Historia | Antonio Lluberes, sj
La
pastoral de enero de 1960.
Reflexiones
sobre su origen y enseñanzas II
Entre
el 9 y el 10 de enero de 1960 se fue develando la más amplia conspiración en
contra del Régimen de Trujillo. Se extendía por toda la geografía dominicana e
implicaba personas de amplios sectores sociales del país, desde un agricultor y
un mecánico hasta un profesional y un empresario, y de personas vinculadas al
Régimen y también de eclesiásticos. Familiares de ellos recurrieron a
eclesiásticos, sacerdotes y jerarcas, buscando intercesión.
De
los eclesiásticos implicados, hasta la fecha podemos precisar al padre Daniel
Cruz Inoa, de la diocesis de Santiago, junto a un grupo de jóvenes fundo la
Acción Clero Cultural que termino fundiéndose con el Movimiento 14 de Junio.
Cayó preso, golpeado, pero rápidamente liberado por gestión de su obispo Hugo Eduardo
Polanco. Ernesto Emilio Montas Melo, de la parroquia san Antonio de Santo
Domingo, seguro miembro de una célula, no cayó preso, pero fue mencionado en el
libro “Complot Develado”. Ercilio Moya, entonces párroco de Tenares, acogía y
protegía en su casa a jóvenes opositores y algunos ya miembros del Movimiento.
Tres exseminaristas militantes, Luis Peña González (Papilín), Mariano García Céspedes
(Marién) y Ramón Pons Bloise (Monchú), los dos primeros murieron en la cárcel.
Y otros, hasta donde sabemos de sentimientos antitrujillistas y quizás
conocedores del Movimiento. En una mas amplia historia se ha de ampliar y
precisar.
La
única historia que sabemos, narrada por uno de sus autores, monseñor Juan Félix
Pepén, obispo de la Altagracia de Higüey desde el 12 de octubre 1959, no agota
el hecho, pero es suficiente para entender lo sucedido. Cuenta que la noche del 20 de enero llegó a
su casa un exseminarista Hipólito Medina Llauger,
sobrino de un sacerdote compañero suyo, “perseguido a muerte por la represión
extendida a todo el país”, “y buscó
refugio en el obispado.” Dice Pepén, que “nos inspiró compasión.” Celebrada la
misa pontifical del 21, partió para Santo Domingo, no fue a donde sus
superiores ordinarios, Ricardo Pittini y Octavio Antonio Beras, sino donde el
nuncio Lino Zanini. Pepén le contó a Zanini
y éste dijo: “Esto no puede seguir así. La Iglesia tiene que levantar su voz y
hablar claro. No hay tiempo que perder. “Levantar su voz y hablar claro” es la
frase que da a la acción eclesial una dimensión pública, que convierte la
intercesión personal en carta pastoral. De seguro ya algún obispo sabía de los
encarcelamientos y de los miedos de tortura y muerte, y de seguro preferiría
tratarlo a través de la intercesión privada, cosa común en los tiempos de
Trujillo, pero hacerlo público era un reto difícil y peligroso que requeriría
de un apoyo superior y de una cohesión muy sólida del episcopado.
Zanini pidió a Pepén un borrador, pero
cuando el día siguiente lo llevó, al nuncio le pareció que no bastaba, “hay que
llegar más lejos. Hay que denunciar las violaciones a los derechos humanos y
reclamar un cambio.” Y pidió se buscará a otra persona que redactará uno nuevo.
Aquí aparece el hombre, interesante, el redactor del borrador que ha dado tanto
trabajo dilucidar y que imprimiría una dimensión teológica y social a la
pastoral. Pero, atención, la pastoral de enero de 1960 no es solo la carta
pastoral, sino también otros dos documentos, una “notificación a los sacerdotes
de ambos cleros y a los religiosos sobre participación de carácter político” y
una “carta a R.L. Trujillo Molina enviando copia de la Pastoral de ese mismo
día” que permiten tratar y conocer la totalidad del momento, la doctrina usada
y las denuncias-peticiones hechas.

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