Fe y Vida | José María Ballester Esquivias
22 de septiembre: san Mauricio, el
precursor de la objeción de conciencia
«Somos tus soldados, oh, emperador, pero antes, y
sobre todo, somos siervos de Dios», dijo el jefe de la Legión Tebana al
soberano de Roma para no tener que seguir matando a sus correligionarios
cristianos
Bajo el reinado de Diocleciano y Maximiano, el Imperio
romano recuperó la paz y la estabilidad. Después de compartir el poder, los dos
emperadores nombraron a dos adjuntos y dividieron geográficamente el territorio
para poder enviar rápidamente a uno de ellos al lugar necesario en caso de que
se produjera algún contratiempo. Simultáneamente, este nuevo sistema puso fin a
la desafortunada tendencia de los soldados consistente en proclamar emperador
al general vencedor.
Pero Diocleciano y Maximiano no se detuvieron en la
sumisión de sus tropas: perseveraron en hacer retroceder a los alemanes,
controlaron las revueltas campesinas en las Galias y, en 303, desataron la
última y mayor persecución jamás librada contra los cristianos dentro del
Imperio romano. Ahí empieza la leyenda de la Legión Tebana, un cuerpo de
combatientes compuesto exclusivamente por cristianos y cuyas raíces están en
Egipto: de aquella partieron los legionarios liderados por Mauricio para
combatir a los galos.
Una vez llegados al campamento de Octodurus (hoy
Martigny, en Suiza), Maximiano puso a prueba a los soldados y les pidió que
mataran a cristianos. Mauricio y sus soldados se negaron, tras lo cual la
legión padeció la decimatio, es decir, fue diezmada.
La aniquilación era el castigo más severo para una unidad y consistía en que
uno de cada diez soldados fuera asesinado por sus compañeros de armas. Mauricio
y sus legionarios continuaron su viaje hacia el norte durante unos kilómetros
antes de negarse, en Agaune –lugar donde hoy está ubicada la abadía de San
Mauricio–, a seguir masacrando a sus correligionarios. Mauricio y sus
compañeros rechazaron las órdenes impías del emperador y fueron ajusticiados y
enterrados en el acto. Según se desprende de la Historia de los mártires de la
Legión Tebana, obra escrita por el obispo san Euquerio de Lyon, se
atribuyen a Mauricio las siguientes palabras: «Somos tus soldados, oh,
emperador, pero antes, y sobre todo, somos siervos de Dios; te debemos
obediencia militar, pero a Él le debemos la inocencia. Y preferimos vivir
inocentes antes que vivir culpables». Es una de las demostraciones en clave
cristiana de lo que hoy se conoce como objeción de conciencia. En una época en
que la presión para que los cristianos dejen de actuar de conformidad con sus
convicciones es cada vez más agobiante, el ejemplo de san Mauricio conserva una
saludable vigencia.
El episodio de Agauna ha sido, por razones obvias,
objeto de innumerables controversias históricas. Los investigadores críticos
plantean, principalmente, dos reparos. El primero tiene que ver con la práctica
de la decimatio, según ellos caída en desuso para cuando
acaecieron los hechos de Agauna; el segundo está relacionado con la sempiterna
cuestión de si los cristianos sirvieron, o no, en el ejército imperial antes
del Edicto de Constantino en 314, que hizo del cristianismo la religión oficial
del Imperio. Sea como fuere, la valentía del famoso soldado tebano ha dado
lugar a una leyenda que ha hecho de Saint-Maurice, a lo largo de los siglos, un
popular lugar de peregrinación. Sin ir más lejos, este pueblo situado a los pies
del Gran San Bernardo, se consolidó paulatinamente como cruce de un importante
eje comercial y de la ruta de peregrinación a Roma.
Extendida veneración
Mas la veneración de san Mauricio trasciende con
creces la ubicación de la abadía: solo en Suiza tiene dedicadas una decena de
iglesias; en Francia 52 municipios llevan su nombre y se calcula que alrededor
de 650 entidades religiosas se acogen a su patronazgo. Asimismo, es venerado
por la Iglesia copta –herencia del vínculo egipcio–en octubre. En clave
histórica, san Mauricio ha sido el santo patrón del Sacro Imperio Romano
Germánico desde que su fundador, Enrique I de Sajonia, cediera parte del
territorio del cantón de Argau a la abadía a cambio de la lanza, la espuela y
la espada de san Mauricio, que a su vez fueron parte de las insignias que se
usaron en las coronaciones de sus titulares. Incluso después de su desaparición
oficial en 1806, sus sucesores, los emperadores austro-húngaros, mantuvieron la
tradición hasta 1918.
En cuanto a los restos del santo, Odón I hizo de su
traslado a la catedral de Magdeburgo un objetivo prioritario. La casa de
Saboya, por su parte, dio su nombre a su segunda orden de caballería –la
primera es la Anunciada–, si bien le agregó posteriormente a san Lázaro. Una
acumulación apabullante de referencias que hacen del militar tebano una pieza
básica en la construcción de Europa como realidad de raíces cristianas.
Interpretaciones históricas
Felipe II encargó al Greco un cuadro que
plasmase el martirio de la Legión Tebana. El pintor le dio su propia
interpretación política: situó en un plano positivo a los moderados –Juan de Austria, Alejandro Farnesio y el
duque de Saboya–, favorables a la negociación en las guerras flamencas, y en
una más negativa a los halcones, es decir, el rey
Sebastián de Portugal y el duque de Alba. La obra nunca se expuso.


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