viernes, 16 de enero de 2026

Este es el Cordero de Dios


Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc


 

Este es el Cordero de Dios

(Homilía domingo 18 de enero 2026, lecturas:  Isaías 49,3.5-6. Salmo 39.2-10. 1corientios 1,1-3y San Juan 1,29-34)

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este segundo domingo del Tiempo Ordinario, la liturgia nos invita a contemplar la figura de Jesús no ya como el Niño de Belén o el manifestado a los pueblos en la Epifanía, sino como el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo. Juan el Bautista, con su grito profético junto al Jordán —«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29)— nos señala directamente a Él, el centro de nuestra fe y de toda la historia de la salvación.

 

1. Jesús, el Siervo elegido y luz de las naciones (Isaías 49,3.5-6)

La primera lectura nos presenta el segundo cántico del Siervo del Señor. Dios dice: «Tú eres mi siervo, Israel, en ti manifestaré mi gloria» (Is 49,3), y añade: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6).

Este Siervo no es solo para Israel; su misión es universal. Dios lo forma desde el seno materno para reunir a Jacob, restaurar a Israel, pero sobre todo para ser salvación hasta los confines del mundo. La comunidad cristiana reconoció en estas palabras la figura de Jesús: el Siervo obediente, el Mesías que trae la luz a todos los pueblos. Juan Bautista lo ve venir y lo proclama precisamente como ese Siervo que se entrega por todos.

 

2. El Salmo 39: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»

El salmo responsorial nos da la actitud interior de este Siervo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8-9). No busca sacrificios de animales ni holocaustos; lo que Dios quiere es un corazón dispuesto a obedecer, a entregarse totalmente. Jesús es quien puede decir estas palabras con perfecta verdad: desde su Encarnación hasta la Cruz, Él repite: «Aquí estoy». Su obediencia amorosa al Padre es el sacrificio perfecto que reemplaza todos los antiguos sacrificios.

 

3. Llamados a ser santos en Cristo (1 Corintios 1,1-3)

San Pablo se presenta como «apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios» y saluda a la Iglesia de Corinto como «santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos». Nosotros también somos llamados y santificados en Cristo. El Cordero no solo quita el pecado; nos hace partícipes de su santidad. Por Él recibimos «gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo». Esta gracia nos transforma en testigos de la luz que Él trae al mundo.

 

4. El corazón del Evangelio: «Este es el Cordero de Dios» (Juan 1,29-34)

Juan Bautista da un testimonio culminante. Ve a Jesús venir hacia él y exclama: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

 

Cordero de Dios: evoca el cordero pascual de la salida de Egipto (Éx 12), que con su sangre libró de la muerte; y el siervo sufriente de Isaías 53,7, «como cordero llevado al matadero», inocente, que carga los pecados de muchos.

 

Quita el pecado del mundo: no solo de Israel, sino del mundo entero. Su sacrificio en la Cruz es único, suficiente y eterno. Por eso, en cada Misa, el sacerdote eleva la hostia y repite: «Este es el Cordero de Dios…». Es el mismo Jesús que Juan señaló, el que se ofrece por nosotros.

 

Juan añade que vio el Espíritu descender como paloma y posarse sobre Él, confirmando: «Este es el Hijo de Dios» (Jn 1,34). El Cordero es también el Hijo eterno, el que existía antes que Juan, el que bautiza con el Espíritu Santo.

 

Aplicación a nuestra vida

Hermanos, este domingo nos pregunta: ¿Reconocemos nosotros a Jesús como el Cordero de Dios? ¿Dejamos que quite el pecado de nuestra vida? El Cordero viene a nosotros manso, sin violencia, para cargar con nuestras culpas y darnos su paz.

 

Como Juan Bautista, somos llamados a dar testimonio: señalar a Jesús con nuestra vida, decir a otros: «Este es el Cordero de Dios».

 

Como el Siervo, estamos enviados a ser luz en medio de la oscuridad: en la familia, el trabajo, la sociedad.

 

Como Pablo, recordemos que somos santificados en Cristo: no por nuestros méritos, sino por su gracia.

 

Pidamos al Señor que, al participar en la Eucaristía, reconozcamos con fe viva al Cordero que se entrega por nosotros. Que su sangre nos purifique y nos haga capaces de decir con alegría: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

 

Que María, la primera en acoger al Cordero en su seno, nos ayude a seguirlo fielmente. Amén.






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