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    Saber esperar

     Para Vivir mejor / Dra. Miguelina Justo


    Saber esperar
    El agricultor esperaba que la semilla creciera en lo secreto, y se convirtiera después en árbol fuerte, en flor, en fruto. Esperaba la madre ansiosa la carta de su hijo, de ese que había abandonado lo conocido para explorar nuevas tierras. Esperaba la joven novia que el vendedor terminara la siesta vespertina para comprar los zapatos blancos con los cuales caminaría hasta los brazos de su amado. Esperaba el niño su programa favorito, una vez por semana. Esperábamos. El pasado parecía marchar a otro ritmo. El tiempo parecía lento. El músculo de la paciencia, de la espera callada, se ejercitaba a la fuerza de las circunstancias. Había que esperar, inexorablemente. Sin embargo, la inmediatez, el eterno ahora marcan hoy en día un ritmo distinto. Todo tiene que suceder en el momento. Las semillas se modifican genéticamente para que las plantas produzcan su fruto en menos tiempo. Las nuevas tecnologías permiten una comunicación rápida y efectiva en tiempo real. Ya la madre puede escuchar la voz de su hijo amado y conocer de sus esperanzas y necesidades sin la intermediación de cartero alguno, sin sellos, ni cartas. Las tiendas abren todos los días, domingos, días feriados, la siesta es para otros. Los niños pueden ver una y otra vez sus programas favoritos, en cualquier momento, en cualquier lugar gracias al internet y a los dispositivos electrónicos. Todo sucede ahora, cuando lo quiero y deseo. No hay necesidad de esperar, ¿para qué hacerlo? Comida al minuto, noticias al minuto, vida al minuto… La falta de espera nos ha hecho impacientes, irritables e impulsivos. 

    Reflexionemos… En la década de los sesenta, el psicólogo Walter Mischel[i] y sus colaboradores desarrollaron una serie de  experimentos hoy conocido como “la prueba Stanford del malvavisco”.  Investigaban la capacidad de los niños para retardar la gratificación y los mecanismos involucrados.  A los pequeños sujetos de este estudio se les ofrecían golosinas, generalmente malvaviscos o que se les conoce en inglés “marshmallows”. Se les presentaba, entonces, un plato con este dulce. El experimentador informaba, seguidamente, que debía retirarse del salón y, que si esperaba sin comer el que estaba delante, a su regreso recibiría dos en lugar de uno. 

    Años más tarde, tal establece Lehrer (2009)[ii], Mischel empezó a enviar cuestionarios a los padres, profesores y consejeros académicos de los niños que participaron en la serie de experimentos. Las respuestas de estos le permitieron afirmar que aquellos niños que no habían hecho sonar la campana rápidamente eran más proclives a tener problemas conductuales tanto en sus hogares como en la escuela.  Obtenían, generalmente, menores puntajes en las pruebas escolares estandarizadas, tenían dificultad para prestar atención y para mantener amistades. 

    Mischel y otros investigadores han seguido estudiando más a fondo este fenómeno, tratando de comprender mejor qué hace que algunas personas puedan esperar y otras no. ¿Se trata solo de autocontrol? Al principio se llegó a pensar que sí, sin embargo estudios posteriores retaron este paradigma, y permitieron establecer la importancia de los factores ambientales en la capacidad retrasar la gratificación.  Uno de ellos fue el realizado por Kidd y sus colaboradores[iii], quienes replicaron el experimento de Mischel con algunos cambios. Observaron que los niños expuestos a ambientes confiables y estables eran capaces de esperar más que aquellos que se encontraban en ambientes poco predecibles.  Si quienes interactúan con el niño honran sus promesas, puede que aprenda que esperar vale la pena.

    El retrasar la gratificación es una destreza valiosa, necesaria, útil, que debe ser enseñada tanto o más que historio o matemática. La capacidad de esperar está asociada a una vida mejor.  Aprendamos a esperar, enseñemos a esperar. Tal como sugiere Mischel, pequeños elementos en la rutina diaria pueden marcan la diferencia. Necesitamos ciudadanos dueños de sí, que crecen libres en ambientes seguros y predecibles, capaces y dispuestos a cenar para luego tomar el postre, dispuestos a jugar solo después de hacer la tarea. 


    [i]    Mischel, Walter; Ebbesen, Ebbe B.; Raskoff Zeiss, Antonette , 1972, Cognitive and attentional mechanisms in delay of gratification.  Journal of Personality and Social Psychology, Vol 21(2), Feb 1972, 204-218  tomado de http://www.viriya.net/jabref/cognitive_and_attentional_mechanisms_in_delay_of_gratification.pdf
    [ii] Lehre, J. (2009)., Don’t!:  the secret of self-control.  The New Yorker, 18 de mayo de  2009, tomado de http://www.newyorker.com/magazine/2009/05/18/dont-2
    [iii] Kidd (2013), Rational snacking: young children's decision-making on the marshmallow task is moderated by beliefs about environmental reliability, tomado de https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23063236

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