Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores para su
mies
(Domingo
14 de junio 2026. Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, lecturas: Éxodo 19,2-6
Salmo 99,2-5. Romanos 5,6-11. San Mateo 9,36-10,8)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre la llamada que
Dios hace a su pueblo y sobre la misión que confía a quienes ha elegido. Las
lecturas nos muestran que Dios nos ama, nos salva y nos envía a trabajar en su
mies para que su Reino siga creciendo en el mundo.
1.
“Ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos” (Éxodo 19,2-6). En la primera
lectura encontramos al pueblo de Israel al pie del monte Sinaí. Allí Dios
recuerda cómo lo ha liberado de la esclavitud y le propone una alianza.
Algunos
elementos para nuestra vida hoy:
-
Dios toma siempre la iniciativa. Antes de pedir
algo a su pueblo, primero lo libera y lo cuida.
-
La elección de Dios no es un privilegio para
sentirse superior, sino una responsabilidad para servir.
-
También nosotros, por el bautismo, hemos sido
llamados a ser un pueblo santo y un sacerdocio al servicio de los demás.
-
La Iglesia está llamada a mostrar con su vida el
amor de Dios en medio del mundo.
La
pregunta para nosotros es: ¿estamos viviendo como pueblo de Dios o nos
estamos dejando arrastrar por los criterios del mundo?
2.
“Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Romanos 5,6-11). San Pablo nos
recuerda la grandeza del amor de Dios. Cristo no esperó que fuéramos perfectos
para salvarnos; murió por nosotros cuando éramos débiles y pecadores.
Algunos
elementos para nuestra reflexión:
-
La salvación es un regalo gratuito de Dios.
-
Ninguna persona está excluida de la misericordia
divina.
-
Quien ha experimentado el amor de Cristo está
llamado a compartirlo con los demás.
-
La reconciliación con Dios debe llevarnos también
a reconciliarnos con nuestros hermanos.
En
una sociedad marcada por divisiones, resentimientos y violencia, el cristiano
está llamado a ser instrumento de paz y reconciliación.
3.
“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mateo 9,36–10,8). En el
Evangelio vemos a Jesús contemplando a la multitud. No la mira con
indiferencia, sino con compasión, porque estaban cansados y abandonados como
ovejas sin pastor.
Jesús
descubre una gran necesidad espiritual y dice a sus discípulos: “La mies es
abundante, pero los trabajadores son pocos.”
De
este texto podemos destacar varios elementos:
a)
Tener la mirada compasiva de Jesús
- Jesús ve el
sufrimiento de la gente y se conmueve.
- Hoy también
hay muchas personas heridas por la pobreza, la soledad, la enfermedad, las
adicciones y la falta de sentido de la vida.
- El discípulo de Cristo no puede permanecer
indiferente ante estas realidades.
b)
Orar por las vocaciones. Jesús pide: “Rueguen al dueño de la mies.”
La
primera respuesta ante la necesidad de evangelizadores es la oración.
Debemos
pedir al Señor sacerdotes santos, religiosas generosas, diáconos, catequistas y
laicos comprometidos.
c) Todos somos enviados. Después de pedir oración, Jesús envía a los Doce.
- No basta rezar; también hay que responder
al llamado.
- Cada bautizado tiene una misión en la
familia, en la comunidad, en el trabajo y en la sociedad.
- Todos
podemos ser trabajadores de la mies del Señor.
d)
Dar gratuitamente lo que hemos recibido gratuitamente. Jesús dice: “Gratis
lo recibieron, denlo gratis.”
-
El amor, la fe y la misericordia que hemos
recibido de Dios deben compartirse generosamente.
-
La evangelización no busca beneficios personales,
sino servir al Reino de Dios.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos recuerdan tres grandes verdades:
-
Dios nos ha elegido para ser su pueblo santo.
-
Cristo nos ha amado y salvado cuando aún éramos
pecadores.
-
Jesús nos envía a trabajar en su mies porque son
muchos los que necesitan escuchar la Buena Noticia.
Pidamos
al Señor que nos conceda un corazón compasivo como el suyo, disponibilidad para
responder a su llamada y generosidad para trabajar en la construcción de su
Reino.
Que
al participar de esta Eucaristía renovemos nuestro compromiso misionero y
podamos decir con nuestra vida: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Amén.


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