Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Cristo viene a encender el fuego del amor
Memoria de San Juan Pablo II
(Jueves
22 de octubre 2026. Vigésima novena semana tiempo ordinario, Efesios 3,14-21;
Salmo 32; Lucas 12,49-53)
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
la Palabra de Dios nos presenta a Jesús con una expresión que puede
sorprendernos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que
ya esté ardiendo!». Jesús no habla de un fuego que destruye, sino del fuego
del amor de Dios, del fuego del EspÃritu Santo, de ese amor que transforma el
corazón y nos lleva a vivir de una manera nueva.
En
esta celebración, en la memoria de San Juan Pablo II, encontramos también el
testimonio de un hombre que dejó que Cristo encendiera en él ese fuego del amor
y de la misión. Por eso, las lecturas de hoy nos invitan a preguntarnos: ¿está
vivo en nosotros el fuego del amor de Cristo?
1.
Efesios: fortalecer el corazón en el amor
San
Pablo comienza diciendo: «Doblo las rodillas ante el Padre».
Pablo
hace una oración profunda por la comunidad. Pide que Dios fortalezca
interiormente a los creyentes y que Cristo habite por la fe en sus corazones.
AquÃ
encontramos el primer elemento para nuestra vida:
Necesitamos
fortalecer nuestro corazón en Dios. Hay momentos en que nos
sentimos débiles, cansados, preocupados o desanimados. Por eso necesitamos una
vida interior fuerte. No podemos vivir solamente de lo exterior. Necesitamos
oración, silencio, EucaristÃa, Palabra de Dios y confianza en el Señor.
San
Pablo pide también que podamos comprender la anchura, la longitud, la altura y
la profundidad del amor de Cristo.
El
amor de Cristo es mucho más grande de lo que podemos imaginar. Dios no nos ama
porque seamos perfectos. Dios nos ama y su amor nos ayuda a cambiar.
Por
eso preguntémonos:
-
¿Mi corazón está fortalecido por la oración?
-
¿Estoy dejando que Cristo habite en mÃ?
-
¿Estoy creciendo en el amor?
-
¿Estoy permitiendo que Dios transforme mis
resentimientos y heridas?
San
Juan Pablo II fue un hombre que permitió que Cristo habitara profundamente en
su corazón. De ahà nació su fortaleza, su esperanza y su capacidad de anunciar
el Evangelio.
2.
Salmo 32: «La misericordia del Señor llena la tierra»
El
salmo nos recuerda: «La misericordia del Señor llena la tierra».
Este
es otro elemento importante para nuestra vida:
Debemos
aprender a vivir confiando en la misericordia de Dios. Muchas veces
nosotros miramos solamente nuestras dificultades: problemas familiares,
enfermedades, dificultades económicas, preocupaciones por los hijos, problemas
de la comunidad. Pero la Palabra nos invita a levantar los ojos y descubrir que
la misericordia de Dios sigue presente. Dios no abandona a sus hijos.
Cuando
una persona descubre la misericordia de Dios, también aprende a ser
misericordiosa con los demás.
No podemos pedirle a Dios misericordia
mientras nosotros vivimos juzgando, condenando y rechazando a los demás. El
fuego del amor de Cristo debe convertirse en misericordia, perdón, comprensión
y servicio.
3.
Evangelio: «He venido a prender fuego a la tierra»
En
el Evangelio Jesús dice: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto
deseo que ya esté ardiendo!»
¿Qué
fuego quiere Jesús encender?
-
Es el fuego de su amor.
-
Es el fuego de la fe.
-
Es el fuego del EspÃritu Santo.
-
Es el fuego de una vida entregada a Dios y a los
hermanos.
Pero
Jesús también nos dice algo fuerte: su presencia puede provocar división. «¿Pensáis
que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división».
Esto no significa que Jesús quiera las
peleas, los enfrentamientos o las divisiones familiares. Jesús es el
PrÃncipe de la Paz.
Lo
que quiere decir es que tomar en serio el Evangelio exige decisiones.
-
Cuando una persona decide vivir según Cristo, no
siempre todos estarán de acuerdo.
-
Cuando escogemos la verdad, algunos pueden
rechazarla.
-
Cuando escogemos perdonar, otros pueden decirnos
que somos débiles.
-
Cuando defendemos la vida, la justicia y la
dignidad humana, podemos encontrar oposición.
-
Cuando decidimos abandonar un vicio o una mala
conducta, tendremos que luchar contra aquello que antes dominaba nuestra vida. Por
eso el fuego de Cristo purifica y transforma.
4.
San Juan Pablo II: «¡No tengan miedo!»
La
memoria de San Juan Pablo II nos ayuda a comprender este Evangelio. Uno de los grandes mensajes de su
ministerio fue: «¡No tengan miedo! ¡Abran, más todavÃa, abran de par en par
las puertas a Cristo!»
San
Juan Pablo II entendió que el mundo necesita hombres y mujeres que permitan
que Cristo encienda nuevamente el fuego de la fe.
-
No podemos ser cristianos apagados.
-
No podemos tener una fe solamente de nombre.
-
No podemos venir a la Iglesia, escuchar la Palabra
y después vivir como si nunca hubiéramos conocido a Cristo.
El
fuego que recibimos en la Iglesia debe llevarlo nuestra vida a la familia, al
trabajo, al barrio y a la sociedad.
Algunos
elementos para nuestra vida
1.
Dejar que Cristo habite en nuestro corazón. No basta conocer a
Jesús; necesitamos permitir que Él transforme nuestra manera de pensar, hablar
y actuar.
2.
Alimentar el fuego de la fe. La oración, la EucaristÃa, la confesión y la
Palabra de Dios mantienen vivo el fuego interior.
3.
Convertir el amor en obras. El amor verdadero se demuestra perdonando,
ayudando, visitando al enfermo, acompañando al que está solo y sirviendo al
necesitado.
4.
No tener miedo de vivir el Evangelio. Ser cristiano implica
decisiones. A veces tendremos que ir contra la corriente, pero debemos
permanecer fieles a Cristo.
5.
Ser instrumentos de misericordia. Si hemos experimentado la misericordia de
Dios, también nosotros debemos ser misericordiosos.
6.
Llevar el fuego de Cristo a nuestra familia. Una familia cambia
cuando alguien comienza a rezar, perdonar, escuchar y amar de verdad.
7.
No apagar el fuego con resentimientos. El odio, la envidia, la
división y la falta de perdón apagan el fuego del amor. Hay que pedir al Señor
un corazón nuevo.
8.
Como San Juan Pablo II, anunciar a Cristo con valentÃa. No
necesitamos ser grandes teólogos para evangelizar. Podemos evangelizar con
nuestro testimonio, con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestra manera de
vivir.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, hoy Jesús nos dice: «He venido a prender fuego a la
tierra».
Ese
fuego comenzó en el corazón de los primeros discÃpulos y ha llegado hasta
nosotros. Ahora nos corresponde a nosotros mantenerlo vivo.
Pidamos
al Señor que encienda nuevamente nuestro corazón. Que encienda el corazón de
nuestras familias. Que encienda nuestra comunidad cristiana. Que encienda en
nosotros el deseo de servir y anunciar el Evangelio.
Y
que, siguiendo el ejemplo de San Juan Pablo II, podamos decir con nuestra vida:
no tengo miedo de abrirle las puertas a Cristo.
Que
el fuego del amor de Cristo nos ayude a perdonar más, amar más, servir más y
vivir con mayor fidelidad nuestra fe.
Señor
Jesús, enciende en nosotros el fuego de tu amor. Que nunca permitamos que se
apague. Amén.



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