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    viernes, 29 de mayo de 2026

    La Bondad Tenía Nombre: Catalina de los Santos (Doña Yen)


    In Memoriam | Sandy Yanilda Fermín

     


    La Bondad Tenía Nombre: Catalina de los Santos (Doña Yen)

     

    Como un amanecer que nace en silencio y se llena de luz en cada encuentro, así contaremos esta historia, donde el alma se ilumina como una sonrisa, y el sol nos despierta a toda prisa.

     

    Esta es la historia de una de esas almas escogidas por Dios, donde la bondad hace eco, siendo esencia no solo por un momento, sino por una eternidad parecida al cielo, sembrada con esmero en cada gesto de amistad, formando una familia de amigos y, aun sin proponérselo, dejando plasmada en cada vida su bondad, que al recordarla enciende la mirada, envuelta en una paz que solo viene de Dios. Su vida fue vivida con sencillez, con alegría y con fe.

     

    Aún recuerdo cuando me llamaba por mi nombre y cómo su rostro se irradiaba de alegría al verme. Cada beso, cada abrazo, eran motivo de salir con el corazón contento. Hablar con ella era detener el tiempo, era agradecer cada regalo, cada flor entregada con tanto cariño, especialmente el día de su cumpleaños, cuando muchos de nosotros acudíamos con entusiasmo a celebrar su vida, a rendirle honor con nuestra presencia, como también lo hicimos en su último adiós. Porque celebrar su vida fue, y sigue siendo, un acto de amor. Así, como en su cumpleaños y en su despedida, nos reuníamos no solo para verla, sino para agradecer a Dios por su existencia.

     

    El solo hecho de escribir sobre ella me satisface profundamente, es mi manera de honrar lo que hizo por mí y por tantas personas a las que ayudó y bendijo en silencio.

     

    Hablar de Doña Yen es narrar la vida de una mujer de corazón humilde, tejido con hilos de sacrificio y ternura. Cuando me sentaba a su lado a escuchar sus historias, ella viajaba a sus recuerdos y junto a ellos brotaban lágrimas, no de tristeza, sino de anhelos de una vida entregada con alegría y desvelo, poniendo el amor por delante de cualquier dificultad.

     

    Aún puedo sentir la dulzura de su voz, como quien pronuncia algo sagrado. Con ella, el tiempo no corría, se detenía a contemplar la gracia de lo bondadoso.

     

    Caminaba despacio, como quien no tiene prisa, porque sabía que su vida estaba en las manos de Dios. En cada paso llevaba dulzura, en cada paso, llevaba esperanza.

     

    Escribir sobre ella es, para mí, una oración hecha palabras. Es la voz de un alma agradecida por todo lo que sembró, hasta en la naturaleza habla de su amor, porque amaba las flores, y verlas hoy, es percibir su fragancia en cada rincón.

     

    Hablar de Doña Yen no es llorar su ausencia, es reconocer su permanencia. Es sentir que su amor no se ha ido, sino que habita en nosotros, como una llama encendida que no se apaga. Su risa, su cariño, su manera de compartir, hasta su forma de mirarte y decirte adiós.

     

    Su casa era más que un hogar, era un santuario de afecto. Allí se respiraba la fe, era percibir la presencia viva de Jesús. Su corazón era pura bondad, morada del Espíritu Santo, irradiando luz a todo el que se acercaba. Era como un panal de dulzura donde el amor se compartía como el pan. Daba todo lo que tenía, sin reservas, sin cálculos, sin esperar nada a cambio y servía como quien sabe que en el otro habita lo divino. Cada noche elevaba oraciones, cargando nombres ajenos como si fueran propios.

     

    Pero donde más resplandecía su dulzura era en su manera de ser madre. Cuántas personas tocaban bocina al pasar frente a su casa, cuántas llegaban con cualquier detalle, sabiendo que allí encontrarían algo entrañable, algo abnegado.

     

    Su corazón de madre encontraba en su familia la alegría más pura. Francisco Aneury era sus ojos atentos y su cómplice cercano, aquel con quien compartía silencios, sonrisas y miradas que solo el amor profundo sabe hablar.


    Yvelisse, la pequeña de la casa era la consentida, la que despertaba su ternura más dulce, la que encontraba refugio en su regazo. Y la tercera de sus nietos, cariñosamente Checa, quien llevaba consigo la responsabilidad y la alegría, era reflejo del equilibrio que Doña Yen supo sembrar, compromiso con la vida y gozo en cada paso. En ellos, Doña Yen dejó parte de su alma, en ellos continúa viviendo su amor de madre.

     


    Ese ser de luz no partió, fue llamado por Dios, quien la acogió para dejar la tierra y convertirse en ángel. Cada vez que recibía la comunión, el cielo parecía rozar la tierra en un instante que se volvía canción. Hoy, su vida no ha terminado, se ha transformado en eco de misericordia, en evangelio vivido, en luz eterna.

     

    Contar su historia es afirmar que la bondad sí existe. Que tiene nombre, rostro, pasos y voz, que cuando se vive desde Dios, la muerte no es final, sino transformación. No es ausencia, es eternidad.







     

     

     

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