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    Invitación a la Gratuidad

    Invitación a la gratuidad.
      “…Vengan, compren trigo, coman sin pagar; vino y leche de balde…” (Is 55, 1)  

    Nuestra casa desborda de gente. En estos momentos, más de 50 huérfanos y huérfanas hierven de vida en las distintas chozas que rodean el inmenso comedor construido entre los gigantescos árboles de la sabana. Uno de los problemas de cada día es el encontrar la comida para llenar la barriga de todos esos tigueritos y tigueritas. Por cierto, nuestros parroquianos han asegurado el maíz de cada día y más de 10,000 libras de ese cereal llenan nuestro granero esperando el momento para ser transformado en harina en el molino del pueblito. Varios de los muchachos están apadrinados por algunas personas solidarias en Bélgica y en Estados Unidos pero no es suficiente y buscamos medios de aumentar nuestros ingresos.
    Por esto, desde hace 10 días hemos abierto un pequeño colmado a la entrada de nuestra propiedad. A la derecha de la ventanilla, hemos pintado un girasol que expresa el nombre de nuestro pequeño negocio: “Flores de Sol”. Tenemos casi de todo. La sal y el azúcar son vendidos en pequeñas fundas de plástico puesto que, como en las bodegas de los campos dominicanos, la gente no tiene fuerza para comprar un paquete entero. Lo mismo para el aceite: lo ponemos en pequeños frascos de medio litro. Además de los ingredientes necesarios para la preparación de la comida de cada día, vendemos uniformes escolares, pantalones, camisas y vestidos. Entre el aceite de cocina y los refrescos, hemos instalado biblias, libros de oraciones, rosarios y paños con imágenes piadosas. En una esquina, se encuentran los clavos, pues aquí en estos montes, cuando muere una persona, la gente tiene que ir a la ciudad sólo para comprar clavos con el fin de fabricar el ataúd del difunto.
    Ahora, cada día muy de madrugada, preparo unos 100 bísquets siguiendo una receta de una comunidad de hermanas contemplaticas quienes, desde Bélgica, apoyan nuestro proyecto con sus oraciones diarias. Estos bísquets se han hecho famosos aquí en la sabana y todos los niños acuden en masa para comprarlos. Hace unos días, hemos tenido una reunión con el administrado del correo de Kabwe, la ciudad vecina. Le hemos propuesto abrir una pequeña agencia de correo en nuestro colmado. De verdad, cuando una persona quiere enviar una carta a un familiar que vive en otra parte del país, le cuesta andar más de 60 kilómetros para comprar sellos y poner su mensaje en un buzón seguro.
    Clement, Spencer, Bryan y Ernest forman el equipo responsable de la venta y cada miércoles, uno de ellos me acompaña a la ciudad para las compras. Nuestro colmado se ha hecho famoso y decenas de clientes se desplazan desde los distintos pueblitos de la región para comprar lo que necesitan en “las Flores de Sol”. Inútil decirles que los colmados son muy escasos en la sabana africana. Pero además, vendemos más barato que en cualquier otro lugar.
    Cada día, paso un buen rato detrás del mostrador y observo tanto a mis muchachitos vendedores como a los clientes. Sin lugar a duda, el colmado es un lugar clave para conocer lo que está pasando en el pueblo. Los clientes hablan de todo y comentan los últimos acontecimientos. Dan informaciones sobre los enfermos de la comunidad, sobre los conflictos entre campesinos y ganaderos, sobre las dificultades de los pescadores, en fin sobre la vida del pueblo… Ahora mismo aparece una anciana con unos cheles en la mano. Ella quisiera comprar miles de cosas pero su dinerito no le da para más que un dulce. Entonces pienso en este hermoso texto del libro del segundo Isaías donde Dios está presentado como una vendedora ambulante: “Oigan, sedientos todos, acudan por agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren trigo, coman sin pagar; vino y leche de balde…” (Is 55, 1)
    Con este texto, nos encontramos al final del exilio, o sea unos 540 años antes de Cristo. La gente vive en una situación de miseria absoluta y no tiene dinero para conseguir la comida de cada día. Todo se compra: ¡hasta el agua para beber! Deseoso de sembrar esperanza en el corazón de sus paisanos destrozados por el hambre y la sed, un profeta anónimo quien se presenta bajo el nombre de Isaías, señala la presencia de Dios, caminando por los callejones de la ciudad. De una forma hermosa, lo pinta como una mujer quien empuja un carretón cargado de comida. Esa mujer grita para atraer los clientes. Y… ¡Sorpresa! Todo es gratis. No hay que pagar nada. Todos pueden consumir agua, leche, trigo y vino sin tener ni un centavo en el bolsillo. Nuestro Dios da siempre gratuitamente. El es el Regalo por excelencia.
    Mientras medito esta magnífica imagen del libro de Isaías, la anciana se está alejando con su dulce en la boca. Mañana volverá para comprar otro dulce… ¿Cuándo llegará el día en que los pobres podrán satisfacer sus necesidades básicas? Me da ganas de llamar a la señora y de regalarle todo lo que nuestro colmado contiene… Pero esto no cambará nada a la situación de nuestra sociedad. Quizás hace falta abrir los ojos para ver a la divina vendedora empujando su carretón en los senderos de la sabana. Hace falta que todos los pobres de la tierra se junten con esa vendedora y junto, con ella, cambien las reglas del mercado mundial. Mientras tanto, tratemos sólo de tejer relaciones de solidaridad entre nosotros y nosotras. Tratemos de compartir lo poco que tenemos y tengamos presente que nuestra misión es construir una gran familia con todas las personas que viven a nuestro alrededor. Es quizás el camino para sentir la presencia de la divina vendedora ambulante siempre presente en los caminos del mundo.
    Apuntes Misioneros / Pedro RUQUOY, cicm

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    AMIGO DEL HOGAR N. 817 NOVIEMBRE 2017

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