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    Francisco y la Iglesia de la misericordia

    La Iglesia Hoy | Marcos Villamán  

    Francisco y la Iglesia de la Misericordia  


    A manera de introducción
    En el año 2012 el cardenal alemán  Walter Kasper escribió su importante libro: “La MISERICORDIA, clave del Evangelio y de la vida cristiana”. En el prólogo a la nueva edición en lengua española del texto en cuestión el prelado relata que estando en Roma hospedado en la casa Santa Marta mientras participaba en el cónclave del 2013 para la elección papal, se encontró con el entonces cardenal Bergoglio, cuya habitación se encontraba frente a la suya, y le pasó una copia en castellano de su libro quien al ver el título del mismo comentó visiblemente emocionado: “Misericordia, ese es el nombre de nuestro Dios.” Unos días después Bergoglio se convertiría en el primer Papa latinoamericano asumiendo el decidor nombre de Francisco, y citó el texto de Kasper el domingo siguiente de su elección, durante el ángelus.

    1. Jesús y el Dios de la Compasión-Misericordia
    En Jesús verificamos ampliamente que, en razón de su misericordia, la actuación de Dios se dirige siempre al rescate de la vida y la dignidad  de los pobres, los excluidos, los oprimidos…los que sobran y estorban. Es decir, de aquellos a los que nadie atiende ni escucha. Es esto lo que afirma y nos recuerda María de Nazareth en el Magnificat: la esperada acción salvadora de Dios hacia Israel, está siempre motivada por  el “recuerdo de su misericordia” (Lc. 1,52-54).
    Y efectivamente, esta esperanza de María se confirma históricamente en Jesús pues éste actuaba a favor de la gente, de los pobres, de los mal vistos y, lo hacía  motivado por  la compasión como su razón de fondo pues ella habitaba su corazón y orientaba su acción. Los evangelios dan cuenta ampliamente de esta realidad:
    Según Marcos, en la escena de los panes, Jesús cambia el cansancio por la enseñanza en razón de que: “Sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas”, (Mc, 34-35); Según Lucas, el Galileo pone el dedo en la llaga en el conocido relato del samaritano: “¿Quien de estos tres te parece que fue prójimo del que estaba tirado…? El que practicó con él la Misericordia…Pues vete y haz tú lo mismo”, (Lc.10-36-37); Mateo, remata su evangelio con la conocida parábola del juicio final: “Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve enfermo y me visitaron, en la cárcel y me fueron a ver….¿y cuándo hicimos todo eso? cada vez que lo hicieron con uno estos los más pequeños a mí me lo hicieron”. Es que la compasión toca el corazón y provoca y conduce en consecuencia a la práctica de la misericordia.

    2. Francisco y el Dios de la Misericordia
    Este sentido fundamental de la práctica de Jesús se recoge contundentemente en el bello texto profético: “Misericordia quiero que no sacrificio, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os. 6,6 y Mt. 9,13). Y ello confirma ampliamente la intuición de Francisco con respecto a quien es Dios: el Dios en el que creemos es el Misericordioso. Así, lo que define a Dios no es su “potencia”, su ser “todopoderoso” sino su ser “misericordioso”. La misericordia constituye el “para que” del poder del Dios que se revela en Jesús,  lo que le otorga el sentido y le caracteriza como forma específica de su ejercicio. El de Dios es un poder que siempre se ejerce “motivado-guiado por la misericordia”. O, si se quiere por “la compasión-misericordia”. Este “principio misericordia” no es equivalente a “sentir pena” sino más bien cercanía, dolor e indignación en clave de “empatía sobrepasada”.

    3. Francisco, por una la Iglesia de la Misericordia
    Así pues, para la Iglesia, pueblo de Dios que acoge, testimonia y se esfuerza por impulsar el Reino en la historia, la compasión-misericordia es la gran señal de esta acogida,  rasgo distintivo por excelencia de los  discípulos del profeta de Nazaret y característica definitoria de su fidelidad al Dios de Jesús que les conduce a mirar y escuchar el presente histórico desde los excluidos y olvidados.

    3.1 Mirar desde las Víctimas y escuchar su clamor
    Mirar y escuchar desde las víctimas otorga un determinado “punto de vista y de escucha”: el de los que, como en el caso del Samaritano, “están medio muertos” tirados en el camino. Es a esto a lo que nos convoca Francisco, a mirar el presente con los ojos de los que “padecen” sus consecuencias y a escuchar sus mudos lamentos.
    Es desde esa mirada que Francisco percibe que el presente se caracteriza por la expansión de la cultura del “descarte” producto de una lógica que combina la centralidad aparentemente incontestable de la Economía y del Mercado como supuesto asignador eficiente de los recursos; del Consumo convertido en Consumismo como oferta engañosa de felicidad; de la Codicia como culto idolátrico al poderoso caballero Don dinero; del Productivismo salvaje que arrasa con la naturaleza, pone en peligro la supervivencia del planeta y genera un Cambio Climático genocida,  que Depreda en vez de Cuidar y;  somete la política a esta lógica tecno-económica aparentemente inobjetable y avasallante.
    Es el predominio de esta lógica lo que “descarta” a amplios contingentes de los seres humanos más débiles y los victimiza de manera inmisericorde. Ello se concretiza en una desigualdad social cada vez mayor y en la ampliación de una pobreza indecente y creciente en las diversas sociedades. La actual e incontenible migración es quizás la expresión más dramática de esta dinámica social desgraciada.
    Es por ello que correctamente señala la Laudato SI’: “Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos…sus problemas se plantean como un apéndice…si es que no se les considera un mero daño colateral…Pero hoy no podemos  dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.”  (LS 49).
    Por lo que, continúa la Laudato: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana.” (LS, 189).

    3.2 La compasión-misericordia: Mística y Espiritualidad para tiempos de incertidumbre
    Una Iglesia compasiva y misericordiosa, que se duele del dolor de los otros, acoge, denuncia y perdona, puede colocarse a la altura de las exigencias de este presente nuestro. Una Iglesia que ratifica cotidianamente su vocación de estar permanentemente al lado de los más golpeados reclamando para ellos el derecho incontestable a una vida decente y digna que incluye, centralmente, el respeto a la naturaleza como  “Casa común” se hace digna de ser escuchada.

    Se trata de una Iglesia capaz de proponer y dotar a los hombres y mujeres de una oferta ética que al propiciar el cultivo cotidiano de los valores evangélicos  se hace  mística y  espiritualidad.  De esta manera, la Iglesia ayuda a hacer posible el cultivo de “sentidos superiores” como horizonte de la vida personal y social. Anima y se hace aliada de las voces que empujan por propuestas novedosas de “otros” ordenamientos sociales posibles, justos y fraternos, es decir, de nuevos relatos que oferten nuevos sentidos al presente y animen a construir futuro para todos y todas. Y, aporta el rostro de un Dios misericordioso capaz de enamorar a los seres humanos y convocarles a la fraternidad real y eficaz.
    El cultivo serio de la dimensión místico-espiritual hace posible el desarrollo de una mirada que va críticamente más allá de lo que se ve -y que “aparece engañosamente como esencial”- y se capacita para descubrir en la compasión-misericordia  una clave fundamental para entender  y sentir la vida en plenitud a través de la búsqueda de la justicia, el desarrollo de la servicialidad, el incentivo del respeto al otro, la defensa de su dignidad y sus derechos, el cuidado de la naturaleza y la reconciliación de la familia humana. ADH 808













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