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    Morir antes de Morir

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc.
    Morir antes de morir  
    Es una de las cosas más desconsoladoras que le puedan acontecer a un ser humano: morir antes de morir. Es decir, dar por terminada su biografía aun antes de fenecer. Las honras fúnebres se le tributarán dentro de unos años o unos lustros, pero en realidad ha muerto.
    Esta es la descripción que corresponde al típico ejemplar humano que vive en la inanición. Ninguna inquietud late en su interior, ningún afán intelectual llama a sus puertas. Tampoco siente la menor necesidad de una relación distinta o más profunda con las personas de su entorno. Y menos ampliar el círculo de las amistades.
    Se trata de hombres y mujeres que se repiten cada veinticuatro horas una y otra vez. No traspasan los límites de sus costumbres de siempre. Les aterra la novedad, les da pánico cuanto sugiera de lejos la conveniencia de desinstalarse. El fenómeno es más común de lo que se diría. A lo largo de los años uno le va recortando las alas a los ideales que un tiempo bullían dentro. Se contenta con conservarse lo mejor posible, empujar un día tras otro, resignarse a la repetición.

    Una tentación otoñal
    Es una tentación dorada, otoñal y decadente la de deslizarse por el plano inclinado de lo ya conocido, la de abrazar el conformismo que permite sobrevivir sin sobresaltos. Irradia su discreto encanto la mediocridad plateada y bien cincelada.
    A unos los paraliza el temor de correr riesgos. Han aprendido que los errores, las decisiones osadas y fogosas se pagan caras. Y ahora están bien asentados, inmóviles e inamovibles. Ajenos al hecho de que la mayor equivocación consiste en no hacer nada a fin de no equivocarse. A otros les produce una intensa sensación de ahogo el asumir responsabilidades que podrían complicarles la vida y variarles el ritmo establecido. Hay quien se ha vuelto impermeable al esfuerzo y prefiere vivir satisfaciendo las pequeñas necesidades que afloran en su cuerpo o en su alma. Sin otear horizontes más distantes.
    Una biografía de este estilo -cómoda, fácil, liviana y manejable- en realidad irradia una enorme tristeza y se hace difícil de soportar. Carece de vasos comunicantes con la vida auténtica, con la genuina alegría. Al protagonista de la misma, cada madrugada se le antoja un peso que debe sacudirse de encima. Porque uno no espera nada positivo, ni desea novedad alguna. Se contenta con que no acontezca algo que pueda importunar sus planes de siempre y obstaculizar la satisfacción de sus minúsculos deseos.
    ¿No se parece la actitud que mantiene este estilo de vida a aquella parábola del evangelio en la cual se descalifica sin contemplaciones al hombre que sólo sabe conservar su talento enterrándolo? Teme que puedan sobrevenirle riesgos y complicaciones. Prefiere cavar un hoyo y tener a buen recaudo su tesoro.
    El planteamiento cristiano exige cuidar el crecimiento propio y ajeno. Exhorta a liberarse de todo cuanto, desde dentro o desde fuera, bloquea y paraliza. Es partidario de romper ataduras y servidumbres que agostan la vitalidad e impiden dejar huella en la sociedad y el entorno. Las cobardías tienen la extraña y fatal capacidad de convertir al hombre y la mujer en enanos y de esterilizar a los creyentes.

    Liberar para liberarse
    Llegados a este punto propongo una hipótesis con muchos visos de realidad. ¿Y si los temores y las parálisis e incluso las depresiones fueran fruto de un extraño narcisismo? Me explico. Por lo general quien le teme a la novedad y al riesgo tiende a cavilar sobre sus angustias y miedos. Incluso lame por adelantado las heridas que en su imaginación cree haber recibido. Pues bien, al girar alrededor de sí mismo el individuo estrecha cada vez más el cerco -como el perro acorta la soga al dar vueltas sobre sí- y va hundiéndose en un remolino irreversible.
    ¿Tiene cura esta sorprendente enfermedad? Sí, la tiene, y consiste en ponerse plenamente a disposición del prójimo. Se trata de olvidar los propios afanes, angustias, rutinas y depresiones para acoger los problemas y sinsabores del prójimo, para aliviar sus llagas y hacer más soportables sus padecimientos.
    Acoger cordialmente al prójimo reporta los mejores beneficios para uno mismo. Al contactar con personas hambrientas, enfermas y desvalidas, la persona se asoma a las dificultades reales de la humanidad. El creyente se pone en contacto con el fundamento último de todo que es el mismo Dios. Y uno mismo deja de constituirse en obsesivo, constante y único punto de referencia.
    El que libera a los demás de problemas y preocupaciones resulta que disipa sus propias dificultades. De pronto su corazón, antes encogido, se esponja más y más. Quien ayuda a vivir en plenitud al prójimo se ayuda a sí mismo. El que ofrece amistad y apoyo, recibe a cambio fuerza y aliento para vivir.

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    AMIGO DEL HOGAR N. 817 NOVIEMBRE 2017

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