Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
¿Sabiduría humana o poder de Dios?
(Lunes
31 de agosto 2026. Vigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas:
1corintios 2,1-5. Salmo 118,97-102. San Lucas 4,16-30)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy escuchamos nos presenta una pregunta muy importante
para nuestra vida: ¿en qué ponemos nuestra confianza: en la sabiduría humana
o en el poder de Dios?
Vivimos
en un mundo que valora mucho el conocimiento, la preparación, el dinero, la
influencia, los títulos y las capacidades humanas. Todo esto tiene su valor,
pero San Pablo nos recuerda que, cuando se trata de anunciar a Cristo, la
fuerza principal no está en nosotros, sino en Dios.
1.
Primera lectura: 1 Corintios 2,1-5. “No quise saber entre
ustedes sino a Jesucristo, y este crucificado.”
San
Pablo llega a Corinto y no se presenta como un gran filósofo ni pretende
conquistar a la gente con discursos brillantes. Él anuncia sencillamente a
Jesucristo crucificado.
Pablo
reconoce que su fuerza no viene de sus capacidades personales, sino del
Espíritu Santo. Por eso dice que su predicación no se apoya en la sabiduría
humana, sino en el poder de Dios.
Aquí
encontramos un primer elemento para nuestra vida: No debemos confiar
solamente en nuestras capacidades.
Podemos
tener inteligencia, experiencia, preparación, dinero o buenas relaciones; pero
si dejamos a Dios fuera de nuestra vida, todo eso puede quedarse vacío.
La
pregunta es: ¿dónde está puesta nuestra confianza?
Hay
personas que dicen: “Yo puedo solo”. Pero llega un momento en que
descubrimos que no podemos resolverlo todo. Hay situaciones familiares,
enfermedades, dificultades económicas, problemas personales y decisiones
importantes en las que necesitamos reconocer: “Señor, yo necesito de ti.”
Pablo
nos enseña que la verdadera sabiduría consiste en reconocer que Dios es Dios y
nosotros somos criaturas necesitadas de Él.
2.
Salmo 118. “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” El salmista encuentra
sabiduría en la Palabra de Dios. Dice que sus mandamientos le hacen más sabio
que sus enemigos y que de la Palabra ha aprendido a distinguir el camino
correcto.
Segundo
elemento para nuestra vida: La Palabra de Dios es una escuela de sabiduría.
No
basta con tener muchos conocimientos. Podemos saber muchas cosas y, sin
embargo, equivocarnos en lo más importante de la vida.
-
Podemos saber cómo ganar dinero, pero no saber
compartirlo.
-
Podemos saber defender nuestros derechos, pero no
saber perdonar.
-
Podemos saber hablar, pero no saber escuchar.
-
Podemos tener muchos títulos, pero no tener
humildad.
-
Podemos conocer muchas cosas del mundo, pero
desconocer el camino que conduce a Dios.
Por
eso el salmista nos invita a amar la Palabra de Dios. La Biblia no es
solamente un libro para leer; es una Palabra para vivir.
Cuando
escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica, ella comienza a
iluminar nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de enfrentar
las dificultades.
3.
Evangelio: San Lucas 4,16-30. Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, toma
el libro del profeta Isaías y proclama: “El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque él me ha ungido.”
Jesús
anuncia que ha venido para llevar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los
cautivos, devolver la vista a los ciegos y proclamar el año de gracia del
Señor.
Aquí
aparece algo impresionante: la gente de Nazaret conocía a Jesús desde
pequeño.
Por
eso se preguntan: “¿No es este el hijo de José?”
Ellos
conocen su familia, su pueblo, su historia. Pero precisamente porque creen
conocerlo demasiado, no son capaces de reconocer quién es realmente Jesús.
Y
este es un tercer elemento para nuestra vida: No debemos acostumbrarnos
tanto a Jesús que dejemos de reconocerlo.
Existe
un peligro para nosotros: acostumbrarnos a la misa, a la oración, al Evangelio,
a la Eucaristía, a las imágenes religiosas, y que todo eso termine
convirtiéndose en una rutina. Podemos estar físicamente en la iglesia y tener
el corazón lejos de Dios.
Los
habitantes de Nazaret tenían a Jesús delante de ellos, pero no fueron capaces
de aceptar su misión.
4.
La sabiduría humana puede cerrarnos a Dios. El Evangelio nos muestra
que, cuando Jesús habla de la misericordia de Dios, sus paisanos se llenan de
indignación.
¿Por
qué?
Porque
ellos tenían una idea determinada de Dios. Querían un Dios que actuara según
sus criterios. Pero Jesús les presenta un Dios que es misericordioso, un Dios
que también quiere salvar a los que ellos consideraban alejados.
Aquí
encontramos otro elemento: La sabiduría humana, cuando se llena de orgullo,
puede convertirse en obstáculo para la fe.
No
es malo estudiar, prepararse y utilizar la inteligencia que Dios nos ha dado.
El problema aparece cuando creemos que sabemos más que Dios.
Cuando
decimos:
-
“Yo sé lo que Dios debe hacer.”
-
“Dios tiene que actuar como yo quiero.”
-
“Yo no tengo que perdonar.”
-
“Esa persona no merece otra oportunidad.”
-
“Yo tengo la razón y los demás están equivocados.”
Entonces
nuestra sabiduría humana empieza a ocupar el lugar de Dios.
La
verdadera sabiduría no consiste en saberlo todo. Consiste en saber escuchar a
Dios.
5.
Jesús nos invita a confiar en el poder de Dios.
Pablo
dice:
“Mi palabra y mi predicación no fueron con persuasivos discursos de sabiduría,
sino en la manifestación y el poder del Espíritu.”
Jesús
tampoco busca impresionar a la gente. Él anuncia la verdad y
cumple la misión que el Padre le ha confiado.
Por
eso hoy debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo apoyado solamente en mis fuerzas
o estoy dejando actuar a Dios en mi vida?
Hay
cosas que nosotros podemos hacer, pero hay otras que solamente Dios puede
transformar.
-
Nosotros podemos sembrar, pero Dios hace crecer.
-
Nosotros podemos enseñar, pero Dios toca el
corazón.
-
Nosotros podemos aconsejar, pero Dios transforma
la vida.
-
Nosotros podemos perdonar, pero Dios sana las
heridas profundas.
-
Nosotros podemos comenzar un camino, pero Dios nos
da la perseverancia.
Para
nuestra vida.
Hermanos
y hermanas, llevemos hoy cuatro enseñanzas:
Primera: No
despreciemos la preparación humana, pero pongámosla al servicio de Dios.
Segunda:
Busquemos diariamente la sabiduría en la Palabra de Dios.
Tercera: No nos
acostumbremos a Jesús. Cada día debemos descubrirlo nuevamente y preguntarnos:
“Señor, ¿qué quieres de mí?”
Cuarta: No permitamos
que el orgullo nos cierre al poder de Dios. Tengamos un corazón humilde capaz
de decir: “Señor, yo confío en ti.”
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, la sabiduría humana puede ayudarnos a caminar por este
mundo, pero solamente la sabiduría de Dios puede enseñarnos a vivir plenamente
y alcanzar la salvación.
Por
eso, cuando tengamos que escoger entre nuestros propios criterios y la voluntad
de Dios, recordemos que la cruz de Cristo parece debilidad ante los ojos del
mundo, pero es fuerza y sabiduría de Dios.
Pidamos
al Señor la gracia de no vivir apoyados únicamente en nuestras capacidades,
sino de abrir el corazón al Espíritu Santo.
Que
podamos decir con el salmista: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”
Y
que nuestra vida sea una respuesta concreta a esta pregunta:
¿Sabiduría
humana o poder de Dios?
Señor,
danos la sabiduría para reconocerte, la humildad para escucharte y la fe para
confiar siempre en tu poder. Amén.


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