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    La neutralidad no existe

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc  

    La neutralidad no existe  

    Se debatía acerca de la inmunidad del exjefe de Estado chileno, el bien conocido Pinochet. ¿Había que extraditarlo? Esa era la cuestión. En una fase del pleito los abogados del ex-dictador arguyeron que uno de los jueces que debían dictaminar acerca del asunto estaba comprometido con Amnistía Internacional, motivo por el cual su imparcialidad quedaba bajo sospecha. Solicitaban, pues, recusarlo.
    Ingenuo de mí. Suponía yo que el individuo comprometido con la sociedad, con opciones humanitarias, en favor de los excluidos y maltratados y luchador en contra de la corrupción, era digno de todo elogio. Su curriculum acrecentaba su credibilidad. A juzgar por los leguleyos mencionados no es así. Y en este punto la capacidad de comprensión de mucha gente honrada se derrumba con estrépito.  

    Elogio del compromiso
    Me explico. Uno de los significados del verbo comprometerse remite al empeño por mejorar nuestra sociedad, por trabajar esforzadamente en favor de unas metas más diáfanas y democráticas en la convivencia humana. Se habla también del compromiso del creyente en el campo temporal, de su compromiso en la Iglesia y en pro de una convivencia política más decente.
    El significado habitual y más común del compromiso evoca la defensa de los derechos humanos, la acogida de los pobres y excluidos. Comprometerse implica la palabra y el gesto, la teoría y la acción. A veces el compromiso conduce hasta el sacrificio personal, puede que hasta la entrega de la propia vida.
    En el asunto del compromiso subyace una verdad sustancial, aunque no esté de moda en nuestra sociedad líquida. La verdad de la coherencia pública a la hora de asumir ideas y responsabilidades. La autenticidad de la persona que no habla para confundir a los oyentes y sacar buena tajada del desconcierto.

    Quien no elige ya ha elegido

    Me refería a la enorme sorpresa de que el abogado proclive a Amnistía internacional fue recusado por estar comprometido y colaborar con una organización en favor de los derechos humanos. Para mí que más bien habría que recusar a todos los jueces que no colaboran ―o simpatizan al menos― con organizaciones humanitarias y solidarias. ¿O acaso no es suficiente motivo para señalar con el dedo, por altamente sospechosos, a unos individuos que muestran tan grave ausencia de solidaridad?
    Vivir sin tomar partido es bochornoso y compromete la propia dignidad. La neutralidad en este contexto no existe. O se está en favor de la justicia y los derechos humanos o se está contra ambas cosas. Quien no elige ya ha elegido, valga la paradoja.
    Los que en la época nazi sabían de lo que pasaba en los hornos crematorios y no abrían la boca serían los imparciales, los neutrales, los dignos de consideración. Los que protestaron, en cambio, los comprometidos, no debían ser tomados en cuenta. Su voto resultaría sospechoso.
    A los que saben de las corruptelas de sus jefes y callan hay que atribuirles una exquisita neutralidad. A quienes no comulgan con el silencio cómplice es preciso apuntarlos con el índice porque carecen de imparcialidad.
    ¿Acaso en un mundo donde se muere por hambre y se tortura por arrogancia, no es muy sospechosa la actitud de no colaborar con quienes trabajan por desenmascarar a los bribones y sinvergüenzas? ¿Qué extraño mérito tiene la imparcialidad de no abrir la boca cuando los silencios significan la muerte y la tortura para un tercero?

    Las estrategias de los trepadores
    Los silencios calculados, las miradas perdidas en el infinito, los movimientos de hombros en el instante preciso, probablemente otorgan buenos réditos a la hora de trepar en sociedad. Aunque sea a costa de la dignidad propia y de la humillación ajena. Malo es recurrir a tales armas para medrar. Pero mucho peor será que a estas actitudes cobardes se les ponga el nombre de neutralidad y se les otorgue mayor consideración que a sus contrarias.
    Precisamente los tiranos gustan de lo que ellos llaman las mayorías silenciosas. Al no escuchar voces de protesta interpretan que sus desmanes son consentidos. En todo caso, los llevan a cabo impunemente. Claro que puede suceder un día ―ha acontecido más de una vez en la historia― lo que da a entender el famoso poema (“Ellos vinieron”) equivocadamente atribuido a Bertolt Brecht.
    Acabo con el mencionado poema que supone una grandiosa lección en contra de la neutralidad. La neutralidad no existe. Y lo pagará un día en sus propias carnes quien presuma de imparcial.
    Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
    Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
    Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
    Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
    Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.
    ADH 805

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