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    Las obras de misericordia Corporales

    Rincón de la Palabra | Hna. Ángela Cabrera, MDR.


    Las obras de misericordia Corporales  
    7. Enterrar a los muertos
    Séptima obra de misericordia (Tb 1,17; 12)
    En Israel, ser  privado de sepultura era visto como un mal horrible (Sal 79,3), que formaba parte del castigo con el que se amenazaba a los injustos (Jr 22,18). Por eso, era una obra y una práctica piadosa en el judaísmo. De ahí la exhortaciones de Ben Sira: “A los muertos no les niegues tu generosidad” (Si 7,33; 38,16; Tb 1,16).[1]
    Para Santo Tomás de Aquino, el silencio sobre la sepultura en las seis primeras obras de misericordia se debe a que estas últimas son de una importancia más inmediata. Por otro lado, afirma, con respecto a la sepultura que “así no caen en el deshonor de los que restan sin sepultura, ya que los corazones misericordiosos deben tener afecto al difunto, aún después de muertos, y es por esta razón que son loados aquellos que entierran a los muertos”. El ejemplo lo encontramos tanto en el libro de Tobías, como en la obra de los discípulos, que sepultaron a Jesús.[2]
    La referencia a la sepultura de Jesús da la clave de la comprensión de esta obra de misericordia. Según Santo Tomás, por haber resucitado Cristo del sepulcro, se otorga la esperanza de resucitar, por medio de él mismo, a los que están en el sepulcro, conforme a aquel pasaje de Jn 5,25: “Todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán”.[3]
    En la confesión pascual más antigua, que une la muerte y la resurrección de Jesús, se incluye una cita explícita de la sepultura, el sábado santo, como constatación de la muerte, la cual, a su vez, y gracias a Cristo resucitado del sepulcro, es la vía hacia la resurrección (1Co 15,3-5).[4]
    Desde el año 1963, una Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recogida en el Código de Derecho Canónico (1983), can.1176, indica que la Iglesia Católica, aún manteniendo su preferencia tradicional por la inhumación, acepta acompañar religiosamente a aquellos que hayan elegido la incineración, mientras no sea hecho con motivaciones expresamente anticristianas. De ahí la importancia de cuidar la celebración litúrgica correspondiente. Por lo demás, esta práctica nos invita a reflexionar sobre el profundo interrogante que la muerte representa para toda persona humana. La fe cristiana afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte.[5]
    “Enterrar a los muertos” significa, no solo cuidar la tumba, sino también recordar al muerto. En nuestra fe católica recordamos a los difuntos en cada celebración eucarística. Pensamos en que, mientras nosotros celebramos la Cena de Jesús, ellos en el cielo celebran el banquete eterno de bodas. Así, en cada celebración vivimos también la comunión con ellos. Recordar a los difuntos no es vivir en el pasado, es también entender el mensaje que nos hacen llegar con “su vivir”, “su morir”.
    *      ¿La humanidad tiene conciencia de su transitoriedad terrena?
    *      Alguien dijo: “la muerte no es triste, lo triste es que no sepamos vivir”. ¿Qué nos provoca esta frase?
    *      La vida es como una página en blanco, que no admite borradores ¿qué escogemos para escribir en ella?
    *      ¿Sigue siendo Jesús mi paradigma de camino, verdad y vida?
    Animando al compromiso
    ü  Visitar a las familias amigas y conocidas que pasan por momento de duelo.
    ü  Cuidar de la dignidad con la cual se le da el último adiós a las personas.
    ü  Gestionar un velorio digno para los difuntos sin familiares.
    ü  Cultivar la esperanza en Jesucristo para superar las frustraciones de la partida.
    ü  Colocar las semillas en la tierra, cuidar de ellas.



    [1] Ibid. 45.
    [2] Summa Theologiae II-II, q.32, a.2, ad 1, en Ibid. 46.
    [3] Summa Theologiae II-II, q.51, a 1, en Ibid. 46.
    [4] Ibid. 47.
    [5] Congregación para la Doctrina de la Fe, en Ibid. 47.

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