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    La Politica Partidaria y el Principio de Subsidiariedad

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella | Instituto Superior Bonó.

    La Política partidaria dominicana y el Principio de Subsidiariedad

    En sus famosas Cartas a Evelina, el ensayista y médico dominicano Francisco Moscoso Puello escribe lo siguiente con su proverbial tono irónico:

    En honor a la verdad, mis compatriotas piensan sin el mayor esfuerzo en el paseo, en el baile, en las mujeres y sobre todo en la política. Aquí es donde demuestran mejor sentido. La política es el arte de vivir del Estado y éste no viene a ser en definitiva más que una sociedad de socorros mutuos, una especie de montepío, en el cual se reciben todo género de servicios a determinado tipo de interés, y los cuales pueden variar desde la delación hasta el acto de heroísmo más escandaloso. Y aquí todos nos adherimos al Estado, le prestamos nuestro concurso, vivimos de él, por él y con él. (Francisco Moscoso Puello, Cartas a Evelina)

    Estas gráficas palabras de Moscoso Puello describen jocosamente cómo se plantea en el contexto dominicano un tema central de la filosofía política, a saber, la relación entre Estado y sociedad. El Estado es para el dominicano aquella institución “que me da lo mío”, sobre todo un puesto de trabajo o una contrata para mejorar las condiciones materiales de vida. Incluso las universidades dominicanas andan “buscando lo suyo” en planes de formación docente armados de manera poco consistente, gracias a los generosos recursos del 4%. Ya que el mes de mayo de 2016 estará totalmente polarizado por las elecciones nacionales de dos de los poderes del Estado, reflexionemos sobre este delicado tema. Ello será especialmente relevante una vez se verifique o no lo que las encuestas electorales han repetido: que el PLD se quedará con el poder que ya tiene, aumentándolo con una aplastante votación que ha sido estratégicamente construida y costosamente financiada.
    La doctrina social de la Iglesia nos ofrece un principio especialmente esclarecedor para llevar a cabo este ejercicio de reflexión. Se trata del principio de subsidiariedad.

    1.      El principio de subsidiariedad
    El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDS) señala cuatro principios permanentes que sirven de apoyo al magisterio social de la Iglesia católica: el de la dignidad de la persona humana, el del bien común, el de subsidiariedad y el de solidaridad (CDS, 160). Una breve encuesta oral mostrará fácilmente que el menos conocido de estos principios es el de subsidiariedad.
    Nos explica además el CDS que estos cuatro pilares de la doctrina social de la Iglesia, como principios que son, necesitan de revisiones constantes para ganar en precisión, pero sobre todo para poderse aplicar de manera útil e iluminadora a los contextos en donde se desenvuelve la vida de las personas. Anota además, que los cuatro principios se refieren a la sociedad en general y que deben de operar de manera conjunta. Advierte que “deben ser apreciados en su unidad, conexión y articulación” (CDS, 162). Por lo tanto, si uno de los principios es descuidado o vulnerado, es razonable pensar que también los otros sufrirán alguna forma de menoscabo.
    Cabe añadir además, que la articulación de estos cuatro principios constituye una invitación a la corresponsabilidad. Articulados, estos principios deben de interpelar la conciencia y convocar a la libertad de las personas con vistas a crear una sociedad bien ordenada. Con otras palabras, estos principios no pretenden solamente hacernos responsables, sino corresponsables.
    La doctrina social de la Iglesia define la subsidiariedad como el principio en virtud del cual el Estado sólo debe ejecutar una labor orientada al bien común cuando advierte que los particulares o los organismos intermedios no la realizan adecuadamente, sea por imposibilidad o sea por cualquier otra razón. En otras palabras, el Estado no está para suplantar la responsabilidad del conjunto de la sociedad y de sus instituciones, sino para suplir allí donde haga falta. Una omnipresencia del Estado, como sustituto de un Dios todopoderoso, afectaría la libertad creativa y la corresponsabilidad orgánica de las personas e instituciones.
    El principio de subsidiariedad ha aparecido constantemente en el magisterio social de la Iglesia y puede tenerse como uno de los frutos más preciosos de la Iglesia católica. Ya aparece en la encíclica Rerum novarum (1891) y reaparece en todos los documentos posteriores. Es retomado incluso en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013) del papa Francisco, donde expresó su propuesta de reforma eclesial actual, que tantos frutos positivos está dando.
    Según este principio, no se puede promover la dignidad de la persona humana si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones y los dinamismos territoriales locales. Todas estas realidades constituyen la expresión de una sana articulación colectiva para las actividades fundamentales que marcan la vida de todos: la economía, la organización social, la cultura, el deporte, la recreación, la profesión y el ejercicio ciudadano. Todas estas actividades constituyen el ámbito de la sociedad civil, que queda definida como “el conjunto de las relaciones entre individuos y sociedades intermedias, que se realizan en forma originaria y gracias a la ‘subjetividad creativa del ciudadano’.” (CDS, 185). Sin esta red asociativa, no se puede hablar de un verdadero tejido social, ni tampoco de una comunidad nacional, pues sin ellas las personas no son capaces de reconocer las formas elevadas de la sociabilidad, es decir, los aspectos de la vida que nos permiten convivir respetuosamente.
    Los signos de los quiebres de la sociabilidad dominicana están por doquier: violencia callejera, circulación vehicular desordenada, irrespeto de las señales de tránsito, turismo destructor del medioambiente y de seres vulnerables, mundo empresarial agresivo y con vocación monopólica, bloqueo de la observación electoral de Participación Ciudadana por parte de una Junta Central Electoral presidida por un miembro del equipo oficialista, cambio de la Constitución para la reelección, incapacidad para juzgar los grandes casos de corrupción, partidos políticos que hacen cualquier acuerdo para supuestamente ganar las elecciones, desarticulación de las propuestas partidarias con relación a las agendas de las organizaciones civiles, destrucción de las áreas verdes del Parque Botánico para que quepan más carros en las calles, destrucción de las fuentes acuíferas de las montañas de Constanza y, para acabar con algo totalmente cotidiano, ocupación de las aceras para convertirlas en parqueos de los negocios, esos negocios que en las estadísticas aparecen entre los signos del crecimiento económico experimentado por el país en el último año. La pregunta es, ¿crecemos económicamente para qué? ¿Para tener un carro grande y llegar más rápido que los demás a lugares del consumo globalizado donde encontraremos más metros cuadrados para los vehículos que tiendas?

    2.      ¿Cómo nos ayudamos?
    El período de actividad partidaria que cierra este mes de mayo no se ha caracterizado por la aplicación del principio de subsidiareidad. En efecto, el CDS nos explica que según este principio, “Todas las sociedades de orden superior deben de ponerse en actitud de ayuda (“subsidium”) —por tanto de apoyo, promoción, desarrollorespecto a las menores” (CDS, 186).
    Desde el principio de subsidiariedad nace una pregunta como esta: en al ámbito partidario, ¿las alianzas se han dado para que las asociaciones políticas menores se fortalezcan o para que, por cooptación, simplemente funcionen como pequeños riachuelos que aportan votos al gran caudal de la organización política dominante? Está claro que en las primarias y en los procesos de acuerdo entre los partidos que irán a las elecciones ha predominado el reparto de puestos y no la colaboración de los grandes con los pequeños para fortalecer el tejido social y crear un ambiente propicio a la consecución del bien común. Esto llevó incluso al asesinato de una persona conciliadora como lo fue el antiguo rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Mateo Aquino Febrillet. No olvidemos los dos muertos de las primarias del PLD el 13 de diciembre de 2015.
    El principio de subsidiariedad también resulta esclarecedor para evaluar las ayudas que puede ofrecer el Estado. Según el CDS (186), la subsidiariedad entendida en sentido positivo consiste en prestar ayuda económica, institucional y legislativa en beneficio de las asociaciones sociales más pequeñas. Pero esto implica al mismo tiempo un sentido negativo, que obliga al Estado a restringir su acción para que no ahogue el espacio vital de las asociaciones. En este sentido, está aún por hacerse la evaluación a largo plazo de las famosas “visitas sorpresa”, que refuerzan la figura presidencial como Mesías bondadoso. Los fondos que deberían aplicarse a través de una planificación territorial de la agricultura, administrada por el Ministerio correspondiente, como un derecho no como un favor extraordinario, son “milagrosamente” dados por ese Mesías que se llama “presidente”. Esta semiótica política deja marcas indelebles, sobre todo cuando se amplifica su impacto por medios propagandísticos. El sujeto que se constituye por una enunciación sorpresa puede denominarse como “el sorprendido”. ¿Pueden seres sorprendidos, porque han sido deslumbrados, coordinar planes de acción sostenibles en el tiempo?
    Contra el principio de subsidiariedad militan también todos los esfuerzos que se hacen para controlar todas las instituciones del Estado y para aplastar a cualquier opositor político. La consigna final del partido en el poder (ganar con un 60%) tendrá un serio impacto en la comprensión política que la sociedad dominicana como un todo hará de sí misma. El objetivo es mostrar a una fuerza partidaria omnipresente como un “destino manifiesto”. De ahí la frase peledeísta de que gobernarán hasta 2044, como si fueran el destino de la independencia nacional.         
    El triunfo aplastante de una fuerza partidaria que ya está en el poder no dejará de tener un impacto negativo sobre el principio de subsidiariedad. De ahí la vital importancia de que las organizaciones de la sociedad, las no partidarias, sigan esforzándose en hacer sus tareas y en colaborar para responder a tantos aspectos de la vida que el Estado no puede responder. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, el trato respetuoso de los demás, especialmente de los migrantes. Considérese, por ejemplo, la manera en que están siendo visibilizados los migrantes dominicanos a otras tierras. Son, sencillamente, el objeto del voto en el extranjero. De ahí que, por ejemplo, las representaciones diplomáticas de España digan que se les va a dar un carné del plan subsidiado de SeNaSa a los dominicanos residentes en territorio español, cuando eso no es cierto, según informaciones recabadas en esa institución. Se trata de una pura promesa electorera que lamentablemente no fue convenientemente desmentida. Se muestra como un ejemplo claro de irrespeto al principio de subsidiariedad. Una representación consular no debe de ocupar el espacio de una institución del sistema de seguridad social.
    Es de desear que lo que nos lleva a meditar el principio de subsidiariedad nos lleve también a resistir los efectos desmotivadores de un proceso electoral inusitadamente aplastante. Hagamos nuestras estas palabras del papa Francisco:
    Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social. (Evangelii Gaudium, n. 240). ADH 801

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