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    Dar consejo al que lo necesita

    Rincón de la Palabra | Hna. Angela Cabrera, MDR


    Obras de misericordia espirituales  

    1. Dar consejo al que lo necesita
    La tradición bíblica pone de relieve la importancia del consejo así: la salvación está en un gran número de consejos (Pr 11,14); el consejo del sabio es como una fuente de vida (Si 21,13); los sabios espirituales brillarán como el fulgor del firmamento (Dn 12,3).[1]

    ¿Dónde está el criterio para un buen consejo?  He aquí las palabras del sabio Ben Sira, que apuntan a la cuestión de la verdad, y a la importancia de que la conciencia recta vaya en su búsqueda: “Atiende el consejo de tu corazón, porque nadie te será  más fiel. Pues la propia conciencia suele avisar mejor que siete centinelas apostados en una torre de vigilancia. Pero, sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad” (Si 37,13-15).[2]

    “Aconsejar”, en sentido saludable, significa preocupación por la otra persona. Quien, con buenas intenciones, aconseja, ha reflexionado sobre los problemas “ajenos” en busca de luces que le iluminen la vida. Dar consejo significa poner al otro en contacto con sus propios recursos para buscar soluciones. Está vinculado al hecho de provocar la esperanza en la interioridad de la persona necesitada para que, como dice el Evangelio: se levante, tome su camilla y ande (Jn 5,8)[3].

    Si miramos el momento presente, podemos decir que, quizás, lo más urgente hoy es aconsejar provocando interrogantes, sobre todo cuando está en juego el sentido de la vida y el futuro, con las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana, quién soy, de dónde vengo, y adónde voy, por qué existe el mal, qué hay después de esta vida.[4]

    ·         Ante las dudas ¿a quién pedir consejos?
    ·         ¿Qué gana quien acoge sabios consejos?
    ·         Se pueden escuchar muchas voces, pero la decisión es personal. ¿Por qué es saludable la responsabilidad de las propias decisiones?

    Animando al compromiso

      ü  Buscar espacios de reflexión personal.
      ü  Si la experiencia de la vida enseña cosas, compartámoslas con quienes van por el camino errado.
      ü  Aconsejar con humildad y serenidad.
      ü  Dejarse aconsejar y escuchar a personas sabias.
      ü  Aprender de las personas sabias y prudentes.
      ü  Rodearse de personas cuyas conversaciones sean nutritivas para la vida y el espíritu.





    [1] Ibid. 50.
    [2] Ibid. 51.
    [3] Anselm Grun, Entrañas de misericordia, 105.
    [4] Consejo Pontificio, Las obras de misericordia, 51.

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