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    ¿Soy un impostor?

    Para vivir mejor | Dr. Miguelina Justo 

    ¿Soy un impostor? 

    ¿Recuerdas más los momentos en que no diste lo mejor de ti, en lugar de las ocasiones en que las cuales sí lo hiciste? Cuando eres halagado ¿te preocupa en el futuro no poder satisfacer las expectativas de los demás? ¿Piensas que tu éxito ha sido solo cuestión de suerte? ¿Temes que las personas importantes para ti descubran que no eres tan capaz como se cree?  Estas preguntas fueron elaboradas ​ por ​el investigador japonés Fujie​ en el 2010 a partir de la escala que pretende medir el fenómeno del impostor, también conocido como síndrome del impostor. L​as primeras personas​ en hablar de este fenómeno fueron Pauline Rose Clance y Suzanne Imes, quienes en el 1978 publicaron un ensayo fruto del trabajo que por cinco años habían estado realizando con 150 mujeres sumamente exitosas. Las autoras observaron que, por lo general, estas mujeres estaban convencidas de que no eran tan brillantes como las personas a su alrededor pensaban. Atribuían su éxito a la suerte o un error.  Se consideraban a sí mismas una especie de fraude, a pesar de haber sido reconocidas por su excelencia profesional y/o académica, lo cual eran incapaces de interiorizar.  Esta idea irracional e infundada les podía llevar a:
    ·     Trabajar con especial ahínco para “encubrir”, al menos temporalmente, su “incapacidad”.
    ·     Ocultar sus verdaderas opiniones, para “asegurar” la aceptación, llegando a considerar las ideas de los demás  como más valiosas.
    ·     Utilizar su encanto y perspicacia para ganar la estima de sus superiores. No obstante, tienden a creer que se han ganado el aprecio de los demás solo por el uso de sus  “artificios”, no por su inteligencia o su talento.
    ·     Juzgarse como no capaz para evitar ser rechazada por la sociedad,  ​al considerar que el ser una mujer exitosa  podría acarrear consecuencias negativas.

    En principio, de acuerdo a Hoang (2013), el fenómeno del impostor se cría más prevalente en las mujeres, especialmente en aquellas que se desenvuelven en puestos y áreas tradicionalmente dominadas por los hombres, sin embargo,  estudios posteriores, permitieron afirmar que estos también lo pueden exhibir. Las estructuras y valores culturales pueden influir en la manera que se lidia con los sentimientos de incapacidad e inseguridad.  Si consideran que el expresar debilidad es impropio de los hombres, puede que se aíslen y no soliciten la ayuda que necesitan.   
    Las demandas sociales, las expectativas familiares y ciertas características de personalidad, parecen contribuir al entramado de sentimientos, creencias y conductas que sustentan el fenómeno del impostor. Weir (2013), afirma que la presión social por alcanzar el éxito es enorme. Cita a Imes cuando dice que parece que se ha confundido la aprobación con el amor y el valor personal. Quienes han crecido en familias carentes de un ambiente de cercanía emocional y donde se sobrevalora el logro pueden ser proclives a sentirse como farsantes.  Los padres envían mensajes ambivalentes, alaban y critican en desmesura. Los pequeños crecen sintiendo que deben luchar por el halago y trabajar fuertemente para evitar la crítica. 
    Tal como Kets de Vries (2015) dice, se convierten en personas inseguras con un desempeño sobresaliente. Y, paradójicamente, cada logro aumenta el miedo de ser descubiertos, de que alguien al fin se dé cuenta de que son una gran mentira.  Estas creencias pueden hacer que un joven, a pesar de su talento, se abstenga, por ejemplo, de aplicar para un trabajo de alto perfil o de solicitar un aumento​, aún mereciéndolo. Otro importante factor en la construcción de este fenómeno lo constituyen algunos rasgos de personalidad, como el perfeccionismo. Se inicia un desafortunado cí​rculo vicioso, ya que los “impostores” tien​den a imponerse estándares muy altos, metas que resultan inalcanzables, lo cual solo asegura que aumenten los sentimientos de incapacidad.  A lo luz de lo anterior se puede comprender por qué se les hace difícil aceptar los halagos que tanto ansían.
    ¿Se podría decir que quienes se perciben como impostores son solo personas humildes? Felder (1988) afirma que la humildad descansa en la justa evaluación de las capacidades y que las personas que exhiben el síndrome del impostor, a pesar de ser sumamente capaces, no lo creen así. ¿Están haciendo, pues, una justa valoración de sus fortalezas?  Parece que no.

    Superando al impostor
    El primer paso para que el fenómeno del impostor sea historia parece ser dudar, cuestionar las creencias irracionales que empañan la visión de quien realmente se es, como estas: ¿Por qué debo hacer todo a la perfección? ¿Por qué debo saber todas las respuestas?  Esto supone ir renunciando al indeseado legado familiar y cultural que impone y demanda. 
    Asimismo, es necesario acompañar este cambio a nivel cognitivo, es decir en el pensamiento, con acciones concretas que reforzarán a su vez el cambio emocional.  Algunas estrategias podrían incluir: asumir riesgos, ofrecer ayuda a principiantes y rodearse de personas amigas. 
    ¡Vale la pena intentarlo!  Al final podremos mostrarnos como somos e, incluso, reconocernos. ADH 812

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