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    La riqueza inicua

    “Todos queremos más”. Así se llamaba una vieja canción popular que ya no se oye, aunque su mensaje se vive día a día con mayor intensidad.
    Todos queremos más (ter) y más y más y mucho más.
    El que tiene un peso quiere tener dos;
    el que tiene cinco quiere tener diez;
    el que tiene veinte busca los cuarenta
    y el de los cincuenta quiere tener cien.
    Todos queremos más. Algunos, no tantos y cada vez menos, antes que tener más, quieren ser más. Ser más honrados, más justos, más responsables, más solidarios, ser mejores. Pero la mayoría prefiere tener más; duplicar lo que tienen, según dice la canción, y seguir multiplicándolo en una espiral sin fin. El deseo desbordado del dinero se llama codicia. Tener y tener cada vez más es dar al dinero o, lo que es lo mismo, a la riqueza valor supremo y absoluto, que sólo corresponde a Dios.

    ¿Cómo lo ve el evangelio?
    El evangelio de san Lucas trata el asunto del apego al dinero en la perspectiva de la idolatría (Lc 16, 9-13) Lo dice expresamente: “No pueden servir a Dios y al dinero” (v. 13)
    Siguiendo el modo de hablar de entonces llama al dinero “mammona”, que se consideraba como un regalo de Mammón, el dios del dinero. La riqueza sería fruto de la idolatría, del culto a un ídolo. Por otra parte, el evangelio la califica como “mammona de iniquidad” (v. 9) Iniquidad significa desigualdad no debida y, por lo mismo, injusta, porque hay desigualdades que no son ni justas ni injustas. Por ejemplo, desigualdad en el sexo, en la estatura, en el peso, en la nacionalidad. En estos y en otros muchos casos no cabe hablar de injusticia. Pero hay desigualdades indebidas y, por lo tanto, son injustas. En esta categoría está la desigualdad entre ricos y pobres.
    (Nota: A continuación, en vez de “mammona de iniquidad”, usaré la expresión “riqueza injusta”, pero sin olvidar el significado y alcance que tiene en el evangelio)

    Riqueza injusta ¿por qué? Algunos comentaristas dicen que la riqueza es injusta porque fue conseguida con malas artes; por robo. Otros dicen que es injusta, porque fomenta el orgullo y otros vicios. Santo Tomás de Aquino va más al fondo del problema y afirma que “toda riqueza, sin importar su origen, es siempre riqueza injusta, porque no está distribuida equitativamente, habiendo unos a quienes les sobra, mientras otros carecen de lo necesario” (II-II,32,7 ad 1) El destino natural de los bienes es cubrir de las necesidades de la población y no la acumulación o el acaparamiento en pocas manos. Es uno de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia en lo referente a la propiedad privada. Juan Pablo II lo expresa con una comparación muy clara: “toda propiedad privada está hipotecada por las necesidades sociales”. Todo ser humano tiene derecho a los bienes necesarios para la vida: comida, salud, educación, vivienda, etc. Tener lo necesario es un derecho natural y el fundamento de todos los derechos humanos. Por eso, que haya gente en necesidad, mientras que otros tienen de sobra es una desigualdad injusta porque no debe ser así. Más que hablar del derecho de propiedad sobre lo que se tiene, habría que hablar del derecho a la propiedad de los que carecen de lo necesario.
    No deja de ser significativo que el evangelio hable de la “riqueza injusta” comentando la parábola del administrador infiel. Es decir, somos administradores y no dueños de los bienes. Lo indica también la petición del padrenuestro: “danos hoy nuestro pan de cada día”. Si pido que nos dé “nuestro” pan, estoy reconociendo que no es mío y sólo para mí, sino que es el pan nuestro, que hay que repartir.

    La codicia es una idolatría (Col 3,5), que está prohibida con fuerza e insistentemente en la Biblia. Dios no condena la idolatría porque “tenga miedo” de que le quitemos el honor que sólo a Él es debido. A Dios no le podemos quitar nada, ni añadirle nada que Él no tenga. La idolatría está prohibida para nuestro bien. Los ídolos esclavizan; sólo Dios engrandece y libera al ser humano. Por eso san Pablo recomienda a Timoteo que advierta a los fieles que “la codicia es la raíz de todos los males” (1Tim 6,10), porque nubla la mente y apaga todo criterio moral. En efecto, el que pone al dinero en el lugar que sólo corresponde a Dios desbarajusta toda la escala de valores: olvida lo importante y esencial y se apega a lo inútil y aparente; antepone el interés personal al bien común; endurece el corazón hasta perder toda sensibilidad ante la necesidad o el sufrimiento del otro. Por su parte, la carta de Santiago dice que la codicia es la causa de la violencia hasta llegar al asesinato (St 4, 1-2) Para comprobarlo basta ver los males que afligen a la humanidad: guerras, masacres, refugiados, muertos de hambre, tráfico humano, destrucción del medio ambiente, etc. para darse cuenta de que en la base está la codicia. No sólo a nivel personal, sino también a nivel de los países, de sus gobiernos.

    ¿Por qué esta doctrina no es aceptada?
    Esta es la doctrina oficial de la Iglesia sacada del evangelio, pero no se acepta fácilmente ni, menos aún, se pone en práctica, porque choca de frente con el sistema social, económico y político implantado en el mundo, que favorece y promueve el egoísmo y la ganancia personal sin importar que una gran parte de la población quede excluida de los bienes necesarios para vivir.
    Las primeras comunidades cristianas sí la pusieron en práctica y actualmente en la Iglesia las órdenes y congregaciones religiosas la tienen como base de la vida consagrada. No sé si vale el ejemplo. Hace ya más de 60 años que hice voto de pobreza, de no tener nada como propio. Lo que gano dando clases en la universidad o en otros trabajos remunerados va al fondo común. Cuando necesito dinero para pagar el billete de la guagua o para comprar algo necesario, tengo que pedirlo al administrador. Y nunca me arrepentí.
    La práctica de compartir los bienes con los otros supone una vivencia comunitaria; que somos miembros de la gran familia humana y que hay que compartir. Yo creo que no se hace el esfuerzo necesario para que los fieles tomen conciencia de ello. Habría que comenzar por la familia donde la atracción de la sangre inclina a compartir equitativamente los bienes. En el ámbito de la comunidad cristiana habría que insistir más en la catequesis y en la predicación sobre el destino natural de los bienes para que los fieles se convenzan de que hay que compartir.
    Es posible que alguno piense ¡qué bien les viene a los ricos este evangelio! Pero el evangelio no es una piedra para descalabrar a otro. Este texto del evangelio sobre la riqueza injusta vale para todos y también para los pobres. Hay mucha gente pobre que busca por todos los medios llegar a ser ricos. Confían en la suerte, gastan dinero en la lotería, consultan adivinos y horóscopos, hacen combinaciones con los números, prometen dar participación a sus santos si les toca la lotería, etc. En el fondo, todas estas prácticas es rendir culto al dios Mamón, aunque no lo mencionen ni piensen en él.

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