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    La luz en la Liturgia

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc. 

    La luz en la liturgia  
    «Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante».
    Recibimos el mes de abril en la plena celebración de la Pascua. Resuenan muy frescas aún en nuestros corazones y oídos, las solemnes voces del gran Pregón pascual. ¿Quién nos habla mejor de la luz que este solemne himno? Como profundización pascual, les propongo detenernos en la luz y el uso que hacemos de ella en la liturgia.

    La Pascua es el tiempo de la luz, por lo tanto, es tiempo oportuno para dirigir nuestra mirada atenta, alegre y agradecida a quien nos dice: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Cristo resucitado es quien nos ilumina y nos dice también: “ustedes son luz del mundo” (Mt 5,14). Quien es la Luz y nos llama a ser luz, es la razón para que celebremos este tiempo como tiempo de luz.
    Desde esa perspectiva, es muy fácil mirar la razón de utilizar la luz en la liturgia. Las páginas de la Biblia están permeadas del simbolismo de la luz, para comunicarnos el plan de Dios y presentarnos a Dios y su Hijo. Tan pronto como inicia la historia de la salvación nos encontramos con esta afirmación: “Dijo Dios: -Que exista la luz- Y la luz existió” (Gn 1,3). Al inicio de toda vida está la luz. Y al punto de cerrarse las páginas bíblicas, también encontramos: “La ciudad no necesita que la ilumine el sol ni la luna, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero. A su luz caminarán las naciones…” (Ap 21,23-24).

    Una mirada breve por otros textos, nos lleva a encontrar: “El Señor es mi luz y mi salvación” (Sl 26,1); “Porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz” (Sl 35,10); “En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas” (Jn 1,4-5); “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella…” (Jn 1,9-10); “Luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,32).

    Cuando la liturgia utiliza la luz, se refiere a Cristo. Y la liturgia por excelencia es la Vigilia Pascual, “la madre de todas las liturgias”, dirá san Agustín. En esa noche santa, la Iglesia invitó a sus hijos, diseminados por el mundo entero, y los reunió en torno al fuego nuevo, para encender del él el Cirio Pascual, que es símbolo de Cristo. Y la bendición del fuego se hizo con la siguiente oración: “Oh Dios, que por medio de tu Hijo has dado a tus fieles el fuego de tu luz, santifica este fuego, y concédenos que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con el corazón limpio a las fiestas de la eterna luz”.

    Una vez encendido el Cirio pascual, el sacerdote dijo: “La Luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”, y como comunidad marchamos tras el Cirio, cantando con gran alegría: “Luz de Cristo”, y lo hicimos por tres veces. De esa Luz nueva todos fuimos encendiendo nuestras velas y llegamos a la iglesia y la inundamos de luz, la cual se fue iluminando progresivamente, además, con la luz eléctrica. Y ahí se proclamó solemnemente el Pregón pascual, en la “noche dichosa”, que “sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó”.

    Y resalto dos momentos sacramentales muy significativos, que son un claro eco de la Pascua de Cristo: el Bautismo y la Eucaristía. A los bautizados se les entrega la luz, tomada del Cirio pascual. El ministro dice: “Reciban la luz de Cristo. A ustedes, padres y padrinos, se les confía acrecentar esta luz. Que sus hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz…”

    Para la celebración eucarística, la Ordenación del Misal invita: “Sobre el altar, o cerca del mismo, colóquese en cada celebración un mínimo de dos candeleros con sus velas encendidas…” (OGMR 117). Más adelante afirma: “Los candeleros, que en cada acción litúrgica se requieren como expresión de veneración o de celebración festiva, colóquense en la forma más conveniente…” (OGMR 307). Además, la luz encendida del sagrario, nos recuerda la presencia del Resucitado como Pan y compañía permanente. ADH 800.

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