Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Si quieres, puedes limpiarme
(Jueves
15 enero 2026, lecturas: Mc 1,40, 1 Sam 4,1-11; Sal 43; Mc 1,40-45)
Hermanos
y hermanas:
El
tema central de nuestra reflexión hoy es la súplica humilde y llena de fe del
leproso en el Evangelio: “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc 1,40). Esta
frase resuena profundamente en las lecturas de este día y nos invita a
contemplar cómo Dios responde a nuestra miseria con misericordia, poder y
voluntad salvadora.
A
partir de las lecturas (1 Sam 4,1-11; Sal 43; Mc 1,40-45), señalemos
8 elementos que nos ayudan a profundizar en este mensaje:
1.-
La derrota y el desconcierto del pueblo de Dios (1 Sam 4,1-11): Israel sufre
una dura derrota ante los filisteos, pierde el arca de la alianza y se pregunta
"¿por qué nos ha derrotado el Señor hoy?". Como el pueblo en
el Salmo 43, se siente abandonado y pide: "¿Por qué me
rechazas?". Esto nos recuerda que a veces nos sentimos
"leprosos" espiritualmente, alejados de Dios por el pecado o las
pruebas, y nos preguntamos si Él quiere aún salvarnos.
2.-
La lepra como imagen del pecado y la exclusión (Mc 1,40-45): El leproso no
solo sufría una enfermedad física; era excluido de la comunidad, impuro,
aislado. Así es el pecado: nos separa de Dios y de los hermanos, nos hace
"impuros" por dentro. Pero el leproso no se resigna; se acerca a
Jesús rompiendo barreras, mostrando que nunca es tarde para buscar la
misericordia.
3.-
La humildad radical en la súplica (“Si quieres…”): El leproso no exige, no
presume; se arrodilla y pone su deseo bajo la voluntad de Jesús. Es
una oración modelo: reconoce el poder divino (“puedes”) y se somete
totalmente (“si quieres”). Nos enseña a orar no con reclamos, sino con
confianza filial: “Señor, si es tu voluntad, líbrame de esto”.
4.-
La compasión activa de Jesús (“Movido a compasión” o “teniendo misericordia”): Jesús no se
limita a palabras; se conmueve hasta las entrañas. Su corazón se rompe ante el
sufrimiento humano. Esta compasión no es debilidad, sino fuerza divina que lo
impulsa a actuar: extender la mano, tocar lo intocable, romper el tabú de la
impureza.
5.-
El toque liberador (“Extendió la mano y lo tocó”): Nadie tocaba a un
leproso sin contaminarse. Jesús lo hace precisamente para contaminarse de
misericordia y transmitir pureza. Ese toque es símbolo de la Encarnación:
Dios se acerca a nuestra miseria, toca nuestras heridas para sanarlas.
¡Qué consuelo saber que Jesús no teme nuestra impureza!
6.-
La voluntad salvadora de Dios (“Quiero: sé limpio”): La respuesta
inmediata de Jesús es clara y rotunda. Dios no quiere nuestra enfermedad
espiritual ni nuestro aislamiento; quiere limpiarnos, restaurarnos,
reintegrarnos. Su “quiero” es más fuerte que cualquier lepra, pecado o derrota.
Es la voluntad de un Padre que desea la vida plena para sus hijos.
7.-
La curación instantánea y total (“Al instante la lepra lo dejó y quedó
limpio”):
No hay proceso lento; la acción de Jesús es poderosa y eficaz. Así actúa la
gracia en el sacramento de la reconciliación: un instante de arrepentimiento y
absolución nos devuelve la limpieza interior. El leproso pasa de marginado a
reintegrado; nosotros, de pecadores a hijos amados.
8.-
La misión que nace de la gratitud (aunque desobediente al mandato de silencio): El hombre
curado no puede callar; proclama lo sucedido por todas partes. Aunque Jesús
le pide discreción (para cumplir la ley mosaica), su alegría desborda.
Nosotros, tocados por la misericordia, estamos llamados a ser testigos: no
podemos guardar silencio ante tanto amor. Como el Salmo 43 clama por
liberación, nosotros proclamamos que Dios nos ha liberado.
Hermanos
y hermanas, hoy Jesús nos dice lo mismo: “Quiero: sé limpio”. Acércate a
Él con humildad, como el leproso; dile con fe: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Él extenderá su mano en la Eucaristía, en la confesión, en la oración. No temas
mostrarle tus llagas; Él las tocará con amor.
Que
María, Madre de misericordia, nos ayude a acercarnos siempre a su Hijo con esa
misma confianza. Amén.
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