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    La costilla de Adán y otros infantilismos


    Una de las causas que alimentan el sigiloso y constante abandono de los católicos en todas las latitudes consiste en que se les transmiten conocimientos infantiles acerca de la Biblia. Todavía hoy hay adultos ilustrados en muchos terrenos que creen a pie juntillas que Eva surgió de la costilla de Adán. Como si de un espectáculo de prestidigitación se tratara, aunque sin espectadores.
    Pues no, ya basta de transmitir infantilismos y ambigüedades en la catequesis. De otro modo, cuando el niño se hace adulto acabará arrojando lo que aprendió al cubo de la basura. O tendrá que hacer un esfuerzo doloroso para pisotear su razón. O inventarse aquello tan peregrino de la doble verdad: para la ciencia una verdad que no coincidiría con la de la fe.
    Urge poner punto final a los fundamentalismos y las interpretaciones literales. Preciso es armarse de valentía para exponer al público, en catequesis y homilías, lo que ya hace doscientos años se dice y se escribe entre teólogos y eruditos.

    Nada que temer de la verdad
    La inteligencia no tiene que estar ausente de la vida de los católicos. La ignorancia -siempre y cuando pueda superarse- no es digna del cristiano que nada tiene que temer de la verdad.
    Ya algunos viejos autores de primera hora, los llamados SS. Padres, decían que si alguien no quiere enterarse de la verdad por miedo a perder su fe, que se pierda ésta sin más. No podemos temerle a la verdad y caminar de espaldas a ella. ¿Con qué autoridad podríamos evangelizar en estas condiciones?
    De ninguna manera hay que sacrificar la investigación para proteger a los débiles e inseguros en cuestión de fe. Ello equivaldría a una traición y a una actuación de baja estofa. Lo que conviene hacer es fortalecer a los débiles nutriéndolos con la verdad a fin de que superen el escándalo que pueda tentarlos.
    En realidad, con frecuencia el público de hombres y mujeres que asiste a la Iglesia sospecha que el Dios que se les presenta es demasiado pequeño y no pueden aceptarlo en el fondo último de su corazón. Pero lo mantienen muy callado porque quienes les hablan no les facilitan todas las informaciones. Insisten en unos datos y silencian otros. Y entre tanto los fieles refrenan los interrogantes que planean por su mente.
    Está prohibido por una elemental ética modelar las mentes a base de prejuicios. Sí hay que enseñar y transmitir conocimientos -junto con emociones y actitudes- para que el creyente esté siempre actualizado y pueda dialogar con los estratos cultos de la sociedad.
    El cristiano no tiene por qué pensar como una reliquia arcaica, ni temerle a la modernidad o postmodernidad. Ya no le es suficiente apelar a lo que le enseñaron sus antepasados. Éste es un argumento atendible, pero no decisivo.

    No reprimir la inteligencia de los creyentes
    Una actuación honesta no puede en ningún caso reprimir a los que encuentran su hogar espiritual en la Iglesia dándoles a entender que la investigación y la búsqueda de la verdad es un objetivo sospechoso para la fe. De ninguna manera se les puede mantener en ella a cambio de ahuyentar los interrogantes que les sobrevienen.
    Los cristianos fundamentalistas distorsionan la Biblia, pues que la leen al pie de la letra. No es un buen método leer con los ojos de hoy lo que se escribió en un escenario totalmente distinto. Conviene saber absorber el meollo, a base de crítica literaria e histórica, para quedarse con el mensaje religioso y desechar lo que constituye hojarasca o mera anécdota.
    Resulta escandaloso que se barajen habitualmente ideas y conocimientos en los investigadores de la Biblia que siguen siendo desconocidos por el común de los fieles. Esta situación hace sospechar que la jerarquía teme que los creyentes pierdan la fe si se enteraran de las investigaciones en curso.
    No es honrado afirmar que la ciencia bíblica es ciencia inexacta, siempre cambiante, poco confiable a la postre. Hay datos y hechos que han adquirido un consenso suficiente e ignorarlo constituye una actitud cercana a la mala fe.
    Por ejemplo, las historias sobre el nacimiento de Jesús no son literales, ni biográficas. Tienen una función interpretativa, se vincularon con otros acontecimientos del Antiguo Testamento para fines catequéticos. Atestiguan la fe de la comunidad que las creó, pero no la verdad objetiva de sus detalles.
    Con todo lo cual no se estimula un aguacero indiscriminado de novedades y menos de conclusiones inciertas. No. La tarea que debe hacerse con los fieles que asisten a la Iglesia, a las reuniones de barrio, a las catequesis sobre sacramentos, exige mucha delicadeza y pedagogía. Pero al mismo tiempo no debería desentonar con las grandes verdades que la inmensa mayoría de los estudiosos ya dan por sentadas y adquiridas definitivamente a propósito de la Biblia.
    Por supuesto que los abandonos de la Iglesia tienen muchos otros motivos y a todos ellos habría que atender. Pero la transmisión de infantilismos, a la larga insostenibles para el común de los ciudadanos, es uno de ellos.
    Las razones del corazón / Manuel Soler Palá

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