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    Enseñar a vivir las frustraciones

    Para Vivir Mejor | Dra. Miguelina Justo.  



    Enseñar a vivir las frustraciones  
    “Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío” dice un proverbio, que muchos han atribuido al gran pensador chino Confucio. Esta sencilla frase comprende una poderosa idea: conviene que permitamos que nuestros hijos experimenten la frustración. Desde el punto de vista psicológico1,  frustración es aquella situación en la que una persona encuentra un obstáculo que le impide satisfacer un deseo o alcanzar una meta. Enseñar a nuestros hijos a cómo afrontar cuando no obtienen lo esperado, los va preparando para la vida real, donde anoche y amanece en su momento y no en el nuestro.  Si no lo hacemos,  estaríamos contribuyendo a la formación de personas guiadas por el egoísmo, hedonistas e incapaces de resistir la adversidad. Hay padres que deseando cuidar, proteger y evitar sufrimiento a sus hijos, les proveen en demasía de lo que quieren y no necesariamente de aquello que necesitan. Los cuidadores responsables, por el contrario, son capaces de establecer esta diferencia y de actuar en consecuencia. Trabajan con empeño para satisfacer las necesidades físicas y emocionales de sus hijos, pero no danzan al ritmo del miedo, la culpa o la vergüenza, que impulsan a más de uno a complacer caprichos a cambio de un beso o de un rato de paz.  ¿Qué les enseñamos a nuestros hijos cuando le compramos un juguete solo para que dejen de llorar? La negligencia y la complacencia son igualmente dañinas.
    He escuchado a más de un padre decir: “No quiero que mi hijo pase los trabajos que yo pasé” o “Quiero me hijo tenga lo que yo no tuve”. Ciertamente no existe nada de malo en ayudar a nuestros hijos, sin embargo, la ayuda constante, inutiliza.  La asistencia indiscriminada impide que la llama del espíritu se avive, quedando así reducida a una flama débil, cual vela diminuta frente al ventarrón.
    El ilustre psicólogo estadounidense Albert Ellis (1913-2007)2, teorizó sobre los peligros de lo que él llamó acertadamente la baja tolerancia a la frustración.  Indicó que las personas que no saben manejar adecuadamente las situaciones en las cuales no obtienen lo que quieren transforman sus emociones naturales y sanas de dolor, pesar, molestia e irritación en emociones altamente malsanas de ansiedad, autocompasión, ira y  depresión.  Por lo general tienden a ser exigentes, impacientes y demandantes, esperan que el mundo sea fácil y cómodo.
    Hay padres que tuvieron que enfrentar grandes dificultades, y refieren que precisamente esas situaciones posibilitaron que se convirtieran en personas fuertes, estables, capaces de crecerse en la dificultad, en suma, resilientes.  Su carácter quedó forjado en la fragua de la necesidad, del hambre metafórica o real que debieron enfrentar y superar. ¿Por qué privar a nuestros hijos de esta oportunidad? ¿Por qué dudar de la capacidad que pudieran tener para hacer frente a la vida, compleja, difícil y maravillosa?
    Los padres podemos ayudar a nuestros hijos a que aumenten su tolerancia a la frustración:
    -Aprendiendo a manejar los momentos en los cuales somos nosotros quienes nos  sentimos frustrados, es decir, dando el ejemplo;
    -Mostrándoles que los problemas, el sufrimiento son parte de la vida y que no siempre los podremos evitar;
    -Estando disponibles para asistirles cuando necesiten contención emocional, es decir, cuando estén experimentando emociones que les desbordan, como pueden ser la tristeza o el enojo, no pretender apagar el fuego con más fuego;
    -Siendo empáticos  y favoreciendo la expresión de emociones, para lo que es imprescindible el uso adecuado el lenguaje verbal y no verbal que comunica , por ejemplo, “entiendo te sientas enojado”.
    Ojalá sigamos este proverbio, porque educar a nuestros hijos con un poco de hambre y un poco de frío les ayudará asumir esa extraordinaria actitud que describe Pablo en el capítulo 4 de su carta a los Filipenses: Sé pasar privaciones y vivir en la abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo momento: a estar satisfecho o hambriento, en la abundancia o en la escasez.  Sea así en nosotros y en todos los que amamos, en especial, en los pequeños que tenemos el deber de llevar por el mejor de los caminos, que no es el más fácil.

    [i] Consuegra, N., (2010), Diccionario de Psicología, Bogotá, Colombia: Ecoe Ediciones.
     [ii] Ellis, A.  Mi filosofía de la Psicoterapia. Reimpreso de la Revista de la psicoterapia contemporánea, vol. 6, No. 1, pp. 13-18. (1973), Nueva York, EE. UU.,  Instituto para la Terapia Racional-Emotiva, tomado de: http://www.institutret.es/es/descargar/Mi-filosofia-de-la-psicoterapia---Albert-Ellis.pdf.

    ADH 806.

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