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    "Dar de comer al hambriento". Primera obra de Misericordia

    Rincón de la Palabra  | Hna. Angela Cabrera, dmr

    Las obras de misericordia corporales

     Cada una de las obras de Misericordia corporales pone remedio a una deficiencia del prójimo. En efecto, en su cuerpo, el ser humano puede experimentar la falta de recursos necesarios, ya internos (comida, bebida), externos (vestido, techo), o sufrir carencias momentáneas internas (enfermedad), externas (privación de libertad, sepultura).[1] Veamos cada una de ellas.

    1.      Dar de comer al hambriento
    Primera obra de misericordia (Mt 25,35).
    Una de las particularidades del Dios bíblico es su interés por el sustento de su pueblo. El Éxodo presenta, mediante el relato del Maná en el desierto, la preocupación de Dios por las necesidades comunitarias (Dt 8,2-17). La comida base era el pan, distinto según el extracto social: los pobres lo comían hecho a base de harina de cebada, siempre. Los ricos, en cambio, lo usaban como acompañamiento en los banquetes, y a base de trigo, alimento de lujo.
    Jesús enseña en la oración del Padrenuestro, a pedir nuestro pan cotidiano (Mt 6,11). “Nuestro pan”, remite a un “pan de todos y para todos”, puesto que, el pan que no se reparte no es pan de Dios. También en Marcos 6,37 Jesús enseña a los discípulos a preocuparse por el alimento de los demás exhortándoles: “Denles ustedes de comer”. Dar de comer al hambriento es un imperativo ético para la Iglesia universal.
    Las enseñanzas de Jesús recuerdan los vínculos solidarios que deben estar presentes en la comunidad, desafío descrito en la visión apocalíptica del juicio final: “tuve hambre y me diste de comer” (Mt 25). En este sentido, la parábola se compara a un “chivo” que el Señor nos deja para el examen final. Las acciones aquí presentadas facilitan las orientaciones a ser vividas en las relaciones interpersonales y comunitarias mientras acontezcan los tiempos futuros.
    En esta y todas las obras de misericordia quedan evidente la identificación de Jesús con los pequeños, llevando a los cristianos a la práctica solidaria como elemento constitutivo de fe. Repartir la comida contrarresta el drama del hambre en el mundo.
    Conforme a los fundamentos bíblicos y teológicos, la vida es más que un bocado. No solo de “pan” vive la humanidad (Mt 4,4,). Por eso, los evangelios hablan del pan del Reino, del banquete mesiánico (Lc 14,15). El Magisterio de la Iglesia presenta la Eucaristía como el pan cotidiano. El Catecismo recoge las palabras de San Pedro Crisólogo para considerar que: “Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial”.[2]
    En un breve pronunciamiento el Papa Francisco consideró que: La lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la prioridad del mercado y la preeminencia de la ganancia. En este contexto, la solidaridad es una palabra que inconscientemente queremos sacar del diccionario. Nuestras sociedades se caracterizan por un creciente individualismo y por la división, esto termina privando a los más débiles de una vida digna.[3]
    Hay un texto significativo con el cual podemos hacer una pausa orar. Está en la carta de Santiago 2,15-17: “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de ustedes les dice: «vayan en paz, caliéntense y hártense», pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Pues así es también la fe; si no tiene obras, está realmente muerta”.
    Vale citar algunas palabras de Anselm Grun quien considera que, cuando damos de comer al hambriento, se requiere tacto cristiano para que dicha ayuda no se convierta en motivo de vergüenza para el otro.[4]

    ¿Qué tipo de pan quiero ser? ¿Por qué?

    Animando al compromiso
    ü    Si se está comiendo, ofrecer espontáneamente a las personas próximas.
    ü    Dar alimento a quien lo necesita, sin aguardar solicitud.
    ü    Pedir a Dios la gracia de “ofrecer el pan”, sin depender del nivel de gratitud de quien lo recibe.
    ü    Compartir el alimento con los pajaritos y los animales.
    ü    Abonar y cuidar la tierra que acoge plantas y árboles frutales. ADH 800



    [1] Ibid. 33.
    [2] San Pedro Crisólogo, Sermón 67,7, en: Catecismo de la Iglesia Católica, 2837.
    [3] Pronunciamiento del Papa Francisco en la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición, Roma, 2014.
    [4] Anselm Grun, Entrañas de misericordia, 29.

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