Humanismo Integral | Isabella Piro
La encíclica de León XIV: la
IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos
Con motivo del
135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera
encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la
era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica
humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo,
la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y
superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el
multilateralismo
«La magnífica
humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva:
levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la
humanidad habiten juntos». El incipit de la primera encíclica
de León XIV —Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona
humana en la era de la inteligencia artificial»— resume sus razones
fundamentales y su propósito. Publicada el lunes 25 de mayo, fue firmada por
el Pontífice el pasado 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la promulgación
de la Rerum novarum de León XIII. Y de su predecesor, el papa
Prevost, ha recogido el legado, escribiendo una encíclica social que aborda uno
de los principales retos de la época contemporánea: la inteligencia artificial.
Dividida en
cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, Magnifica
humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una «fuerza
antagónica respecto a la persona» (4), ni «un mal en sí misma» (9). Sin
embargo, «no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la
financia, la regula y la utiliza». De ahí el llamamiento del Pontífice a
«construir en el bien» y a «permanecer humanos», siguiendo la lógica de la
corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que «el
mundo pueda reconocer… en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea
habitar» (16).
TEXTO COMPLETO DE LA ENCÍCLICA
"MAGNIFICA HUMANITAS"
La Doctrina Social de la Iglesia es teología de la
comunión
El primer
capítulo —Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio— repasa la Doctrina
Social de la Iglesia (DSI) en el magisterio reciente y en el Concilio Vaticano
II, poniendo de relieve «su carácter dinámico» (17). Lejos de ser «un manual de
principios y normas que aplicar», la DSI es más bien «un camino de discernimiento
comunitario», una «teología de la comunión en la historia» (27) que orienta la
lectura de los acontecimientos a la luz del Evangelio. León XIV recuerda el
pensamiento de sus predecesores: desde Pío XII —el primero en emplear la
expresión «Doctrina social de la Iglesia» en la exhortación apostólica Menti nostrae de 1950— hasta el Papa
Francisco, pasando naturalmente por la Rerum novarum de 1891, definida como «hito
en la evolución del magisterio social» (30). En sus respectivas épocas, cada
sucesor de Pedro «ha puesto de relieve diferentes aspectos de un único
patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, la destinación
universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la
creación, la centralidad de la paz y la fraternidad» (45).
Proteger la dignidad humana: la persona no es un
recurso que se pueda explotar
En el segundo
capítulo, León XIV enumera los Fundamentos y principios de la Doctrina
social de la Iglesia: entre los primeros, incluye la dignidad de la
persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Es necesario recordarlo, ya que
«la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos»
puede reducir a la persona a «un recurso que se usa y se explota» o a «lo que
realiza o produce» (51). Por el contrario, «la dignidad fundamental de cada
persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (53). Un
segundo fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es la inviolabilidad de los
derechos humanos, entre los cuales el primero es el derecho a la vida «desde la
concepción hasta su final natural»: a este respecto, León XIV define el aborto
provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia como «decisiones gravemente
ilícitas» (55). El tercer fundamento es el reconocimiento de los derechos de
las minorías, con especial atención a las mujeres: en su favor, el Pontífice
pide «decisiones concretas» en las leyes, en el trabajo, en la educación, en
las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente
escuchadas y valoradas (57).
Es inmoral e inaceptable eliminar o someter a una
nación
En cuanto a
los principios de la DSI, León XIV señala cinco: el primero es el bien común,
«forma social de la dignidad reconocida a cada uno» (59). En un punto el Papa
es particularmente firme: «la promoción del bien común nunca puede separarse
del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia
identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las
naciones». En consecuencia, «cualquier intento o proyecto de eliminar o someter
una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable» (64).
La tecnología no debe concentrarse en manos de unos
pocos
El segundo
principio se refiere a la destinación universal de los bienes: aquí y en otros
puntos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los
conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos,
alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución
digital (67). De ello se derivan el tercer y el cuarto principio, a saber, la
subsidiariedad (68) —que exige superar el paternalismo y el asistencialismo en
favor de la corresponsabilidad— y la solidaridad (73), «principio y virtud» que
se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los pueblos y a las generaciones
futuras.
La justicia social y un examen decisivo con los
migrantes
El quinto
principio de la DSI señalado por el Papa es la justicia social: en la era
digital, debe garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades,
proteger a los más frágiles, combatir el odio y la desinformación, someter a
control público el uso de los datos y las tecnologías, «de modo que el criterio
no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los
pueblos» (80). León XIV señala en los migrantes, los refugiados y los
desplazados un «examen decisivo» en este ámbito: la forma en que la sociedad
los trata demuestra «si la idea de justicia está guiada por el miedo o por la
fraternidad». De ahí el llamamiento tanto a custodiar «el derecho a la
esperanza» de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y
legales, una acogida digna y la integración; como a promover «el derecho a
quedarse» de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando «las
causas profundas» de las migraciones (81).
El Papa León XIV en la firma de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas,
15 de mayo 2026 (@Vatican Media)
Los abusos y el examen de conciencia para la Iglesia
El Pontífice
entiende que los cinco principios mencionados están dirigidos no solo a la
sociedad, sino también a la Iglesia, llamada a «un examen de conciencia»: el
Papa exhorta a «sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas
distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos». La
invitación es a escuchar a las «víctimas de abusos espirituales, económicos,
institucionales, sexuales, de poder y de conciencia», ya que ello «forma parte
integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño,
la reparación justa y la prevención» (89).
Se necesita un código ético compartido sobre la IA
El tercer
capítulo —Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las
promesas de la IA— entra en el meollo del tema de la inteligencia
artificial. León XIV advierte contra el «paradigma tecnocrático» ya denunciado
por Francisco y por el cual toda elección viene dictada exclusivamente por
parámetros de eficiencia y beneficio (92). Por el contrario, la tecnología más
potente no es necesariamente la mejor: la IA puede imitar y simular al hombre,
pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni
espiritual. Por lo tanto, es necesario abordar la IA con sobriedad y vigilancia,
manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas (accountability)
y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión
independiente y la educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código
ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque «no sirve una
IA más moral si esa moral la deciden unos pocos» (107). Sin dejar de lado el
impacto ambiental de las nuevas tecnologías, que requieren grandes cantidades
de energía y agua, afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la
Creación (101).
Desarmar la IA y sustraerla de la lógica competitiva
Hay que
«desarmar la IA» —insiste León XIV— para sustraerla de la lógica de la
competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre
poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir
que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA
«ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder con el que debemos
contar» (110). Se dedica un amplio espacio a la crítica del transhumanismo y
del poshumanismo, que interpretan el progreso como la superación de
los límites de lo humano. En cambio, el límite no es un defecto que haya que
eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque «el ser humano
no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del
límite» (118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que
maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.
Que el progreso de la técnica no haga retroceder el
corazón
Hay mucho en
juego: hacer crecer la técnica eliminando los límites de lo humano significa,
de hecho, hacer retroceder el corazón. Magnífica y, sin embargo, herida, la
humanidad «no debe ser sustituida ni superada». La tecnología puede aliviar sus
sufrimientos y abrirle nuevas posibilidades, pero no debe negarla en lo que le
es propio: «la capacidad de relación y de amor» (126). Ante la IA, la verdadera
alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de
construir el progreso: al servicio de la persona y de los pueblos o de las
lógicas de poder (129). Una elección que nos concierne a todos: «la
construcción de Babel o la de Jerusalén», las dos «ciudades» del hombre y de
Dios señaladas también por san Agustín (130), comienza por cada uno.
Ecología de la comunicación y centralidad de la
escuela
En el cuarto
capítulo – Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo,
libertad — la encíclica considera la verdad como un bien común y un
elemento esencial de la democracia. En el entorno digital, la verdad debe
plasmarse en una «ecología de la comunicación» para que la cultura generada por
la web no se convierta en un instrumento de «homologación y dominio», sino en
un espacio de maduración para la «libertad interior y el pensamiento crítico»
(136-137). El Papa señala algunos instrumentos: transparencia en los criterios
de selección de contenidos, protección de los datos personales, un periodismo
serio basado en la argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el
uso «correcto y crítico» de la IA, la integración de los conocimientos. También
se exige a la Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los
casos de injusticias y abusos. Es fundamental, en la encíclica, el llamamiento
a una alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague «el deseo
de hacer preguntas» a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el
pensamiento humano. «Debemos educarnos en el ayuno de la IA» (140), subraya
León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando
por la escuela como lugar donde se aprende a «buscar y amar la verdad» (143) y
se enseña lo que lo digital no puede dar: «tiempo compartido para aprender y
relaciones fiables» (147).
El trabajo debe centrarse en la persona, no en el
beneficio
En la «cuarta
revolución industrial» que representa la transición digital, el Pontífice
destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: «Las
nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores», explica, ya que la
tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones
marginales y someterlos a una vigilancia automatizada (150). Por el contrario,
es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el
rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas
pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre
de la reducción de costes y el aumento de los beneficios. En un escenario en el
que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por
sistemas automatizados que han sustituido al hombre, el Pontífice aboga también
por una renovación de las organizaciones sindicales (155).
El desarrollo no se mide solo en términos de PIB
La
transformación digital debe gestionarse de antemano mediante criterios sociales
estables, formación accesible y continua para los trabajadores y
responsabilidad empresarial. El Pontífice señala, además, la necesidad de
superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país, apostando en
su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción
de las desigualdades y la protección del medio ambiente. La financiación por la
financiación es, de hecho, diferente de la financiación para el desarrollo
(159-160). Y, siguiendo la estela de San Pablo VI, se subraya la
interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una cooperación
internacional capaz de definir estrategias comunes «sobre todo en favor de los
países y los grupos más vulnerables», porque la prosperidad contribuye a la paz
«solo si es generalizada, inclusiva y sostenible» (163).
La familia, bien social primario
En la
encíclica destaca, además, la referencia a la familia, fundada en la unión
estable entre un hombre y una mujer: es «bien social primario», «célula
fundamental e insustituible de toda organización comunitaria» (165) que debe
apoyarse también mediante políticas laborales que favorezcan la estabilidad y
ritmos humanos, de modo que se garantice el justo equilibrio de vida y se
proteja esa «capacidad de construir el futuro» que hace generativa a la
sociedad.
La «arquitectura de la visibilidad» y los riesgos para
la libertad
Por último, el
tema de la libertad humana, que hay que proteger contra la dependencia y la
mercantilización: en una época en la que las plataformas digitales están
diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y explotar sus fragilidades,
es urgente reforzar la libertad interior de cada uno y hacer frente al riesgo
del control social derivado de la recopilación masiva de datos y del uso de
sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los comportamientos es, de
hecho, «un poder nuevo» (171) que corre el riesgo de discriminar a los más
débiles. El Papa deplora, en particular, la «arquitectura de la visibilidad»
que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando opiniones y generando
conformismo.
Nuevas formas de esclavitud y nuevo colonialismo
La IA genera
nuevas formas de esclavitud, como la de los «cuerpos marcados, mutilados,
consumidos» (173) de quienes trabajan en la extracción de las «tierras raras»
necesarias para la tecnología. Por ello, la lucha contra las nuevas formas de
esclavitud es otra «prueba decisiva para el discernimiento ético» de la
transformación digital. A este respecto, León XIV subraya que «la Iglesia
renueva su firme condena contra toda forma de esclavitud, trata y
mercantilización de las personas» y reitera que no reaccionar o tolerar estas
«graves violaciones de la dignidad humana» significa, de hecho, «hacerse
cómplice» (174). Al mismo tiempo, el Papa pide «sinceramente perdón» por el
retraso con el que la Iglesia, en el pasado, condenó «el flagelo de la
esclavitud». La encíclica se refiere también a las «nuevas tierras raras del
poder», es decir, la información vital —por ejemplo, sobre salud y demografía—
utilizada para orientar las estrategias económicas. Se trata, explica el
Pontífice, de una faceta inédita del colonialismo que se apropia de los datos y
transforma las vidas personales en información explotable, convirtiendo el
entorno digital en un «espacio de depredación» (178-179).
Superar la teoría de la «guerra justa»
En el quinto y
último capítulo —La cultura del poder y la civilización del amor—, León
XIV dirige su mirada hacia la guerra: «La revolución digital está modificando
la gramática de los conflictos» y, sin un enfoque ético, las decisiones sobre
la vida y la muerte de las personas serán cada vez más impersonales,
considerándose el recurso a la fuerza como una «opción inmediata y viable»
(182-183) . En la base de todo hay una «cultura del poder» que normaliza la
guerra y la rehabilita como «instrumento de política internacional»,
favoreciendo el rearme. Sobre la opinión pública, que en el pasado veía la
beligerancia solo como extrema ratio, hoy pesan también las
narrativas mediáticas polarizantes, así como «una preocupante pérdida de
memoria histórica» que nos priva de una visión a largo plazo (191). En
consecuencia, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que asumir,
sino como un intervalo precario entre conflictos. Por ello, León XIV reitera
que —sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en su sentido más
estricto— es necesario superar la teoría de la «guerra justa», promoviendo más
bien el diálogo, la diplomacia y el perdón (192).
Ningún algoritmo hace que la guerra sea moralmente
aceptable
El Papa
Prevost no deja de lamentar el crecimiento de la industria bélica, la carrera
armamentística nuclear y la aparición de nuevos actores armados —entre ellos
los yihadistas— que pretenden perpetuar los conflictos como fuente de poder y
de ingresos. Es contundente, además, la advertencia contra el uso de armas
relacionadas con la IA, ya que «no existe ningún algoritmo que pueda hacer que
la guerra sea moralmente aceptable»; es más: la tecnología «no libera al
conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e
impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la
defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos
acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse.»
(198). Por lo tanto, se necesitan restricciones éticas rigurosas, compartidas a
nivel internacional, basadas en la responsabilidad personal y en la protección
de los civiles, porque «toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro
del otro rebaja el umbral moral del conflicto» (199).
La crisis del multilateralismo
La cultura del
poder surge también de la crisis del multilateralismo y del surgimiento de un
«multipolarismo desordenado y conflictivo» en el que prevalece la desconfianza
hacia el otro (201). La fuerza del derecho se sustituye por el derecho del más
fuerte; las lógicas del poder prevalecen sobre la construcción de la paz,
relegada a un segundo plano, y las instituciones creadas para custodiar el
destino común de los pueblos se encuentran ahora debilitadas, sin que se
reconozca su autoridad moral. A este respecto, el Papa auspicia para la ONU y
para el sistema político internacional «reformas profundas» que superen la
actual crisis de valores en favor del verdadero bien común (226).
Una Realpolitik irresponsable
Hoy, prosigue
la encíclica, se libran guerras «híbridas» que abarcan los ámbitos económico,
financiero e informático, aprovechando la desinformación y el miedo para
influir en la opinión pública y presentar el aumento del gasto militar como la
«única respuesta» a un futuro incierto. Pero todo esto no es más que un «falso
realismo», una irresponsable Realpolitik que siembra en las
conciencias y en las culturas la resignación ante una guerra ineludible y
califica la paz de utopía (204-205). Sin excluir que, para algunos, el
conflicto armado podría ser un instrumento de «gestión cínica» de las
dificultades, así como una forma de desviar la atención de los problemas
internos (208).
La civilización del amor
El cristiano
está llamado a responder a esta cultura del poder construyendo «la civilización
del amor»: la gracia, de hecho, no elimina el conflicto como por arte de magia,
sino que genera «una resistencia activa al mal y una sorprendente creatividad
en el bien» (211). Cada uno, en su ámbito de acción, está llamado a elegir
entre alimentar la lógica de la fuerza o custodiar la paz, frenando la
deshumanización con pequeños actos de fidelidad y tenacidad. El Papa señala
cinco «vías de responsabilidad»: desarmar las palabras diciendo la verdad;
construir la paz en la justicia; asumir la mirada de las víctimas tomando
posición, porque hay conflictos en los que «no es justo permanecer neutrales».
Los ataques contra civiles, hospitales e infraestructuras hieren a la propia
humanidad y no pueden quedar relegados al ámbito del análisis abstracto. Por el
contrario, hay que dar voz a las víctimas para «tomar verdadera conciencia del
abismo de maldad que encierra» la guerra y toda violencia (217). Y aún más: el
Papa exhorta a cultivar «un sano realismo» que busque vías de paz viables con
hechos, no solo con palabras.
No utilizar el nombre de Dios para legitimar la guerra
Por último,
relanzar el diálogo pasando de una cultura del poder a una cultura de la
negociación. También es decisivo «el diálogo entre las religiones», portador de
un mensaje de paz. «Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el
terrorismo, la violencia o la guerra, traiciona su rostro —advierte León XIV—:
luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la propia
religión» (223). Por su parte, la diplomacia de la Santa Sede utiliza «el
principio evangélico de la misericordia» como criterio concreto de la acción
política. De ahí deriva la exhortación a la oración, porque la paz proviene
ante todo de Dios (227-228).
La magnífica humanidad
Al concluir la
carta, el Pontífice invita a los fieles a vivir las nuevas tecnologías a la luz
del Evangelio, siguiendo «un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente»,
para que, incluso en la era de la IA, todos puedan dar testimonio de «la
belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios».
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