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    La mesa compartida

    Cuando vivía y trabajaba en Tamayo, tenía la costumbre de comer en la casa de los parroquianos cada domingo. Era una forma de conocer mejor a las mujeres y a los hombres de la comunidad y de compartir con ellos un momento importante de la vida. Desgraciadamente, la mayoría de las veces, me encontraba sólo en la sala frente a un sancocho sabroso mientras los habitantes de la casa comían el mismo sancocho en la cocina. Comprendí que, en la cultura dominicana sureña, cuando un invitado llegaba a la casa, se lo dejaba sólo en la sala para que se sintiese libre de comer y de beber todo lo que se encontraba en la mesa. Sin embargo, me costó aceptar esta costumbre puesto que, desde mi punto de vista, la comida se comparte siempre con otros. Según mi forma de pensar, comer juntos representa la actividad comunitaria más importante de la vida.
    Aquí, en Zambia, me encuentro frente al mismo fenómeno. Como en la República Dominicana, la familia entera no suele reunirse alrededor de la misma mesa para comer: el hombre come en la sala con el invitado y la mujer y los niños se quedan en la enramada que sirve de cocina.

    Alrededor de la mesa
    En la casa curial, ahora somos 45 personas: 41 niños y niñas huérfanos, 2 ancianos, un educador y yo. Siguiendo la cultura, sería normal que yo comiese en la sala junto con Amos, el educador y los dos abuelos mientras los 41 niños se quedasen fuera esperando que fuésemos satisfechos para empezar a comer. Sin embargo, desde el inicio, he insistido en la importancia de estar juntos alrededor de la misma mesa en tres momentos de cada día. Ahora, los niños y niñas están acostumbrados: todos nos reunimos alrededor de la mesa tres veces al día. La comunidad de mesa es aún más estrecha por el hecho que no usamos platos ni cubiertos; cada uno toma la comida de un mismo plato y utiliza sus dedos para llevarla a la boca. Así, en una inmensa bandeja, repleta de puré de maíz, se pueden ver una multitud de manos que parecen abrazarse. Cuando establecí esta nueva modalidad, los niños se sorprendieron mucho y se quedaban en silencio observándome. Ahora han adoptado esta nueva forma de comer y aprovechan las comidas para compartir sus problemas, sus alegrías y sus descubrimientos.

    Significado de la comida
    La comida es la fuente de la vida y, por lo tanto, comer juntos del mismo plato representa el signo más profundo de la unidad y de la fraternidad. Por algo, en el Evangelio de Lucas, la principal actividad de Jesús es comer. En este evangelio, Jesús come diez veces*. Esas comidas representan los pilares del libro y destacan siempre un aspecto clave de la Eucaristía, la comida por excelencia, la Cena en que Dios mismo ofrece su vida a todos y a todas. Para tener una imagen completa de la Eucaristía según San Lucas, tenemos que estudiar cada una de las comidas de Jesús. Por ejemplo, la primera comida de Jesús es un banquete en la casa de Leví, un recaudador de impuestos (Lc 5,27-39). El texto acentúa la importancia de seguir a Jesús y expresa lo que esto significa. La comida compartida con Leví en su casa es un relato de Eucaristía. Muestra que la participación sincera en la Eucaristía exige la conversión de todos los participantes. La Eucaristía llama a los pecadores, es decir a todo el mundo, a la conversión profunda. La Eucaristía exige un cambio de vida, producto de la comunión y solidaridad con Jesús alrededor de la mesa. Pero el Evangelio de Lucas no es el único libro del Nuevo Testamento a subrayar la importancia de comer juntos.

    Cada madrugada, paso una hora en la capillita que ha sido construida en plena sabana, frente al hermoso lago. Mi meditación cotidiana siempre empieza con la misma palabra tomada del libro del Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”. Dios mismo está siempre a mi puerta y él llama. Lo primero que me toca hacer es escuchar su voz: escuchar a Dios que llama delante de mi puerta. Desgraciadamente, muchas veces, la bulla de mi vida no me permite oír la voz suave del Amigo. Mis muchas preocupaciones, mis numerosas actividades, mi constante búsqueda de satisfacción tapan mis oídos y me impiden oír a Dios que llama a mi puerta. Sin embargo, a veces lo oigo pero me cuesta abrir la puerta de mi casa. Me cuesta abrir esa puerta porque mi casa está sucia y desordenada; la vergüenza me impide dejar a Dios entrar en mi intimidad. No me doy cuenta que a fin y acabo, Dios es tan sencillo que no le importa instalarse en una miserable vivienda. Pero de vez en cuando, a pesar del estado destartalado de mi choza, dejo a Dios entrar. Entonces él se sienta a mi lado y… comemos juntos. La comida es siempre la Vida misma. Poco a poco le expreso mis secretos, le hablo de mi falta de amor, le cuento mis debilidades y mis fallos y le oigo susurrarme que él me ama a pesar de la suciedad de mi casita.
    Apuntes Misioneros / Pedro RUQUOY, cicmSobre las comidas de Jesús en el Evangelio de Lucas, les recomiendo el libro de Eugene LaVerdiere, “Comer en el Reino de Dios”, Ed Sal Terrae, Santander, 2002.

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    AMIGO DEL HOGAR N. 817 NOVIEMBRE 2017

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