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    Vestir al desnudo, cuarta obra de misericordia

    Rincón de la Palabra | Ángela Cabrera, MDR 

    Obras de Misericordia Corporales 


    4. Vestir al desnudo
    Cuarta obra de misericordia (Mt 25,36).

    Ningún otro santo ha entrado tanto en la memoria popular como san Martín de Tours, con el manto que partió y donó a un mendicante. Según la tradición más famosa en torno a su vida, esto habría sucedido en el invierno de 337, cuando Martín encuentra, cerca de la puerta de la ciudad, a un mendigo titiritando de frío y le da la mitad de su capa, pues la otra mitad pertenece al ejército romano en el que sirve. En la noche siguiente, Cristo se le aparece vestido con la media capa para agradecerle su gesto. Sin duda, se trata de una realización concreta de la obra de misericordia alabada en Mt 25,36. Martín no sabía que en el pobre y mendicante encontraba al mismo Cristo.[1]

    En la Biblia, la desnudez humilla al marginado, como se atestigua en Jb 24,7.10: “Pasan la noche desnudos, sin nada de ropa que ponerse, sin cobertor, a merced del frío… Andan desnudos, sin ropas, hambrientos”.

    En la cultura bíblica, “la desnudez” tiene un sentido negativo. En el relato del paraíso, Adán y Eva estaban desnudos. Vivían en armonía con Dios. No necesitaban esconder nada. Pero, tras el pecado original se les abrieron los ojos, dándose cuenta de que estaban desnudos. De ahí que, con hojas, se hicieron vestimentas (Gn 3,7). Se avergonzaban de su desnudez. Esta vergüenza la conoce todo aquel que se siente desnudo ante los demás, quien no puede esconder, ante ellos, lo más íntimo de sí.[2]

    Para la Biblia, el vestido es signo de la condición espiritual del ser humano, en contraste con la desnudez. La tradición paulina, subraya la desnudez en cuanto expresión del “hombre viejo”, la cual desaparece gracias a que: “se han revestido de la nueva condición, que se va renovando a imagen de su Creador” (Col 3,10; Ef 4,24), por mediación de la fe y del Bautismo, por el cual “se han revestido de Cristo” (Ga 23,27). En el Bautismo hemos quedado revestidos de una vestidura sagrada; la vestidura de la gloria divina. Ya desde el profeta Isaías encontramos la exhortación: “¡Despierta, despierta! ¡Revístete de tu fortaleza, Sión! ¡Vístete tus ropas de gala!, ¡Jerusalén!, ¡Ciudad Santa! (Is 52,1).

    A cada uno de nosotros, como a José, (Gn 37) también Dios nos reviste con túnicas preciosas. La túnica de su gracia nos embellece y ennoblece. ¿Nos reconocimos revestidos del amor de Dios? ¿Nos deleitamos con la túnica ajena olvidándonos de la nuestra? ¿Cómo valoramos la túnica con que hemos sido revestidos? Para rodear a otros con la vestidura del amor, primero debemos vestir nosotros mismos la vestidura de la clemencia. Es así como Pablo exige a los cristianos: “Revístanse de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12).

    En nuestra sociedad dominicana, ese sentido de la vestimenta corre el riesgo de diluirse. La gente se va inclinando por “vestir ropas de marcas reconocidas”, “ropas caras”. No pocas veces se confunde la dignidad de la persona con la categoría de la vestimenta. En este sentido, nos preguntamos:
      ü  ¿Dónde está nuestra identidad?
      ü  ¿Dónde está nuestra fortaleza?
      ü  Qué decimos de la expresión: “Que tu gracia sea mi belleza”.
      ü  ¿Cómo podemos discernir dónde termina la dignidad en nuestro vestir y dónde comienza la vanidad?

     Animando al compromiso
      ü  Hacer paños de limpieza de las ropas que ya no sirvan para vestir dignamente.
      ü  Regalar prendas de vestir, en buenas condiciones, a los necesitados.
      ü  Reflexionar: los meses que posee una ropa en mi armario sin ser usada ¿será el tiempo que alguien está aguardando por ella?





    [1] Consejo Pontificio, Las obras de misericordia, 40.
    [2] Anselm Grun, Entrañas de misericordia, 47. 

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