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    Hostilidad hacia el pobre

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc.  

    La hostilidad hacia el pobre  
    El vocablo "xenofobia" ha logrado una notable presencia en la prensa y hasta en el lenguaje de cada día. Hecho un poco extraño, dada esta “X” inicial que le dota de un indisimulable aspecto extranjero. Y justamente con el extranjero tiene que ver la palabra. Indica la hostilidad hacia el extranjero, como el racismo tiene que ver con la discriminación hacia el individuo de otra raza.
    Llama la atención que no exista una palabra precisa para significar la hostilidad hacia el pobre. Una realidad, no obstante, de sobrada presencia en la convivencia cotidiana. El que carece de recursos, el que no puede ofrecer nada interesante a cambio, el que quizás va mal vestido y hasta mendiga por la calle, éste molesta, suscita la hostilidad, la fobia.

    Didáctico e histriónico
    Recuerdo a este propósito a un amigo diácono, empeñado en resultar didáctico y dotado de indudables habilidades histriónicas. Un día recibió la invitación para dar un retiro en una parroquia de clase alta. Sí, en un barrio de señores con abultadas cuentas corrientes, de señoras asiduas de la peluquería y con muchacha de servicio en la casa. El hombre apareció con vestimentas raídas, barba descuidada y aspecto general deplorable. En cuanto quiso entrar en el salón donde se hallaba reunido el público, se le impidió el paso. Allá no tenía nada que buscar.
    El mencionado diácono hizo valer los derechos humanos y la caridad cristiana, pero sólo lograba arrancar vagas excusas de los que protegían la entrada. Finalmente se identificó con los documentos pertinentes y consiguió franquear la puerta. Su charla abundó sobre lo que había ilustrado con creces: la hostilidad hacia el pobre. Una actitud tanto más reprochable a un grupo cristiano cuanto que ya la temprana carta de Santiago la condena sin paliativos.
    Se me ocurre que cuando se juntan la xenofobia y la hostilidad hacia el pobre la mezcla resulta explosiva. Porque un extranjero rico puede soportarse la mar de bien. Incluso una persona de color o de ojos rasgados, elegantemente vestida, no causa malestar. Pero que el extranjero o el individuo de otra etnia, además, sea pobre, se considera una clara extralimitación, si es que no una provocación. 
    Nada que decir contra los americanos espigados y rubios que visitan con asiduidad las playas del Caribe. No suscitan problemas los árabes rebosantes de petrodólares, que pasean por la costa del sol en España. Cierto que los alemanes se dedican a comprar pueblos perdidos en el mediterráneo e inundan el lugar donde se alojan de revistas y comidas germanas, pero, al fin y al cabo, favorecen la economía del país. 
    Sin embargo, sí son objeto de amplio e indisimulado rechazo los gitanos apegados a su forma de vida tradicional, tan alejada del afán de producir y consumir. Los inmigrantes del norte de África que llegan a Europa por el estrecho de Gibraltar, los dominicanos que surcan el mar en frágiles yolas hacia Puerto Rico, los mejicanos que pretenden eludir las fronteras del país vecino. El problema mayor no es de raza ni de extranjería, sino de pobreza. Más que racistas y xenófobos hay multitud de personas hostiles al pobre.

    Los ricos son más noticiables
    Las mismas víctimas generan mayor noticia si proceden de países ricos que si vienen de países pobres. Muchos seres humanos mueren en naufragios previsibles y los medios de comunicación no lo reportan, o simplemente aparece la noticia en un rincón de  periódico o en unos segundos periféricos del noticiario televisivo. Pero cuando las víctimas resultan ser un grupo de turistas bien alimentados y con fuerte poder adquisitivo, entonces los medios noticiosos persiguen la noticia y se aprestan a transmitir los mayores detalles posibles.
    Estremece comprobar el desdén con el que los ciudadanos de los países ricos contemplan a la masa de desesperados y de hambrientos. Una masa que suele ser de color oscuro, amarillo o cobrizo. Ellos mueren masivamente, pero sus muertes apenas arañan la conciencia de los poderosos.
    Son humanos de segunda, y se da por descontado —tácitamente, eso sí— que sus oscuras vidas no valen ni la mitad que las de los ciudadanos de países avanzados, exuberantes, cubiertos de riqueza y con envidiables avances técnicos.
    La historia del amigo diácono no es tan original después de todo. Yo no sé si era consciente de que simplemente puso en escena el inicio del capítulo segundo de la carta de Santiago. La cosa viene de lejos y no parece que vaya a remitir.
    Recomienda el apóstol no hacer diferencias entre quien llega peinado y perfumado a la reunión y quien viste sucios harapos. Califica de pésimos los criterios que llevan a obrar de otro modo. Luego asegura que Dios ha escogido a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe. Y acaba con una afirmación que deja en claro lo grotesco de un tal comportamiento. Justamente a quienes se suele tratar con delicadeza y respeto son los que aplastan a la gente y los meten en la cárcel. Claro como el agua este apóstol. ADH 796.

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