se le pretende convencer para que acepte ideas de tipo político o compre determinados productos económicos. La publicidad tiende a tratar al otro como cliente, paciente, consumidor, votante... Olvida su personalísimo rostro ocupado como se halla en favorecer los propios intereses crematísticos o ideológicos.
    El rostro es como el indicador del misterio personal. Ahora bien, este misterio necesita de un ambiente cálido y de acogida para manifestarse. Si tropieza con miradas duras y actitudes desconfiadas la persona rehúsa la apertura y permanece clausurada. Tal como acontece con el caracol que se esconde cuando sus antenas detectan obstáculos cercanos. Para favorecer la transparencia del misterio personal hay que mirar el rostro del prójimo con paciencia, respeto y amor. La mirada que no respeta envilece, destruye, disecciona. Las razones del corazón / Manuel Soler Palá

    1 comentario :

    Promueve el diálogo y la comunicación usando un lenguaje sencillo, preciso y respetuoso...