Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Fiesta del Bautismo del Señor
Domingo
11 enero 2026 | Lecturas: Isaías 42,1-4.6-7. Salmo 28,1-4.9-10. Hechos de los
Apóstoles 10,34-38 y Mateo 3,13-17
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy
celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, que cierra el tiempo de Navidad y
nos invita a contemplar el inicio de la vida pública de Jesús. Las lecturas nos
revelan la identidad profunda de Cristo como el Siervo elegido por Dios, el
Hijo amado, ungido por el Espíritu Santo para una misión de salvación
universal.
La
primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al
"Siervo del Señor": "Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi
elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, y traerá el
derecho a las naciones". Este Siervo no actúa con violencia ni clamor; no
quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante. Su misión es
suave pero firme: establecer la justicia, ser alianza del pueblo y luz de
las naciones, abrir los ojos de los ciegos y liberar a los prisioneros de las
tinieblas. Los primeros cristianos vieron en estas palabras una profecía
clara sobre Jesús, el Mesías que trae salvación no solo a Israel, sino a todos
los pueblos.
El
Salmo responsorial nos eleva la voz poderosa de Dios sobre las aguas: "La voz
del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales". Esta
voz majestuosa, que resuena como trueno, simboliza el poder creador de
Dios, que reina eterna sobre el diluvio y da fuerza a su pueblo. En el
bautismo de Jesús, esa misma voz divina se hará presente, confirmando su
autoridad y su cercanía.
En
la segunda lectura, san Pedro, en casa de Cornelio, proclama una verdad
revolucionaria: "Está claro que Dios no hace distinciones;
acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea". Pedro
resume la vida de Jesús: ungido por Dios con el Espíritu Santo y con
poder, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos. El bautismo de Juan
marca el comienzo de esta misión, que se extiende ahora a todos, judíos y
gentiles, porque Cristo es Señor de todos.
El
Evangelio de san Mateo nos lleva al corazón del misterio: Jesús viene
de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Juan se resiste: "Soy yo
el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?". Pero Jesús
responde: "Déjalo ahora, conviene que así cumplamos toda justicia". Jesús,
sin pecado, se solidariza con los pecadores, se sumerge en las aguas del
Jordán asumiendo nuestra condición humana. Al salir del agua, se abren los
cielos, desciende el Espíritu Santo en forma de paloma y se oye la voz del
Padre: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco".
Hermanos,
en este momento se manifiesta la Santísima Trinidad: el Hijo que se
humilla, el Espíritu que desciende, el Padre que habla. Es la
epifanía definitiva: Jesús es revelado como el Hijo eterno de Dios, el Siervo
profetizado por Isaías, el que trae la justicia verdadera cumpliendo la
voluntad del Padre.
Esta
fiesta no solo nos habla de Jesús, sino de nosotros. En nuestro
bautismo, hemos sido sumergidos en su muerte y resurrección; hemos recibido
el mismo Espíritu; hemos sido hechos hijos adoptivos del Padre. Como dice
san Pablo, hemos sido ungidos para una misión: ser luz en el mundo, llevar
justicia con misericordia, liberar a los cautivos del pecado, del miedo, de la
injusticia.
Hoy,
al recordar el bautismo del Señor, renovemos nuestras promesas bautismales. ¿Vivimos
como hijos amados de Dios? ¿Somos mansos como el Siervo, sin quebrar a
los débiles? ¿Anunciamos con nuestra vida que Dios no hace acepción de
personas, que su salvación es para todos?
Que
María, la Madre que presentó a Jesús en el templo y lo acompañó hasta la
cruz, nos ayude a vivir plenamente nuestro bautismo. Que el Señor,
bautizado en el Jordán, nos inunde con su Espíritu para que seamos fieles
testigos de su amor. Amén.
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