martes, 27 de enero de 2026

“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”


Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

 


“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”

Lecturas del día (2 Samuel 6,12-15.17-19; Salmo 24[23],7-10; Marcos 3,31-35)

 

1.- La familia biológica no es rechazada, sino superada por una familia más grande

Jesús no niega a su madre y hermanos carnales (María está siempre presente en el camino de fe). Lo que hace es abrir el círculo familiar: no lo cierra en la sangre, sino que lo expande a todos los que responden al Padre. En 2 Samuel vemos a David celebrando con todo Israel la llegada del Arca: la bendición de Dios no se queda en una casa (la de Obed-Edom), sino que se comparte con todo el pueblo. Así Jesús nos dice: “Mi familia no es solo la de Nazaret, es toda la que acoge el Reino”.

 

2.- Hacer la voluntad de Dios es el único “parentesco” que cuenta ante Él

La frase culminante “el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35) es revolucionaria. No es un desprecio a la familia natural, sino la revelación de que el vínculo más profundo con Jesús nace de la obediencia amorosa al Padre. David baila y ofrece sacrificios ante el Arca precisamente porque reconoce que la voluntad de Dios (traer su presencia al centro de Israel) es más importante que cualquier protocolo o temor humano.

 

3.- El Arca y Jesús: la presencia de Dios que reúne una nueva familia

En 2 Samuel 6, David trae el Arca (símbolo de la presencia de Yahvé) a Jerusalén con alegría, danzas y bendiciones para todo el pueblo. En el Evangelio, Jesús es la presencia viva de Dios en medio de la multitud. Quienes se sientan a su alrededor escuchando la Palabra forman la “nueva tienda” donde Dios habita. La verdadera familia de Jesús no se define por lazos de sangre, sino por estar cerca de Él escuchando y viviendo su Palabra.

 

4.- La puerta del corazón debe abrirse al Rey de gloria (Salmo 24)

El salmo responsorial canta: “¡Puertas, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternas: va a entrar el Rey de la gloria!” (Sal 24,7-10). David preparó una entrada digna para el Arca; Jesús nos pide abrir las puertas de nuestro corazón para que entre el Rey. Quien abre su vida a la voluntad del Padre entra a formar parte de la familia de Jesús. La pregunta “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” equivale a preguntar: “¿Has abierto la puerta a mi Reino?”.

 

5.- La familia de Jesús se construye en círculo alrededor de la Palabra

Jesús “mirando en torno a los que estaban sentados en círculo alrededor de él” (Mc 3,34) señala a la multitud como su verdadera familia. No es un rechazo, es una invitación inclusiva: cualquiera puede entrar en ese círculo si escucha y pone en práctica la Palabra. David no bailó solo; todo Israel participó en la fiesta. La Iglesia nace así: como una gran familia reunida en torno a Cristo que enseña y sana.

 

6.- La alegría de pertenecer a la familia de Dios supera cualquier otra alegría

David danza con todas sus fuerzas delante del Señor (2 S 6,14-15) porque la presencia de Dios trae una alegría que ninguna otra pertenencia puede igualar. Jesús, al declarar quiénes son su madre y hermanos, nos ofrece una alegría mayor: la de saber que, cumpliendo la voluntad del Padre, somos plenamente acogidos en su familia divina. Esa es la verdadera fiesta, más grande que cualquier celebración terrena.

 

7.- Todos somos invitados a ser “madre, hermano y hermana” de Jesús

El Evangelio no excluye a nadie; al contrario, amplía la invitación: “el que hace la voluntad de Dios” incluye a judíos y gentiles, ricos y pobres, hombres y mujeres, de cualquier nación. María misma es la primera en hacer perfectamente la voluntad del Padre (“hágase en mí según tu palabra”). Por eso ella es la Madre de la Iglesia y modelo de todo discípulo. Tú y yo podemos ser hoy “hermanos y hermanas” de Jesús si dejamos que su voluntad moldee nuestra vida diaria.

 

Conclusión para la homilía

Hermanos y hermanas: Jesús no vino a destruir la familia, vino a recrearla desde Dios. ¿Quieres saber quiénes son su madre y sus hermanos? Mírate a ti mismo cuando rezas, cuando perdonas, cuando sirves, cuando cumples la voluntad del Padre, aunque cueste. Ahí estás entrando en la danza de David, pasando por las puertas del Salmo 24 y sentándote en el círculo alrededor de Jesús.

 

Que María, la que dijo “sí” plenamente, nos ayude a responder cada día: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Así seremos de verdad familia de Jesús. Amén.

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