La Familia | Mª José Calvo*
El cerebro infantil: cómo la familia impulsa el aprendizaje de los niños
A los padres nos preocupa cómo contribuir a la
formación integral de nuestros hijos. Conocer el desarrollo del cerebro y del
sistema nervioso, así como sus funciones, nos ayuda a entender que constituyen
la base biológica sobre la que se construye su personalidad.
El papel de la
familia en la formación del cerebro
La familia y las vivencias
llenas de afecto van modelando y dejando una “huella” en el
cerebro de los niños, configurando su forma única de ser, anclada en su
temperamento y en sus cualidades personales, que debemos descubrir y potenciar.
Sabiendo que no todo se reduce a materia y
neuronas, la persona tiene una dimensión que la trasciende: no solo su aspecto
psicológico, sino también el espiritual, junto con esos anhelos de belleza y
felicidad que habitan en el corazón humano.
El desarrollo humano se da especialmente en las
primeras etapas de la vida, impulsado por la curiosidad y la capacidad de
asombro de los niños, que —como ya señalaban los clásicos— son el verdadero
motor del aprendizaje. La admiración y la emoción que despierta el mundo en
ellos encienden la atención y la mantienen activa. Viven, en cierto modo, en un
asombro constante.
Los estímulos de la vida cotidiana, en un
ambiente de cariño y relaciones personales como la familia, son fundamentales.
El niño necesita interactuar con los demás, especialmente con sus padres, para
madurar y construir su identidad.
Contamos con un “cerebro social” diseñado para relacionarnos, y con un corazón capaz de querer y sentirse querido. Estas capacidades, junto con el “cerebro emocional” —que percibe los estados interiores—, están presentes desde edades muy tempranas.
Como señala el humanista Tomás Melendo, la
persona “se hace” y se “rehace”, se construye y se reconstruye en la familia,
que es el ámbito propio del amor y de las verdaderas relaciones humanas. El
niño necesita esa interacción con quienes le quieren para crecer.
El cerebro
emocional: aprender desde el vínculo y el cariño
La clave del aprendizaje está en permitir que los
niños admiren su entorno, la naturaleza; en dejar espacio a su asombro, a su
curiosidad y a su imaginación… hasta llegar al entusiasmo. Estas capacidades
abren las puertas de la atención y despiertan el deseo de conocer.
Por eso es importante fomentar la exploración, la
imaginación y la creatividad, así como darles pequeñas tareas y encargos desde
muy pequeños. Les encanta aprender haciendo, y eso forma parte de su propio
desarrollo.
También es fundamental enseñarles lo que está
bien y lo que está mal, de acuerdo con su edad, para que tengan referentes
claros. Los padres podemos atraerlos hacia valores humanos nobles, basados en
principios que no pasan de moda y que se viven en familia. Ahí aprenden lo más
importante.
Es clave respetar sus ritmos, sus tiempos de
atención y esos periodos especialmente sensibles del aprendizaje y del
neurodesarrollo.
Y darles libertad de acción: que puedan moverse,
experimentar, explorar… así desarrollan autonomía, habilidades y confianza.
Poco a poco, pueden tomar decisiones, descubrir sus intereses y relacionarse
con los demás.
Todo esto debe estar guiado por una certeza
fundamental: saberse queridos. Esto no significa darles todo ni
sobreprotegerlos, sino ofrecerles cariño, tiempo y presencia. Y, al mismo
tiempo, ayudarles a aprender a hacer las cosas por sí mismos.
Claves para
favorecer el aprendizaje desde casa
A los niños les encanta moverse, explorar y
experimentar. Cuantas más oportunidades tengan de aprender a través de la
experiencia, mejor desarrollarán sus capacidades. Cuantos más sentidos
involucren, más profundo será su aprendizaje.
Los sentidos son como “ventanas” que les permiten
conocer el mundo y relacionarse con él. Por eso, el movimiento y la actividad
física son fundamentales para un buen desarrollo neurológico.
Los primeros años de vida son especialmente
importantes. Entre los 0 y 3 años, el cerebro está en pleno desarrollo, formando
conexiones neuronales (sinapsis) y siendo especialmente sensible a ciertos
aprendizajes. Este periodo se extiende, con otras habilidades, hasta
los 6 u 8 años.
Aprender significa, en gran medida, crear nuevas
conexiones neuronales. Así lo descubrió el premio Nobel de medicina Santiago
Ramón y Cajal, quien ya intuía lo que hoy la ciencia confirma: aprendizaje y
desarrollo cerebral están profundamente unidos.
Y el motor de todo este proceso es la
curiosidad, el asombro y el deseo de conocer, en un ambiente cálido, afectuoso
y lleno de amor. Es decir, la familia.
No lo olvidemos: nuestros hijos nos necesitan presentes. Disfrutemos de estar con ellos y de acompañar su desarrollo.
*Colaboración de Mª José Calvo para
LaFamilia.info Médico de familia por la Universidad de
Navarra y Orientadora familiar y conyugal por IPAO, y a través del ICE de la
Universidad de Navarra. Colaboradora habitual en la revista “Hacer Familia”
sobre temas de pareja. optimistaseducando.blogspot.com.co


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