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    Jubileo del Corazón de la Misericordia

    Espiritualidad del Corazón | P. Darío Taveras, msc  


    JUBILEO DEL CORAZÓN DE LA MISERICORDIA: EL CORAZÓN DE JESÚS  
    En este mes de junio del 2016, justo y saludable es, pensar que “misericordia” y “compasión” son dos dones por excelencia del Corazón de Jesús a la humanidad entera.
    Si hojeamos los 4 Evangelios, notamos enseguida que hay cuatro verbos que resumen toda la vida pública  de Jesús: 10 Enseñar →   20 Liberar →   30 Curar →  40 Perdonar.
    Tanto Lucas como Marcos y Mateo como Juan recogen la actividad de Jesús en estos 4 verbos.  Pensándolo bien, el enseñar y el curar nos llevan a la compasión de Jesús, mientras que el liberar y el perdonar nos conducen a la misericordia de Jesús.
    Compasión y Misericordia son las dos caras de la misma realidad: El Corazón de Jesús,  fuente de amor, que se convierte en amor compasivo para las muchedumbres, para los enfermos, y en amor misericordioso para los poseídos de espíritus malvados y también para los pecadores.
    En este bendito y oportuno año de la misericordia, estamos entonces evidentemente invitados a contemplar, admirar y acoger la misericordia infinita de Dios, amor compasivo y misericordioso.
    En los salmos encontramos precisamente esta bella expresión: La misericordia de Dios es infinita… ALABEN AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA (salmo 136, 1).    “Como la altura del Cielo sobre la tierra.  Así es su amor con los que lo respetan”. (Salmo 103, 11).  Son dos expresiones de dos salmos que nos hacen comprender  que la misericordia de Dios es infinita, no tiene fin.
    Jesús, consolador del Pueblo
    Intentemos seguir los pasos de Jesús, con el evangelio en nuestras manos, en su misión de consolador.  De hecho, durante los tres años de vida pública,   no se contenta con enseñar y de purificar los pecadores con sus sublimes palabras de perdón, como  lo hace con la samaritana (Juan 4) o con el Capitán preocupado por un sirviente enfermo (Lucas 7).  El dulce y sereno consolador, pasa, camina en medio de miserias humanas, curando cuerpos sufrientes,  lavando llagas de corazones heridos, contagiándolo todo de paz, que sobrepasa todo pesar humano    (Filipenses 1).
    Desde que inicia su ministerio con un corazón de pastor y la oveja colgada de su cuello, comienza a transformar nuestras maneras de ver y de vivir el dolor, el sufrimiento, la enfermedad: “Bienaventurados los pobres… los que lloran, los que sufren… (Mateo 5, 3- 12).  Enseña la otra cara del dolor, descubriéndonos su valor. ¡Levanta los corazones, fortalece la voluntad, multiplica la fortaleza haciendo entrever su recompensa inmortal!
    El pastor, de corazón traspasado, va de un lado para otro y “todos los que tenían enfermos de diversos males se los traían, él les imponía las manos a cada uno y los sanaba”. (Lucas 4, 40).
    La devoción al corazón de Jesús, cuyo corazón es el signo visible; y la devoción a la Divina Misericordia revelada a Sor Faustina de Cracovia, en Polonia, son expresión del mismo misterio de Amor. Como para Santa Teresita del Niño Jesús, a final del siglo XIX, el símbolo del amor de Cristo fue para ella el de su Rostro herido y humillado. Las tres, insisten sobre el amor misericordioso de Dios por nosotros.
    El Padre Julio Chevalier, recorriendo los orígenes bíblicos de la espiritualidad del Corazón de Jesús, tuvo él también la intuición de simbolizar ese misterio, desde su vocación de sacerdote- pastor en una pobre y escondida comunidad cristiana del centro de Francia, en el siglo XIX.
    La estatua que ilustra este sencillo escrito, representa gráficamente la visión del Padre Julio Chevalier  el era un joven sacerdote, vicario de una parroquia rural y pobre material y religiosamente, en el centro de Francia, a donde el arzobispo de Bourge lo había enviado.  Siempre preocupado por su gente, tomó la decisión de inyectarles la devoción al Corazón de Jesús, como remedio a sus males materiales y espirituales.
    Trabajando duro, como Vicario Parroquial, no dejó de orar, estudiar  y reflexionar las sagradas escrituras.  Y es así como el joven sacerdote misionero intuyó lo que para él era la imagen del Sagrado Corazón: Un pastor, El Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y cuando pierde una, la busca hasta encontrarla y, al encontrarla, hace fiesta diciendo “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!” (Lucas 15, 6).
    El Venerable Padre Julio debe estar contento en el cielo, al saber, que en nuestro País dominicano hay una devoción  bien sembrada por muchos, y una espiritualidad en crecimiento, del Corazón de Jesús. Y también debe estar humildemente orgulloso al saber que uno de sus hijos, el Padre Emiliano  Tardíd vivió y viajó “por el mundo entero y sin maleta”, proclamando que ¡Jesús está vivo! ¡El vive! El no deja de enseñar, libera, curar y perdonar, particularmente en este año santo querido por el Papa Francisco. ADH 802                 

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