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    Las aguas amargas

    Biblia |P. William Arias  
    Las aguas amargas  

    En el libro de los Números 5, 11ss.,  se nos dice que si un hombre sospecha que su mujer le ha sido infiel, es decir, ha cometido adulterio, pero no tiene pruebas, sino sólo la mera intuición, la llevará ante el sacerdote judío y allí la someterá a unas series de rituales, entre los que sobresale la prueba del juicio de Dios u ordalías, en otras palabras la prueba de las aguas amargas.

    Esta prueba no era algo propio del pueblo de Israel sino que también pueblos del medio oriente, sobre todo los sumerios, la misma estaba contenida entre las leyes asirías y babilónicas, e incluso se habla de que en la edad media se hizo uso de este recurso. La prueba consistía en que la mujer debía de beber un vaso de agua mezclado con polvo del santuario y cenizas de un pergamino quemado, en el cual habían contenida una series de imprecaciones. Según el texto de Número la mujer ante las imprecaciones del sacerdote debía de decir Amén y luego tomarlas, si era culpable, esta bebida le produciría unas series de efectos en su cuerpo lo cual la haría objeto de maldición en medio de su pueblo, pero si la mujer era inocente, no se produciría dicho efecto. Esta era una ley discriminatoria ya que solo se habla de la sospecha del marido respecto a su mujer, pero nada se dice del marido en caso contrario.

    La ley de las aguas amargas esta en la línea de lo que era el adulterio para el pueblo de Israel que no era bien visto en dicha sociedad y quería preservar y proteger la unión matrimonial. El hombre que era sorprendido en adulterio con una mujer era pues apedreado junto con ella (Dt 22,22), aunque en caso de sospecha, como hemos visto, solo la mujer es la afectada. Pues en esto del adulterio y en lo relativo a la moral sexual en el Antiguo Testamento la mujer, lamentablemente, siempre quedaba mal parada, pues incluso en los casos de violación, si una mujer era violada en la ciudad era apedreada  junto a su agresor, por que ella pudo haber pedido socorro ya que se consideraba que en la ciudad  hay mucha gente (Dt 22,23-24); ahora bien, si era en el campo, solo se lapidaba al agresor, pues allí la mujer aunque pidiera socorro podía no haber sido escuchada, por lo despoblado que son los campos (Dt 22, 25-27).

    Con nuestros criterios de hoy podemos reafirmar la discriminación inherente en estas leyes propio de aquella época,  pero no podemos obviar, que estas leyes estaban también para impedir el adulterio como vicio, que tal parece que era algo muy extendido en el pueblo judío. El mismo adulterio es usado como base temática para hablar de la infidelidad del pueblo para con el Dios Yahvé en la literatura profética a través del profeta Oséas, y  los libros sapienciales tratan con insistencia el tema, sobre todo cuando hablan de la mala mujer.


    Jesús mismo condena este pecado, lo ve algo malo, aboga por la fidelidad hasta en el pensamiento (Mt 5,28), pero va más allá de la ley, pues toda ley tiene su finalidad para bienestar del hombre, no tiene un fin en sí misma, por lo tanto se condena el pecado, pero no el  pecador, al cual se debe tratar con misericordia. En Juan 8, 2-11 ante aquella mujer adultera, Jesús no solo se fija en el pecado de adulterio, se detiene en aquella mujer, que más que la aplicación de una ley  excluyente y discriminadora, está necesitada de misericordia; Jesús invita en este texto a ir más allá de la ley, más allá de las aguas amargas. ADH 796

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