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    Dios, cuestión de perspectiva...

    Las razones del corazón |  Manuel Soler Palà, msscc 


    Dios, cuestión de perspectiva...  
    Cuando el pasajero mira a través de la ventanilla del autobús, el paisaje adquiere dimensiones y tonalidades cambiantes. Desde lo hondo del valle ve la mole pedregosa de la montaña solemne y hasta amenazante. Desde la cima del cerro observa la carretera y los vehículos que por ella circulan como miniaturas que mueven a la ternura y a considerar la pequeñez congénita del ser humano en el escenario del cosmos.
    ¿No sucederá algo muy parecido con la fe? ¿No estará, ella también, sujeta a esa filosofía llamada perspectivismo? ¿No tendrá mucho que ver con la circunstancia de espacio y tiempo, de cuenta corriente y residencia? Inevitablemente, la fe adquiere tonalidades diversas según desde donde se la viva. Tonalidades y hasta contenidos diferenciados de acuerdo a la personal circunstancia.

    La fe, cuestión sobre el sentido
    Entiendo por fe, no la mera creencia en un ser más allá del espacio y el tiempo, de características enigmáticas, remunerador de los humanos. Ésta sería una muy elemental comprensión de la fe. No distaría mucho del planteamiento teórico acerca de si existen seres extraterrestres más allá de nuestras experiencias de espacio y tiempo. Se puede o no creer en los extraterrestres, en los OVNI o tantos otros enigmas todavía opacos a la mente humana. Hay quien opta por la respuesta afirmativa y quien por la negativa. Y se acabó.
    ¿Qué implica creer en un OVNI, en un extraterrestre o en un Dios entendido según tales coordenadas? Digamos sin rodeos que, en el fondo último de la persona, nada cambia. La fe es otra cosa, evidentemente. Creer en Dios conlleva admitir que las cosas, en su última raíz, resultan inteligibles. Que mi vida tiene sentido. Que las cosas, y sobre todo las personas, cobran un valor muy específico. Creer en Dios equivale a entregarse a Él, a vivir con los criterios que brotan de su voluntad —una vez discernidos—, a mirar el mundo con sus ojos.
    De nada sirve creer en el primer principio que puso en marcha las galaxias con un empujón inicial. Si este Dios no garantiza el sentido de la historia en mayúscula y de la historia de cada existencia personal… no tiene ninguna utilidad. Vivir sin sentido, frustrados, con el absurdo como amenaza constante y, a la vez, creer en Dios, parece algo incompatible. Si abundara más la lógica, los partidarios de la realidad como absurdo y frustración serían todos ateos. Y los partidarios del sentido, más allá de los fragmentarios sinsentidos, proclamarían su fe.

    La fe, cuestión de liberación
    Haga el lector los cambios y las aplicaciones que vengan al caso y observará que, cuanto hemos venido diciendo, cabe plantearlo en otros términos. Los aprovechados, los opresores, los que ponen el placer, el prestigio o el dinero como ideal de la vida, no pueden tener la misma fe —ni las tonalidades, ni el contenido— que los que sufren, lloran y se dan la mano.
    El Dios de los primeros, ya lo adelantó S. Pablo, es su vientre. O es el dinero. Es el Dios que bendice los tanques de guerra, multiplica propiedades y aumenta las cuentas corrientes. El Dios (en rigor habría que escribirlo en minúscula) al que da gracias la gente de la alta sociedad por lo bien que marchan sus negocios. Más allá de los nombres y los discursos ellos vinculan a Dios con sus particulares egoísmos. A los que, además, dan una buena mano de barniz espiritual para que les permita ahuyentar cualquier escrúpulo.
    En cambio, en la periferia de la urbe, o donde la ciudad pierde su nombre, malviven los empobrecidos, las víctimas de la especulación. La enfermedad, la ignorancia, la falta de oportunidades condenan a sus habitantes a sobrevivir con angustias mil. A malvivir.
    También entre ellos los hay que cultivan su fe en Dios. Pero la palabra adquiere un significado bien distinto. No ven en Él el apoyo de sus posesiones, sino la fortaleza, el sentido, la utopía, el estímulo de cara a lograr una vida digna para ellos y su comunidad. No se trata de demagogia barata, sino de referirse a Dios con el lenguaje bíblico. Dios es el que defiende la vida: el viviente y el vivificador. De ahí que quien se dirige a Él desde sus obras de muerte navega en una fatal ambigüedad.
    Dios es promesa. El que escucha los gemidos del pueblo sufriente. Los que ríen y banquetean esperan que Dios mantenga la situación vigente. Los que lloran y recogen sus migajas esperan en un Dios cuya voluntad apunta a un futuro mejor, que incita a la lucha por la dignidad. El vocablo es el mismo, pero la realidad, bien otra.
    En fin, desde la experiencia de los desvalidos, la fe no es mera creencia en un Dios creador aséptico y neutral. Mucho menos en un Dios garante del orden vigente. En términos políticos, Dios no es conservador. Se da el caso que el Dios de Jesús tampoco lo era. Su Hijo murió en la cruz por cuestionar muchas evidencias, por solidarizarse con los de la cola. Realmente, existen palabras que todo el mundo pronuncia y que mantienen significados diversos según la situación en que uno se halla instalado.
    Las perspectivas son muy distintas dependiendo del lugar y situación desde dónde uno observa la situación. Adh 812.

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