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    El año, espacio de encuentro con Dios

      Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc


    El año, espacio de encuentro con Dios en la liturgia

    «La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo» (SC 102).

    Con enero, iniciamos el recorrido de un nuevo año. Nos invaden los mejores sentimientos para que el 2017 sea un buen año. Adentrémonos en él de la mano de la propuesta de Jesús y con el ánimo de vivir día a día nuestro encuentro con Él.
    La liturgia nos ofrece unos espacios y nos invita a vivir los diferentes momentos del año, cada uno con su particularidad. El Vaticano II lo expresa en estos términos: «La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que llamó "del Señor", conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor» (SC 102).
    Que cada día del año sea especial para vivir a profundidad el encuentro con el Señor, en cierta manera depende de nosotros, de las actitudes que asumamos y el interés que le pongamos. Porque por parte de Él, permanentemente espera por nosotros.
    Una joven estudiante universitaria, con sus compañeros de clase, visita el Monasterio Santa María del Evangelio en Jarabacoa. Al llegar y participar con ellos en el rezo (canto) de los Salmos y en la Eucaristía, se encuentra a unos monjes alegres y acogedores, que se esmeran en su hospitalidad.  Le llama la atención que ellos, en el silencio y la contemplación, realizan eso mismo todos los días del año. Le pregunta al monje hospedero: “¿Cómo ustedes pueden hacer lo mismo cada día con entusiasmo, sin cansarse?”
    Con su espontaneidad característica el Padre José Luis le responde: “Aquí en el monasterio todos los días son iguales, pero que cada día sea especial, depende de ti. Con tu interés y entusiasmo puedes hacer de cada día una experiencia nueva y diferente. Cada momento, cada día especial para vivir a plenitud el encuentro con Cristo”.
    Eso mismo podemos decirlo del año. En él, el misterio de Cristo se hace presente cada día. «Cristo, revelación y donación suprema del Padre y, a la vez, dador del Espíritu, es la plenitud de la historia de la salvación presente en el hoy de su misterio pascual. El comprende en sí el Antiguo y el Nuevo Testamento que se prolonga en el tiempo de la Iglesia.
    El misterio de Cristo que se hace presente, hecho memorial perenne en la liturgia, celebrado en el año litúrgico, comprende la Infancia y Vida pública, con sus palabras y gestos salvadores, tiene como centro la Pasión, Muerte, Resurrección que se prolonga en el ciclo pascual con su Ascensión y revierte sobre la Iglesia y la humanidad en Pentecostés. En Cristo, pues, celebramos la historia del A.T., su vida, sus palabras y sus obras, su misterio pascual y su venida gloriosa. Celebramos siempre el Cristo resucitado y en El cuanto está contenido ya en la novedad de la Resurrección».[1]
    El nuevo año nos ofrece todo su tiempo para que vivamos y celebremos el misterio de Cristo. Desde enero a diciembre, cada día es especial para vivir a plenitud el encuentro con nuestro Salvador.
    ADH 808.


    [1] castellano, Jesús., El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia. CPL, Barcelona 2010, p. 35.

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