Fe y Vida | Infomadrid
31 de agosto: san Ramón Nonato,
religioso
Nació en los mismos comienzos del siglo XIII.
Su nombre deja boquiabierto a quien lo oye o lo lee
por primera vez. Nonnato —Nonato por más breve—
sugiere a un santo solo potencial; como si la palabra fuera un eslogan
publicitario que estuviera invitando a quien lo lee o escucha a que se
decidiera a iniciar un programa que acabara con la santidad del guión
preestablecido. De hecho, significa no-nacido. ¿Pretenderá decir el extraño
nombre que, por no haber nacido todavía el santo que rellene el expediente
completo de sus cualidades y virtudes, está como esperando la Iglesia a que
haya uno que se decida de una vez a reproducirlas? Eso sería, lógicamente,
confundir la santidad como algo que brota de la voluntad y decisión humana,
cuando ella es en verdad el resultado de la acción del Espíritu Santo con quien
se coopera libremente. Sería sencillamente pelagianismo.
El calificativo —que ha pasado ya a ser nombre— le
viene a Ramón por el hecho de haber sido sacado del claustro materno, por medio
de una intervención quirúrgica, cuando ya había muerto su madre. Por eso no
nació como nacen normalmente los niños, lo extrajeron. Fue en Portell, en
Lérida, cuando se iniciaba el siglo.
La buena y alta situación de su padre le posibilitó
crecer en buen ambiente y formación, aunque sin el cariño y los cuidados de una
madre. Cuentan de su primera juventud la devoción especialísima a la Santísima
Virgen que le llevaba con frecuencia a visitar la ermita de san Nicolás donde
pasaba ratos mientras sus rebaños pastaban. Luego su padre quiso irlo
incorporando poco a poco a las tareas de administración de sus posesiones y esa
fue la razón por la que se le encuentra en Barcelona en el intento de aprender
letras y números. Allí tuvo ocasión de trabar amistad con Pedro Nolasco –que
por aquel entonces era comerciante– y de compartir mutuamente los deseos de
fidelidad a la fe cristiana vivida con radicalidad, llegando incluso a
considerar la posibilidad de entrar en el estado clerical.
Como el padre disfruta de un gran sentido práctico, lo
reincorpora al terruño de Portell y le encarga la explotación de varias de sus
fincas. Pero sigue diciendo la antigua crónica que la misma Virgen María le
comunica su deseo de que ingrese en la recién fundada Orden de la Merced y allí
está de nuevo en Barcelona puesto a disposición completa en las manos de su
antes amigo Pedro Nolasco.
Noviciado, profesión, ordenación sacerdotal y
ministerio en el hospital de santa Eulalia se suceden con la normalidad propia
de quien tiene prisa para cumplir el cuarto voto mercedario consistente en
redimir a los cautivos y servir de rehén en su lugar si procede.
En el norte del continente negro predica, consuela,
cura, fortalece, atiende y transmite paciencia a los cautivos de los piratas
berberiscos; comprende bien su situación y se hace cargo de que están rodeados
de todos los peligros para su fe. Incluso él mismo tuvo que soportar cárcel y
la tortura de que sellaran sus labios por ocho meses con un candado para
impedirle la predicación.
A su vuelta a España entre el clamor de las
multitudes, lo nombra cardenal de la Iglesia el Papa Gregorio IX, reconociendo
sus méritos y virtud de la caridad practicada de modo heroico; pero no le dio
tiempo a llegar a Roma por morir, antes de cumplir los cuarenta años, cuando se
disponía a hacerlo.
Por el empeño de hacerse cargo de su cuerpo, tanto los
frailes mercedarios como los nobles señores de Cardona decidieron de común
acuerdo darle sepultura allá donde lo decidiera una mula ciega que lo llevó a
lomos hasta que quiso pararse ante la ermita de San Nicolás, de Portell.
Desaparecieron las reliquias, irrecuperables ya para
la veneración, en el año 1936.
Lo que no ha sido relegado al olvido por sus paisanos
es la figura del santo y su acción caritativa. Esa devoción secular que se
refleja incluso en las fiestas y en el folclore. No digamos nada sobre la
devoción que le profesan todas las parturientas que lo tienen como especial
patrón para su trance.
Se divulgó por el mundo la pintura que lo muestra con
la Custodia en la mano derecha expresando así la fuente de su caridad con los
hombres.
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