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    ¿Quién es quién en la Iglesia?

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc

    ¿Quién es quién en la Iglesia? 

    Circulan por ahí unos gruesos volúmenes que relatan en pocas líneas la personalidad o las gestas de hombres célebres. Se titulan Quién es Quién (Who is Who). En más de una ocasión se me ha ocurrido que también la iglesia requiere de una operación esclarecedora a gran escala para saber quién es quién.
    No se trata de publicar un directorio que identifique a los obispos, sacerdotes, religiosos o laicos destacados en el quehacer eclesial. No. Mi deseo apunta a algo tan simple y fácil de formular como lo siguiente: que la comunidad sepa quién es o no cristiano, que el mismo individuo sea consciente de ello.
    No me refiero tampoco a conocer el perfil espiritual o moral del vecino a fin de clasificarle adecuadamente. Ni la espiritualidad ni la moralidad son susceptibles de ser medidas. Para nuestros fines sería cristiano el que mostrara el firme deseo de llevar a la práctica los criterios de Jesús y se integrara mínimamente en un grupo creyente. Sin reparar mayormente en sus fragilidades humanas.

    El peso de las tradiciones y los prejuicios
    Resulta insostenible hablar de unos cristianos que no saben lo que son, o que lo saben sólo porque otros se lo dijeron, o que lo son para determinadas ocasiones. Una tal situación se presta a todo género de ambigüedades. Provoca el escándalo a quienes observan conductas indignas en aquellos que teóricamente dicen formar parte del grupo de creyentes.
    Una tal situación se presta a organizar estructuras, realizar ceremonias y dirigir discursos a unos sujetos como si fueran creyentes, cuando en realidad su compromiso es nulo y no tienen la menor intención de cultivarlo.
    Una tal clarificación debiera comenzar por el bautismo, que es la puerta oficial de entrada a la comunidad llamada iglesia. Si desde los inicios se permiten toda clase de confusiones, se renuncia de raíz a la posible clarificación. Ahora bien, hay quien entra en la iglesia ―se bautiza― no tanto por lo que la iglesia es o significa, sino por un rosario de tradiciones, prejuicios y presiones que así se lo imponen. Es un secreto a voces que tal cosa sucede. ¿Vamos a extrañarnos si entonces el sentido de pertenencia resulta débil, confuso e irrelevante?
    Para mucha gente el bautismo es un rito que se administra a los recién nacidos para que dejen de ser moros, para que no vivan como perros, para que no se los lleve la bruja. El ambiente ha impuesto que es preciso bautizar a los niños, y se les bautiza.
    Para comenzar, tales calificativos dirigidos a los no bautizados son ofensivos y totalmente fuera de lugar. Luego hay que considerar que esta concepción del bautismo va unida al sentimiento religioso inscrito en lo más hondo de la persona humana. De generación en generación un vago, pero pertinaz sentimiento de religiosidad natural, empuja a bautizar al niño. Se trata de una religiosidad difusa, vaporosa, sin brújula. Hay que bautizarlo, aunque los padres no sean practicantes, ni crean en la existencia del más allá, ni en pecado original alguno.
    Los padres se sienten ofendidos cuando se les regatea este derecho. Porque, efectivamente, lo consideran un derecho paralelo al de la atención médica o a la inscripción en los registros municipales. Hablarles de catequesis o futuros compromisos es inútil. Quizás se molesten por las exigencias, quizás pasen por lo que se les pide con tal de salirse con la suya. Pero no tienen antenas para captar este lenguaje. Se comprende. Sus motivaciones son muy otras de las que cree el párroco.

    Presiones y fiestas sociales
    Junto al sentimiento religioso están las presiones sociales. En algunos lugares todavía hay quien señala con el dedo a los no bautizados y sospecha incluso de su comportamiento ético. Un capítulo aparte respecto de las presiones sociales lo constituye el aspecto legal. En determinados países el bautismo ―y no señalo a nadie― sirve eventualmente para ingresar a la escuela, para viajar a países que otorgan la visa en cuentagotas, etc.
    ¿Acaso no existen registros civiles en los que constan los datos del individuo que desea ir a la escuela o viajar a un país vecino? Sí, existen, pero se manipulan con tanta facilidad, se soborna a los escribanos con tanta habilidad, que los dichos registros han dejado de ser creíbles. 
    No en último lugar, el bautismo ofrece una oportunidad para establecer ventajosas relaciones familiares. Existe la institución del compadrazgo que no se borra por decreto. En algunas familias y zonas mantiene una fuerza a tener muy en cuenta. Y condiciona tremendamente la búsqueda del padrino. La función del padrino creyente, una persona capacitad para ayudar en el crecimiento de la fe, suele pasar totalmente inadvertida. Interesa muchísimo más la elección de un compadre que otorgue prestigio o a quien se pueda recurrir en emergencias económicas.
    La fiesta familiar también cuenta lo suyo. Como toda fiesta, permite romper la monotonía de lo cotidiano, abrir la puerta al regocijo, echar una cana al aire. Y, quizás lo más importante, aunque lo menos confesado, permite proclamar la categoría social del anfitrión.
    En conclusión, mucha confusión. Con un tal bagaje de motivaciones no habrá que maravillarse si el bautismo ―entrada oficial en la iglesia― tiene que ver con la sociología más que con la fe. El bautizado pone el pie en el umbral de la iglesia, no porque se haya convertido, o porque sus padres quieran educarle en la fe y la moral cristianas, sino por prejuicios, presiones, tradiciones ajenas al sacramento. ADH 803.

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