Cultura y Vida | Antonio R. Rubio Plo
50 años de la muerte de Agatha
Christie
La escritora inglesa admiraba al padre Brown, salido
de la pluma de Chesterton, que tiene en común con su detective Hércules Poirot
la empatía no solo hacia las víctimas, sino también hacia los criminales
El medio siglo transcurrido desde la muerte de Agatha Christie el 12 de enero de 1976 no ha empañado su fama,
acrecentada por las adaptaciones cinematográficas y televisivas. Tras sus
primeros éxitos literarios, la novelista fue invitada a formar parte del
Detection Club, fundado en 1930 por Gilbert Keith Chesterton, y ella misma presidió desde 1957
este selecto club de autores de novelas policiacas. Curiosamente, los dos
vivieron en la misma calle londinense, Sheffield Terrace, en el barrio de
Kensington; uno durante los primeros años de su infancia, y la otra en plena
madurez creativa, en la década de 1930.
Christie no era católica, aunque admiraba los relatos
del padre Brown, en los que Chesterton impuso un toque original,
centrado más en la psicología humana que en las pistas materiales. Después de
todo, el Hércules Poirot de esta escritora es un detective belga católico.
Muy diferente al padre Brown, pues Poirot no parece tener la humildad del
sacerdote detective al presumir de continuo de sus células grises. Sin embargo,
los dos investigadores tienen un rasgo en común: la empatía no solo hacia las
víctimas, sino también hacia los criminales. Brown dialoga con ellos y trata de
entender las causas que los han llevado a tomar drásticas decisiones, pues,
después de todo, es un sacerdote capaz de mostrar el perdón de Dios.
Por su parte, Poirot emplea el método de reunir en un
salón a todos los relacionados con el crimen donde gentilmente ofrece la
oportunidad de que el culpable reconozca su delito. En otras ocasiones,
conversa en privado con las personas que han sufrido por los hechos y suele
desplegar con ellas grandes dosis de amabilidad y afecto.
En un libro de relatos, Partners in Crime, protagonizado por el matrimonio de
detectives Tommy y Tuppence Beresford, Agatha Christie rindió homenaje al padre
Brown, a su modo de ser aparentemente ingenuo, pero tranquilo y observador.
Hizo que Tommy se disfrazara de sacerdote católico en una trama relacionada con
el robo de una valiosa fórmula química. Además, se han hechos algunos estudios
comparados de la influencia de los relatos del padre Brown en Christie. Uno de
ellos, El signo de la espada rota, pudo haber influido
en El misterio de la guía de ferrocarriles de nuestra novelista. El
padre Brown se pregunta cuál es el mejor lugar para ocultar un guijarro o una
hoja: donde puedan pasar desapercibidos, como una playa o un bosque. Y si no
existen la playa o el bosque, habrá que crearlos. Christie aprende la lección
en la citada novela, donde Poirot descubre que un crimen se puede ocultar entre
otros que son atribuidos a un asesino en serie.
Agatha Christie debió de sentirse muy honrada cuando
fue invitada a formar parte del Detection Club. No se trataba de formar parte
de un club social sino de contribuir, junto con otros escritores del género, a
revitalizar la novela detectivesca. Los miembros se comprometían a no ocultar
pistas esenciales a sus lectores, a no confiar en las coincidencias ni en
supuestas revelaciones sobrenaturales. No era este el modo de obrar del padre
Brown ni de Poirot ni de lord Peter Winsey, el detective creado por Dorothy L.
Sayers, otra destacada integrante del club. De hecho, en El misterioso caso de Styles, la primera novela
protagonizada por Poirot, se dan algunas reglas para los métodos detectivescos
que podrían aplicarse a muchos aspectos de la vida corriente.
Entre ellas quiero subrayar las de «atenerse a los
hechos, porque la explicación más sencilla es la más probable», y que «las
apariencias con frecuencia engañan. Hay que hacer análisis rigurosos de la
concatenación de hechos». En estos tiempos conspiranoicos, en los que
proliferan las teorías más enrevesadas sobre quién hay detrás, son consejos de
sentido común. Lo afirma Poirot, aunque podría suscribirlo perfectamente el
padre Brown. Hay aquí un rechazo evidente a los prejuicios, al engaño o al
autoengaño. Pero esto no solo es aplicable a los métodos de investigación. Cabe
preguntarse, tras la lectura de los relatos de Chesterton y Christie, si el
peor de todos los crímenes es la mentira, pues a partir de ella pueden entrar
en el ser humano todos los vicios. Antes de mentir a otros, el hombre necesita
mentirse a sí mismo. Por eso, el sacerdote detective asegura que el mal no
comienza con la violencia, sino con una visión falsa de la realidad. Es la
mentira interior que precede al acto. Por su parte, Poirot opina de un modo
similar y observa que, cuando una persona miente, no lo hace tanto por temor a
la policía, sino a la verdad que ella misma ha deformado.
El padre Brown y Hércules Poirot. Mentalidades
distintas, pero unidas en la búsqueda de la verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Promueve el diálogo y la comunicación usando un lenguaje sencillo, preciso y respetuoso...