Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Señor, sálvame
(Domingo 9 de agosto 2026. Decima Novena Semana
Tiempo Ordinario, lecturas: 1 Reyes 19,9.11-13. Salmo 84, Romanos 9,1-5. San
Mateo 14,22-33)
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este día nos invita a
contemplar un tema profundamente humano y cristiano: "Señor,
sálvame". Es el grito de Pedro cuando comienza a hundirse, pero también es
el grito de cada uno de nosotros cuando las dificultades de la vida parecen
superarnos. Las lecturas nos enseñan que Dios nunca abandona a quienes confían
en Él.
1. Elías descubre a Dios en el silencio (1
Reyes 19,9.11-13). El profeta Elías atraviesa un momento de
cansancio, miedo y desánimo. Ha huido porque teme por su vida. En el monte
Horeb espera encontrar a Dios.
Sin embargo, Dios no se manifiesta en el viento
huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego. Se revela en el susurro de una
brisa suave.
¿Qué
nos enseña esta lectura?
-
Dios muchas veces habla en el silencio del
corazón.
-
No siempre encontraremos las respuestas en el
ruido del mundo.
-
La oración silenciosa nos permite escuchar la voz
del Señor.
-
Cuando atravesamos crisis, antes de actuar debemos
aprender a escuchar a Dios.
Hoy
vivimos rodeados de ruido: teléfonos, noticias, preocupaciones y prisas.
Corremos el riesgo de escuchar todas las voces menos la voz de Dios.
2. El Señor anuncia la paz (Salmo 84). El salmista
proclama: "Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a
su pueblo."
El
salmo nos recuerda que:
-
Dios quiere sembrar paz donde hay miedo.
-
La misericordia y la verdad caminan juntas.
-
La justicia prepara el camino del Señor.
-
Cuando dejamos entrar a Dios en nuestra vida
florecen el amor, la fidelidad y la esperanza.
La
paz que Cristo ofrece no depende de que desaparezcan los problemas, sino de
saber que Él camina con nosotros.
3. San Pablo sufre por la salvación de su
pueblo (Romanos 9,1-5). San Pablo abre su corazón y confiesa un profundo
dolor por sus hermanos israelitas que no han reconocido a Cristo.
De
esta lectura aprendemos:
-
El verdadero creyente no es indiferente ante la
salvación de los demás.
-
Amar significa preocuparse por quienes se han
alejado de Dios.
-
Debemos orar por nuestros hijos, familiares y
amigos que han perdido la fe.
-
El dolor ofrecido por amor también es una forma de
evangelizar.
Muchas
veces criticamos a quienes se han apartado de la Iglesia, pero San Pablo nos
enseña primero a sufrir, orar y amar por ellos.
4. "Señor, sálvame" (Mateo
14,22-33). El Evangelio presenta una escena llena de esperanza. Los
discípulos están en medio del lago mientras el viento es contrario.
También
nosotros conocemos esos vientos:
-
enfermedades, problemas familiares, dificultades
económicas, incertidumbre, soledad,
-
crisis de fe.
Jesús
llega caminando sobre las aguas.
Con estas palabras calma el corazón de los
discípulos: "Ánimo, soy yo; no tengan miedo." Pedro desea
caminar hacia Jesús. Mientras mantiene la mirada fija en Cristo, camina sobre
el agua. Pero cuando mira el viento y las olas, comienza a hundirse.
Entonces pronuncia una de las oraciones más
cortas y más poderosas del Evangelio: "Señor,
sálvame." Jesús inmediatamente le extiende la mano.
Aquí
encontramos varias enseñanzas para nuestra vida:
-
La fe nos permite caminar incluso sobre las
dificultades.
-
Cuando dejamos de mirar a Cristo y solo vemos los
problemas, comenzamos a hundirnos.
-
Dios nunca llega tarde; siempre extiende su mano
al que lo invoca.
-
La oración sencilla hecha con fe tiene un inmenso
poder.
-
Jesús no abandona al que reconoce su necesidad.
Todos,
alguna vez, hemos pronunciado ese grito: "Señor,
sálvame." Y el Señor siempre responde con su mano misericordiosa.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, las lecturas de hoy
nos dejan un camino muy claro:
- Como Elías, aprendamos a
escuchar a Dios en el silencio.
- Como el
salmista,
confiemos en que el Señor siempre nos trae su paz.
- Como San
Pablo,
preocupémonos por la salvación de nuestros hermanos.
- Como
Pedro, cuando sintamos que nos hundimos por las pruebas de la vida, no
perdamos la fe, sino levantemos los ojos hacia Cristo y repitamos con
confianza: "Señor, sálvame." Y tengamos la certeza de que
Jesús, que nunca abandona a los suyos, extenderá también su mano para
sostenernos, fortalecer nuestra fe y conducirnos con seguridad hasta el puerto
de la vida eterna. Amén.


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