Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Este es el Cordero de Dios
(HomilÃa
domingo 18 de enero 2026, lecturas: IsaÃas 49,3.5-6. Salmo 39.2-10. 1corientios
1,1-3y San Juan 1,29-34)
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
En
este segundo domingo del Tiempo Ordinario, la liturgia nos invita a contemplar
la figura de Jesús no ya como el Niño de Belén o el manifestado a los pueblos
en la EpifanÃa, sino como el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado
del mundo. Juan el Bautista, con su grito profético junto al Jordán —«Este
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29)— nos señala
directamente a Él, el centro de nuestra fe y de toda la historia de la
salvación.
1.
Jesús, el Siervo elegido y luz de las naciones (IsaÃas 49,3.5-6)
La
primera lectura nos presenta el segundo cántico del Siervo del Señor. Dios dice:
«Tú eres mi siervo, Israel, en ti manifestaré mi gloria» (Is 49,3), y
añade: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el
confÃn de la tierra» (Is 49,6).
Este
Siervo no es solo para Israel; su misión es universal. Dios lo forma desde el
seno materno para reunir a Jacob, restaurar a Israel, pero sobre todo para ser
salvación hasta los confines del mundo. La comunidad cristiana reconoció en
estas palabras la figura de Jesús: el Siervo obediente, el MesÃas que trae la
luz a todos los pueblos. Juan Bautista lo ve venir y lo proclama precisamente
como ese Siervo que se entrega por todos.
2.
El Salmo 39: «Aquà estoy, Señor, para hacer tu voluntad»
El
salmo responsorial nos da la actitud interior de este Siervo: «Aquà estoy,
Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8-9). No busca sacrificios de
animales ni holocaustos; lo que Dios quiere es un corazón dispuesto a obedecer,
a entregarse totalmente. Jesús es quien puede decir estas palabras con perfecta
verdad: desde su Encarnación hasta la Cruz, Él repite: «Aquà estoy». Su
obediencia amorosa al Padre es el sacrificio perfecto que reemplaza todos los
antiguos sacrificios.
3.
Llamados a ser santos en Cristo (1 Corintios 1,1-3)
San
Pablo se presenta como «apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios» y
saluda a la Iglesia de Corinto como «santificados en Cristo Jesús, llamados
a ser santos». Nosotros también somos llamados y santificados en Cristo.
El Cordero no solo quita el pecado; nos hace partÃcipes de su santidad. Por
Él recibimos «gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo». Esta gracia nos transforma en testigos de la luz que Él trae al
mundo.
4.
El corazón del Evangelio: «Este es el Cordero de Dios» (Juan 1,29-34)
Juan
Bautista da un testimonio culminante. Ve a Jesús venir hacia él y exclama: «Este
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Cordero
de Dios:
evoca el cordero pascual de la salida de Egipto (Éx 12), que con su sangre
libró de la muerte; y el siervo sufriente de IsaÃas 53,7, «como
cordero llevado al matadero», inocente, que carga los pecados de muchos.
Quita
el pecado del mundo: no solo de Israel, sino del mundo entero. Su
sacrificio en la Cruz es único, suficiente y eterno. Por eso, en cada Misa, el
sacerdote eleva la hostia y repite: «Este es el Cordero de Dios…». Es el
mismo Jesús que Juan señaló, el que se ofrece por nosotros.
Juan
añade que vio el EspÃritu descender como paloma y posarse sobre Él, confirmando: «Este es el
Hijo de Dios» (Jn 1,34). El Cordero es también el Hijo eterno, el que
existÃa antes que Juan, el que bautiza con el EspÃritu Santo.
Aplicación
a nuestra vida
Hermanos,
este domingo nos pregunta: ¿Reconocemos nosotros a Jesús como el Cordero de
Dios? ¿Dejamos que quite el pecado de nuestra vida? El Cordero viene a
nosotros manso, sin violencia, para cargar con nuestras culpas y darnos su paz.
Como
Juan Bautista, somos llamados a dar testimonio: señalar a Jesús con
nuestra vida, decir a otros: «Este es el Cordero de Dios».
Como
el Siervo, estamos enviados a ser luz en medio de la oscuridad: en la
familia, el trabajo, la sociedad.
Como
Pablo, recordemos que somos santificados en Cristo: no por
nuestros méritos, sino por su gracia.
Pidamos
al Señor que, al participar en la EucaristÃa, reconozcamos con fe viva al
Cordero que se entrega por nosotros. Que su sangre nos purifique y nos haga
capaces de decir con alegrÃa: «Aquà estoy, Señor, para hacer tu voluntad».
Que
MarÃa, la primera en acoger al Cordero en su seno, nos ayude a seguirlo
fielmente. Amén.


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