Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Renovación Espiritual
(Viernes
4 de septiembre. Vigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas: 1
Corintios 4,1-5. Salmo 36. San Lucas 5,33-39)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy escuchamos nos invita a mirar nuestra vida con
sinceridad y a preguntarnos: ¿necesito renovarme espiritualmente? Muchas
veces renovamos la casa, cambiamos de ropa, compramos un teléfono nuevo,
pintamos las paredes, pero podemos pasar mucho tiempo sin renovar nuestro
corazón.
La
renovación espiritual significa volver a Dios, dejar que Él transforme
nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar, y permitir que el Evangelio
tenga siempre un lugar nuevo en nuestra vida.
1.
Primera lectura: 1 Corintios 4,1-5 — Dios conoce el corazón. San Pablo nos
dice que los servidores de Cristo debemos ser considerados administradores de
los misterios de Dios, y que lo que se espera de un administrador es que sea
fiel.
Aquí
encontramos un primer elemento para nuestra vida: la renovación comienza
con la fidelidad.
No
somos dueños de nuestra vida; somos administradores de los dones que Dios nos
ha confiado. Nuestra familia, nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestro
ministerio, nuestro tiempo y nuestros bienes son regalos que hemos recibido.
San
Pablo también nos recuerda algo muy importante: no debemos vivir buscando
solamente la aprobación de los demás. Hay personas que viven preocupadas por lo
que otros piensan: “¿Qué dirán de mí?”, “¿Cómo me ven?”, “¿Hablarán
bien de mí?”. Pero el verdadero juez de nuestra vida es Dios, que conoce lo
que hay en lo profundo del corazón.
Por eso, para
renovarnos espiritualmente tenemos que preguntarnos:
-
¿Soy fiel a Dios cuando nadie me está mirando?
-
¿Mi vida exterior corresponde con lo que llevo
dentro?
-
¿Estoy sirviendo a Dios o buscando solamente
reconocimiento?
-
¿Hay cosas en mi corazón que necesito cambiar?
La
renovación espiritual comienza cuando dejamos que Dios ilumine nuestra
conciencia.
2.
Salmo 36 — Encomienda tu camino al Señor. El Salmo nos invita a
confiar en Dios: “Encomienda tu camino al Señor, confía en Él, y Él
actuará.”
Este
es otro elemento fundamental de la renovación espiritual: aprender nuevamente a
confiar en Dios.
A
veces estamos cansados porque queremos resolverlo todo con nuestras propias
fuerzas. Nos preocupamos por la familia, por la salud, por el trabajo, por el
futuro, por los problemas económicos y por tantas situaciones que nos quitan la
paz.
El
salmista nos dice: “Confía en el Señor.”
Confiar
no significa cruzarnos de brazos. Significa hacer lo que nos corresponde, pero
poner el resultado en las manos de Dios.
Hay
momentos en que tenemos que decir: “Señor, yo no puedo solo.
Yo hago mi parte; lo demás lo pongo en tus manos.”
La
renovación espiritual necesita recuperar la confianza, la oración y la
esperanza. Un corazón que vuelve a confiar en Dios comienza a recuperar la paz.
3.
Evangelio: Lucas 5,33-39 — Vino nuevo en odres nuevos. En el
Evangelio, Jesús utiliza una imagen muy sencilla pero muy profunda: el vino
nuevo y los odres nuevos. Dice Jesús que “nadie echa vino nuevo en odres
viejos”.
¿Qué
quiere decirnos?
Que
no podemos recibir la novedad de Dios manteniendo un corazón cerrado y aferrado
a lo de antes. El Señor quiere hacer algo nuevo en nosotros, pero necesitamos
abrirle espacio.
Hay
personas que dicen: “Yo siempre he sido así”, “Yo no cambio”, “A
mí nadie me va a enseñar”, “Siempre lo hemos hecho de esa manera”.
Pero
el cristiano no puede vivir permanentemente encerrado en el pasado.
Dios
es siempre nuevo. Su gracia es nueva. Su misericordia es nueva. Su llamada es
nueva.
Renovación
espiritual significa permitir que Dios cambie aquello que necesita ser
cambiado.
Quizás
necesitamos renovar:
-
nuestra manera de orar;
-
nuestra relación con la familia;
-
nuestra forma de tratar a los demás;
-
nuestra participación en la Iglesia;
-
nuestra capacidad de perdonar;
-
nuestra manera de hablar;
-
nuestra relación con el dinero y las cosas
materiales;
-
nuestra confianza en Dios.
El
problema no es que Dios no quiera darnos vino nuevo. El problema muchas
veces es que nosotros queremos meter el vino nuevo de Dios en un corazón viejo.
4.
No basta cambiar las apariencias. Jesús nos enseña que la
renovación verdadera no consiste solamente en cambiar cosas externas.
Podemos
cambiar muchas cosas por fuera y seguir siendo los mismos por dentro.
Podemos
cambiar de ropa, de casa, de trabajo, de ambiente, incluso de comunidad, pero
si no cambia el corazón, seguimos llevando las mismas heridas, los mismos
resentimientos, las mismas divisiones y los mismos pecados.
Por
eso, la verdadera renovación espiritual comienza desde dentro.
-
San Pablo nos habla de un corazón examinado
por Dios.
-
El Salmo nos habla de un corazón que confía.
-
Jesús nos habla de un corazón convertido
en odre nuevo.
5.
¿Cómo hacer esta renovación? Podemos comenzar con tres decisiones muy
sencillas:
Primera: volver a la
oración. Hablar con Dios todos los días, no solamente cuando tenemos problemas.
Segunda: revisar
nuestra vida. Preguntarnos delante de Dios: “Señor, ¿qué tengo que cambiar?
¿Qué debo dejar? ¿Qué debo comenzar?”
Tercera: abrirnos a
la novedad del Evangelio. No decir: “Yo soy así y punto”, sino: “Señor,
transfórmame. Haz de mí una persona nueva.”
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, la renovación espiritual no es cambiar de religión ni
buscar algo extraño; es volver al corazón del Evangelio y permitir que Cristo
vuelva a ocupar el centro de nuestra vida.
Hoy
el Señor nos pregunta: ¿Cómo está tu corazón? ¿Es un corazón abierto a
Dios o un corazón cerrado por el resentimiento, la rutina, el orgullo y el
cansancio?
Pidámosle
al Señor la gracia de ser odres nuevos, capaces de recibir el vino nuevo de su
gracia.
Que
podamos decirle:
-
“Señor, renueva mi corazón.
-
Renueva mi fe.
-
Renueva mi esperanza.
-
Renueva mi amor.
-
Quita de mí todo lo que me aleja de Ti
-
y hazme una persona nueva.”
Porque
cuando Dios renueva el corazón, se renueva también la familia, se renueva la
comunidad y se renueva la Iglesia. Amén.
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