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    Parábola de las bodas, Mt 22,1-14

    Lectura Orante | P. Marcos Plante, MSC 


    Parábola de las bodas, Mt 22,1-14  
    Léase lentamente esta bella parábola de las bodas, común a Mateo y Lucas, marcando las palabras que cuestionan su manera de vivir en el Reino de Dios. Véase también la acción que se desarrolla: ¿cómo empieza?, ¿cuál es la acción central? y ¿cómo termina?

    1º Interpretación del texto:
    Nótese que esta parábola de las bodas describe el Reino de Dios en plena actividad. Un reino donde se vive en ambiente de bodas junto con el novio. Las bodas se celebran para subrayar una unión de vida; aquí se trata de los desposorios de Dios con su pueblo. Son las bodas del hijo: nosotros sabemos que este hijo es el Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazaret, que san Pablo describe como esposo de la Iglesia, el novio dentro del nuevo pueblo de Dios.

    Los primeros invitados a la boda son personas importantes (refieren al pueblo judío, el pueblo de Dios en prioridad). Pero, estos están ocupados en otros asuntos; no prestan atención al llamado apremiante que se les hace de parte del rey. Unos van a sus negocios, otros a su campo, o simplemente van a otra boda personal; no le prestan atención a esa invitación de buena voluntad. Peor aún, algunos se atreven a maltratar a los criados y hasta matarlos. Increíble esta actitud de un pueblo considerado propiedad personal. El rey, con razón enojado, manda sus tropas para acabar con aquellos asesinos. El destino de ellos será la perdición.

    Luego, el rey los declara indignos de su banquete de bodas y manda sus criados a los pueblos y caminos para invitar a todos los que encuentren, malos y buenos, nadie es excluido. La boda es universal, se extiende, por el rechazo de los primeros, a los pueblos del mundo entre los cuales estamos nosotros. La sala del banquete de bodas se llena de comensales, manifestando así el éxito de la misión de los criados; y todos gozan de un banquete excepcional.

    2º Meditación:
    Yo recibo esta invitación que hacen los criados mandados por el rey. Me sorprendo de que el rey se interese a mi persona, tan insignificante que soy. Me siento honrado. Me preparo para la fiesta buscando el mejor traje de boda porque, aunque el rey sea un hombre lento a la cólera y rico en piedad, no quiero llegar allí como un vagabundo. El mejor traje es el del Espíritu Santo, el Espíritu del Hijo que asimilo en mi interior. Revestido con el traje del Hijo se me abren todas las puertas del Reino. Quiero vivir la boda del Hijo todos los días de mi vida; así llegaré a la boda celestial que no se acabará nunca, en alegría perpetua con el Rey y sus hijos e hijas.

    3º Oración:
    Dichoso el que respeta al Señor y sigue sus caminos. Comerás del trabajo de tus manos, será afortunado y feliz. Tu esposa será como una vid fecunda dentro de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así será bendecido el ser humano que respeta al Señor. Sal 128, 1-4. Señor, lo que más anhelo es vivir en tu casa, por días sin término, disfrutando del banquete de bodas del Hijo que ofrece el Reino de Dios.

    4º Contemplación:
    Estoy entre los criados que el rey manda a los caminos y pueblos para invitar al banquete de bodas de su hijo. En la calle, veo a algunos muy ocupados en sus negocios, u otros en sus intereses materiales, y no hacen caso a la invitación. Algunos se atreven a maltratar y hasta matar a los enviados. Esta actitud me desconcierta. También me desconcierta la actitud del rey de quemar sus ciudades. En otras palabras, la vida de esos asesinos queda destruida, serán olvidados.  Otros, en cambio, se alegran de la invitación y me siguen a la sala del banquete. Les recuerdo la norma de revestirse del traje de bodas porque se trata de una fiesta que exige conversión, un cambio de vida, una vida dedicada al servicio del Reino. Dentro de la sala, hay un ambiente festivo, se tocan instrumentos, se canta, se baila, se come, se bebe; todos unidos al Hijo de la boda. ¡Qué alegría y gozo tan genuinos! ADH 811

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