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    Palabras ante la muerte

    Para Vivir Mejor | Dra. Miguelina Justo 


    Palabras ante ​la muerte  
    Una madre lloraba desconsoladamente frente al blanco féretro donde yacía el cuerpo de su pequeño hijo.  Alguien se acercó y le dijo con voz suave y dulce: “Tranquila, ahora tienes un ángel en el cielo”.  El llanto se hizo más copioso, la voz desgarrada comenzó a gritar: ¡No quiero a un ángel en el cielo, quiero a mi hijo aquí conmigo! Muy probablemente la intención de esta persona era buena, sin embargo, el resultado no fue el esperado.  Las palabras pronunciadas, lejos de apaciguar el dolor lo avivaron: propiciaron que la madre rebelara un estado que puede observarse a los dolientes: la falta de aceptación de la muerte. 
    ¿Qué decir ante el dolor que produce la partida de un ser querido?  ¿Cómo calmar el llanto de quien sufre la pérdida de un hijo, una esposa, una madre, un amigo…?   He escuchado frases que lo intentan: “Fue lo mejor, ya estaba sufriendo”, “Debes ser fuerte. Tu familia te necesita”, “Entiendo cómo te sientes”, “Luego te sentirás mejor”, “Es la ley de la vida.” Las frases anteriores se repiten en funerales y novenarios, puede que un abrazo o un cálido estrechón de manos las acompañen.  Supongo que quienes las pronuncian están motivados por la compasión y que les anima un real interés de apoyar, sin embargo, dudo que estas palabras sean las que los deudores necesiten escuchar mientras reposa en el ataúd el cuerpo de quienes han amado.
    Antes de intentar ayudar a quienes sufren la pérdida de un ser querido, es importante señalar que cada persona procesará de una manera particular este cambio en su vida. Las características de la relación con el difunto, las circunstancias de la muerte, la percepción de una red de apoyo y contención, así como los recursos emocionales del sobreviviente pueden influir en toda la experiencia de duelo.  Las emociones iniciales varían, así como la intensidad y la estabilidad de las mismas.  La tristeza puede estar acompañada por la rabia, el alivio por la desolación y la incertidumbre.  Las emociones son diversas, algunas contradictorias, pero todas dignas de respeto y de comprensión.  El reconocer esto nos llevará a adoptar una actitud abierta, tolerante y amorosa, que distará mucho de aquella que nos impulsa a censurar la expresión del dolor. 
    En ocasiones parecería que se enjuiciara a quienes no asumen una postura estoica de sumisión y de aceptación absoluta.  La tristeza es una emoción humana. Jesús la experimentó cuando Lázaro murió.  La soledad fue para el Maestro un refugio en momentos fuertes de dolor y pérdida. Mateo, en el capítulo 14 de su Evangelio, nos dice que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan el Bautista “se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado”.   La desolación le hizo exclamar: “¿Por qué me has abandonado?, aquel viernes terrible en el Gólgota.  Siendo que todos podemos sentir congoja, incluso las personas de fe, sería improcedente juzgar.  Así como el llanto antecedió la resurrección de Lázaro, el aislamiento a la multiplicación de los panes y el desamparo al glorioso domingo de resurrección, la escucha sincera, empática, los silencios compasivos pueden ayudar a restaurar oportunamente la esperanza.
    El duelo es un proceso complejo, que puede alterar todo el ser, lo que se experimenta en el cuerpo, lo que se siente, se piensa, se hace y también cómo se establecen las relacione con el entorno.  Acompañar con paciencia y respeto este proceso puede ser bendición para quienes atraviesan la noche oscura y necesitan que alguien les contenga emocionalmente. 
    Acompañemos, pues, desde el respeto a la experiencia única del otro. Ayudemos mirando a la cara al dolor y resistiendo la tentación de acelerar su paso por la vida de quienes sufren.  Hablar desde el corazón siempre será mejor que aleccionar.  Escuchar siempre superará el acto de pronunciar las palabras correctas en el momento incorrecto. ADH 802.

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    AMIGO DEL HOGAR N. 817 NOVIEMBRE 2017

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