Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
San Cornelio, Papa y San Cipriano, Obispo
(Miércoles
16 de septiembre 2026. Vigésima cuarta semana tiempo ordinario, lecturas: 1Corientios
12,31-13,13. Salmo 32. San Lucas 7,31-35)
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
la Iglesia nos invita a celebrar la memoria de San Cornelio, Papa, y San
Cipriano, Obispo y mártires, dos grandes testigos de la fe que vivieron en
tiempos difíciles para la Iglesia. Ambos comprendieron que seguir a Cristo no
consiste solamente en hablar de Dios, sino en amar, servir, permanecer fieles y
dar la vida por el Evangelio.
Las
lecturas de hoy nos ayudan a descubrir qué clase de cristianos estamos llamados
a ser.
1.
1 Corintios 12,31–13,13: «Ambicionen los carismas mejores». San
Pablo nos presenta el camino que está por encima de todos los carismas: el
amor.
Podemos
tener muchos dones, capacidades, conocimientos y responsabilidades,
pero si nos falta el amor, todo pierde su verdadero sentido.
San
Pablo dice: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,
si no tengo amor, soy como un metal que resuena».
Primer
elemento:
No basta con tener dones; hay que ponerlos al servicio de los demás.
Dios
nos ha dado capacidades diferentes. Unos saben enseñar, otros organizar, otros
aconsejar, otros servir, otros acompañar. Pero el don se convierte en bendición
cuando se utiliza para ayudar.
Segundo
elemento:
El amor debe ser paciente y comprensivo.
San
Pablo nos dice que el amor «es paciente, es servicial, no es envidioso, no es
presumido ni orgulloso». Esta palabra nos toca directamente en la familia, en
la comunidad y en la Iglesia. Muchas veces sufrimos no porque nos falte fe,
sino porque nos falta paciencia unos con otros.
Tercer
elemento:
El amor no busca solamente sus propios intereses.
El
verdadero cristiano aprende a preguntarse: ¿Qué puedo hacer por el
otro? ¿Cómo puedo ayudar? ¿Cómo puedo aliviar su carga?
San
Cornelio y San Cipriano vivieron este amor de manera concreta. No fueron
hombres preocupados solamente por sí mismos. Se preocuparon por la Iglesia, por
los hermanos y por la fidelidad al Evangelio.
Cuarto
elemento:
Lo más importante que podemos dejar es el amor.
San
Pablo termina diciendo: «Ahora quedan la fe, la esperanza y el amor, estas
tres; pero la más grande es el amor».
Podemos
perder muchas cosas en esta vida, pero una vida entregada por amor nunca es una
vida perdida.
2.
Salmo 32:
«Dichoso el pueblo que el Señor se escogió». El salmo nos recuerda que
Dios mira y acompaña a su pueblo.
San
Cornelio y San Cipriano vivieron momentos de persecución y dificultades. Sin embargo,
pusieron su confianza en Dios y no en las circunstancias.
Quinto
elemento:
Nuestra seguridad está en Dios.
Hay
momentos en que todo parece complicado: problemas familiares,
enfermedades, dificultades económicas, incomprensiones o situaciones que no
sabemos cómo resolver. El salmo nos invita a confiar: Dios no abandona a
quienes ponen en Él su esperanza.
Sexto
elemento:
Debemos aprender a mirar nuestra vida con los ojos de la fe.
No
todo lo que parece fracaso es fracaso delante de Dios. Los mártires
aparentemente perdieron la vida, pero en realidad dieron testimonio de que
Cristo vale más que la propia vida.
3.
San Lucas 7,31-35: «¿Con quién compararé a los hombres de esta
generación?». En el Evangelio, Jesús se encuentra con personas que no saben
escuchar ni aceptar lo que Dios les propone. Jesús utiliza la comparación de
unos niños que se quejan porque los demás no responden ni a la música alegre ni
a los cantos de duelo.
Hay
personas que siempre encuentran una razón para no aceptar la verdad. Si Juan
Bautista ayuna, lo critican; si Jesús come y bebe con la gente, también lo
critican.
Séptimo
elemento:
No debemos vivir buscando excusas para no cambiar.
A
veces Dios nos habla por medio de una persona, una predicación, una situación
de la vida, un consejo o incluso una dificultad. Pero podemos escuchar y decir:
«Eso no es para mí».
La
pregunta es: ¿Estoy dispuesto a dejar que Dios transforme mi vida?
Octavo
elemento:
No podemos agradar a todo el mundo.
San
Cornelio y San Cipriano comprendieron que la fidelidad a Cristo exige valentía. No podían
vivir buscando la aprobación de todos.
También
nosotros debemos aprender a hacer el bien, aunque algunos no lo comprendan.
4.
«La sabiduría queda justificada por todos sus hijos» Jesús termina
diciendo una frase muy importante: «La sabiduría queda justificada por todos
sus hijos». Es decir, la verdadera sabiduría se demuestra por sus frutos.
San
Cornelio y San Cipriano no solamente hablaron de la fe: la vivieron.
No solamente enseñaron el Evangelio: lo defendieron con su vida. No solamente
amaron a Cristo con palabras: permanecieron fieles hasta el martirio.
Noveno
elemento:
Nuestra fe debe producir frutos. No basta decir: «Yo creo en Dios».
Tenemos que preguntarnos:
-
¿Soy más paciente?
-
¿Sé perdonar?
-
¿Ayudo al que necesita?
-
¿Soy capaz de pedir perdón?
-
¿Sirvo en mi familia?
-
¿Soy instrumento de unidad?
-
¿Estoy dispuesto a hacer el bien, aunque nadie
me aplauda?
5.
San Cornelio y San Cipriano: testigos de unidad y fidelidad. La memoria de
estos dos santos nos recuerda también la importancia de permanecer unidos en la
Iglesia.
San
Cornelio, como Papa, y San Cipriano, como Obispo de Cartago,
tuvieron que afrontar grandes dificultades dentro y fuera de la comunidad
cristiana. Su testimonio nos habla de una Iglesia que necesita pastores y
fieles que sepan amar la verdad, practicar la misericordia y conservar la
unidad.
Décimo
elemento:
La Iglesia necesita cristianos que construyan comunión.
No
seamos personas que dividen, murmuran, enfrentan y destruyen. Seamos personas
que unen, reconcilian, animan y ayudan.
Conclusión
Para
llevar a nuestra vida. Podemos quedarnos hoy con cinco palabras:
-
Amor,
-
confianza,
-
escucha,
-
fidelidad
-
y unidad.
Que
San Cornelio y San Cipriano nos enseñen que el cristianismo no se demuestra
solamente con palabras, sino con una vida entregada a Dios y al servicio
de los hermanos.
Pidamos
al Señor que nos dé un corazón semejante al de estos santos: un corazón que ame
sin cansarse, que perdone sin guardar rencor, que sirva sin buscar
reconocimiento, que permanezca firme en las dificultades y que nunca abandone a
Cristo.
Queridos
hermanos y hermanas, que nuestra vida pueda decir con hechos lo que nuestros
labios proclaman con palabras. Que cuando los demás nos miren puedan descubrir
en nosotros algo del amor de Cristo.
Que
San Cornelio, Papa, y San Cipriano, Obispo, intercedan por nosotros
y nos ayuden a ser cristianos de verdad: hombres y mujeres de amor, de fe, de
esperanza y de fidelidad al Evangelio. Amén.
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