In Memoriam | Sandy Yanilda Fermín
La
Bondad Tenía Nombre: Catalina de los Santos (Doña Yen)
Como un
amanecer que nace en silencio y se llena de luz en cada encuentro, así
contaremos esta historia, donde el alma se ilumina como una sonrisa, y el sol
nos despierta a toda prisa.
Esta es la
historia de una de esas almas escogidas por Dios, donde la bondad hace eco,
siendo esencia no solo por un momento, sino por una eternidad parecida al
cielo, sembrada con esmero en cada gesto de amistad, formando una familia de
amigos y, aun sin proponérselo, dejando plasmada en cada vida su bondad, que al
recordarla enciende la mirada, envuelta en una paz que solo viene de Dios. Su
vida fue vivida con sencillez, con alegría y con fe.
Aún recuerdo
cuando me llamaba por mi nombre y cómo su rostro se irradiaba de alegría al
verme. Cada beso, cada abrazo, eran motivo de salir con el corazón contento.
Hablar con ella era detener el tiempo, era agradecer cada regalo, cada flor
entregada con tanto cariño, especialmente el día de su cumpleaños, cuando
muchos de nosotros acudíamos con entusiasmo a celebrar su vida, a rendirle
honor con nuestra presencia, como también lo hicimos en su último adiós. Porque
celebrar su vida fue, y sigue siendo, un acto de amor. Así, como en su
cumpleaños y en su despedida, nos reuníamos no solo para verla, sino para
agradecer a Dios por su existencia.
El solo hecho
de escribir sobre ella me satisface profundamente, es mi manera de honrar lo
que hizo por mí y por tantas personas a las que ayudó y bendijo en silencio.
Hablar de Doña
Yen es narrar la vida de una mujer de corazón humilde, tejido con hilos de
sacrificio y ternura. Cuando me sentaba a su lado a escuchar sus historias,
ella viajaba a sus recuerdos y junto a ellos brotaban lágrimas, no de tristeza,
sino de anhelos de una vida entregada con alegría y desvelo, poniendo el amor
por delante de cualquier dificultad.
Aún puedo
sentir la dulzura de su voz, como quien pronuncia algo sagrado. Con ella, el
tiempo no corría, se detenía a contemplar la gracia de lo bondadoso.
Caminaba
despacio, como quien no tiene prisa, porque sabía que su vida estaba en las
manos de Dios. En cada paso llevaba dulzura, en cada paso, llevaba esperanza.
Escribir sobre
ella es, para mí, una oración hecha palabras. Es la voz de un alma agradecida
por todo lo que sembró, hasta en la naturaleza habla de su amor, porque amaba
las flores, y verlas hoy, es percibir su fragancia en cada rincón.
Hablar de Doña
Yen no es llorar su ausencia, es reconocer su permanencia. Es sentir que su
amor no se ha ido, sino que habita en nosotros, como una llama encendida que no
se apaga. Su risa, su cariño, su manera de compartir, hasta su forma de mirarte
y decirte adiós.
Su casa era más
que un hogar, era un santuario de afecto. Allí se respiraba la fe, era percibir
la presencia viva de Jesús. Su corazón era pura bondad, morada del Espíritu
Santo, irradiando luz a todo el que se acercaba. Era como un panal de dulzura
donde el amor se compartía como el pan. Daba todo lo que tenía, sin reservas,
sin cálculos, sin esperar nada a cambio y servía como quien sabe que en el otro
habita lo divino. Cada noche elevaba oraciones, cargando nombres ajenos como si
fueran propios.
Pero donde más
resplandecía su dulzura era en su manera de ser madre. Cuántas personas
tocaban bocina al pasar frente a su casa, cuántas llegaban con cualquier
detalle, sabiendo que allí encontrarían algo entrañable, algo abnegado.
Su corazón de
madre encontraba en
su familia la alegría más pura. Francisco Aneury era sus ojos atentos y su
cómplice cercano, aquel con quien compartía silencios, sonrisas y miradas que
solo el amor profundo sabe hablar.
Yvelisse, la pequeña de la casa era la consentida, la que despertaba su ternura
más dulce, la que encontraba refugio en su regazo. Y la tercera de sus nietos,
cariñosamente Checa, quien llevaba consigo la responsabilidad y la alegría, era
reflejo del equilibrio que Doña Yen supo sembrar, compromiso con la vida y gozo
en cada paso. En ellos, Doña Yen dejó parte de su alma, en ellos continúa
viviendo su amor de madre.
Ese ser de luz
no partió, fue llamado por Dios, quien la acogió para dejar la tierra y
convertirse en ángel. Cada vez que recibía la comunión, el cielo parecía rozar
la tierra en un instante que se volvía canción. Hoy, su vida no ha terminado,
se ha transformado en eco de misericordia, en evangelio vivido, en luz eterna.
Contar su
historia es afirmar que la bondad sí existe. Que tiene nombre, rostro, pasos y
voz, que cuando se vive desde Dios, la muerte no es final, sino transformación.
No es ausencia, es eternidad.
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