Nuestra Fe | Graziano Borgonovo*
Siete palabras que nos deja el Jubileo
El Jubileo de la esperanza ha sido una experiencia maravillosa. Todos los que lo han vivido
pueden dar testimonio: quienes han tenido responsabilidades en la organización
y desarrollo, tanto a nivel civil como eclesial; los miles de jóvenes y adultos
que han ofrecido su disponibilidad como voluntarios, de los cuatro rincones de
la tierra; y, sobre todo, los más de 33 millones de peregrinos que —es la
imagen que tengo grabada en mi memoria y que quisiera transmitir a todos— con
picos fácilmente identificables, pero con una constancia igualmente
verificable, han partido de la plaza PÃa y recorriendo la vÃa de la
Conciliación han cruzado la Puerta Santa de la basÃlica de San Pedro. Desde la
ventana de mi oficina he recibido diariamente este fuerte testimonio: detrás de la cruz jubilar, el pueblo cristiano expresaba con
alegrÃa su fe. Ha sido imposible que los turistas, siempre numerosos
en Roma —muchos seguramente ajenos a los signos de la tradición cristiana— no
se hayan dado cuenta.
En el intento de ofrecer una sÃntesis de lo que ha
sido el Jubileo, indicaré siete palabras que comienzan
con la letra P, dignas de ser retenidas también en el camino de la
vida una vez concluido el Jubileo. La primera es en realidad dos vocablos
distintos pero inseparables: persona y pueblo. Mi
persona y el pueblo cristiano al que pertenezco. Yo soy personalmente llamado
por Dios, el Señor desea alcanzarme y nadie puede sustituirme en mi respuesta.
Me dispongo al camino, por el Jubileo y por la vida: si no estoy yo, nadie
puede en mi lugar. Pero no estoy solo, no puedo concebirme aislado respecto a
mis hermanos en la fe: por el Bautismo he sido constituido miembro
vivo de un cuerpo vivo, la Iglesia viva del Señor Jesús. AsÃ, cada peregrino,
aunque haya llegado como individuo o como familia, ha sido invitado a unirse a
otros para recorrer juntos su camino, detrás de la única cruz.
La tercera palabra es, precisamente, peregrinación. El recorrido de la vida y el camino en
el tiempo a través de las circunstancias de la existencia dejan de ser
calificados como un mero vagabundeo errante y se convierten en una verdadera
peregrinación cuando la meta se hace cierta; cuando el final del camino se
expresa en la alegrÃa de un encuentro con Aquel que ha venido de la eternidad
para encontrarnos en el tiempo. El camino hacia la plaza de San Pedro ha
representado esta dinámica de la mejor manera posible.
Cuarta palabra: plegaria. Las
personas que, como pueblo, peregrinan, también oran. Hacen muchas otras cosas,
evidentemente: cantan, leen la Escritura, meditan, andan en silencio, ofrecen
testimonio, tanto en el camino jubilar hacia San Pedro como en el camino de la
vida hacia lo eterno. Y cuanto más armoniosamente se marcan esos momentos, más
se genera el bello encanto de una atracción posible para todos.
Puerta Santa: quinta palabra. Recorrida la vÃa
de la Conciliación orando, entrados en la plaza de San Pedro y superados los
necesarios controles de seguridad, los peregrinos suben hacia el atrio y se
disponen a realizar el gesto quizás más solemne de un Jubileo: cruzar la Puerta Santa. «Yo soy la puerta» (Jn 10, 7), dijo de sà mismo el
Señor Jesús. La puerta hacia lo eterno no la hemos abierto nosotros: la abrió
Dios mismo, enviándonos a su Hijo. Esta puerta permanece siempre abierta,
siempre allÃ, a disposición de quien no se evade del encuentro que se le
ofrece.
La sexta palabra expresa la profesión de fe, llena de gratitud, por la iniciativa
de Dios en Cristo. Precisamente frente al altar de la Confesión, erguido sobre
el sepulcro de Pedro, el pescador de Galilea, testigo de Jesús en Roma hasta el
martirio, los peregrinos, recitando el credo, reconocen en Jesús, como lo hizo
Simón Pedro en Cesarea de Filipo (cfr. Mt 16, 16), al «Hijo del Dios
vivo».
Junto al Altar de la Confesión, en la basÃlica de San
Pedro están ubicados los confesionarios, frecuentadÃsimos durante todo el año
santo jubilar: perdón es precisamente la
última palabra que deseo evocar. El peregrino puede reconocer ahora
serenamente, junto con la grandeza del don de Dios, también la fragilidad y la
falta de adhesión constante que lo caracterizan: podrá invocar perdón por su
miseria y regocijarse por el perdón que Dios, en Su misericordia, nunca se
cansará de otorgarle.
Persona, pueblo, peregrinación, plegaria, puerta
santa, profesión de fe, perdón: la experiencia del Jubileo concluye, como todo lo
que transcurre en el tiempo; pero lo que estas palabras sugieren indica esas
realidades que, solicitadas constantemente a Dios y cultivadas en el tiempo,
conducen a lo eterno: la fe, la esperanza y la caridad. Es la pequeña
esperanza, fundada en la fe y manifestada en la caridad, como dirÃa el gran
poeta Charles Péguy, la que seguirá sosteniendo a sus dos hermanas mayores.
*Subsecretario del Dicasterio para la Evangelización


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