Fe y Vida | Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
La actriz francesa recientemente fallecida fue muy
devota de la Virgen María. «Ella me protege, sé que me protege», decía
«¿Quién soy, quién se espera que sea y quién
quiero ser?». Con esta pregunta abría Brigitte Bardot su biografía Lágrimas de combate, en el que la actriz y
activista recientemente fallecida se alejaba de su imagen como
mito erótico para adentrarse en el territorio íntimo de la espiritualidad tal como la vivió.
A pesar de ser considerada durante décadas una de
las mujeres más reconocidas del planeta, ella siempre puso en cuestión esa
etiqueta. «Me consideraban una de las mayores estrellas del
mundo, y sin embargo, no soy nada. Esta
lucidez siempre me ha acompañado», escribía, tal como recoge un artículo de
la versión francesa de Aleteia.
Incómoda con la religión
Educada en la Francia de los años 40 del
siglo pasado, Bardot recibió una formación religiosa
clásica tanto en su colegio como en su hogar.
Sus padres eran católicos practicantes, pero con el tiempo ella se fue distanciando de la institución eclesial.
«Nunca me he sentido cómoda con la idea de la religión —contaba en su
autobiografía—. Prefiero una espiritualidad libre, una relación directa con el cielo», decía,
reivindicando una fe sin intermediarios.
Sin embargo, su espiritualidad no fue abstracta, y a pesar de su distancia con la Iglesia mantenía una relación cercana con la Virgen María. «Hablo con ella como en la vida real, en el contexto de un intercambio, más que de una petición o una súplica», confesaba.
Ese diálogo lo materializó en un lugar
muy concreto: una pequeña capilla que mandó construir en una casa encaramada en
una colina, rodeada de tomillos y pinos. «Me gusta ir allí porque puedo hablar con franqueza con la Virgen. Ella me
protege, sé que me protege», explicaba asimismo Brigitte
Bardot.
La figura de María ocupaba así un
lugar central en su imaginario interior: «Es una presencia íntima y benévola.
Me sostiene la idea de dulzura, pureza y luminosidad que inspira, así como su
generosidad incondicional y protección maternal». Tenía también
presente el dolor humano de la Virgen: «Ella también sufrió en la tierra. El único dolor que experimentó
realmente fue la pérdida y crucifixión de su hijo; es enorme, me conmueve
profundamente».
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