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    Súplicas en la soledad del sufrimiento

    Súplicas en la soledad del sufrimiento: Salmo 6  
    Ángela Cabrera, Misionera Dominica  
    Quien vivió o pasa por experiencia de profundo sufrimiento causada por enfermedad va entender el Salmo 6. Se trata de una persona cuya existencia vacila entre la vida y la muerte. Desde el fondo de su amargura recupera las energías restantes para suplicar: Tenme piedad, Yavé, que estoy sin fuerzas (v.3).
    En la soledad silenciosa, expone para Dios su caso: siente los huesos desmoronados (v.3), su alma abatida (v.4), está extenuado de gemir, hasta el punto de bañar su lecho, cada noche, de lágrimas (v.7), sus ojos están corroídos por el tedio (v.8). Esta es la situación de quien vive cada minuto de agonía convertido en un conjunto de eternidades.
    Se desconoce el tipo de enfermedad de este suplicante, pero le provoca sufrimiento. El dolor es siempre dolor, sin distinción de las causas que lo originan. Además, está cercado de personas que lo perturban, complicándole todavía más su realidad. Son aquellas a las cuales el salmista cataloga de: opresores (v.8), malvados (v.9) y enemigos (v.11). Ellas lo visitan dejándolo saturado de viejas teologías: ¡Dios está lejos del que sufre!, ¡El dolor es causa del pecado! Esas personas, además de condenarlo en el sufrimiento, exigen que el salmista reconozca sus faltas (Sl 38,4). ¡Qué situación difícil! Porque, además del dolor en los huesos (v.3), carga un desespero espiritual (v.4) y el rechazo social de quienes le circundan (v.9).
    En ese ambiente desolador, el salmista hace diferencia entre la vida y la muerte (v.6), y escoge al Dios de la vida. En la historia de salvación recupera la fe en el Dios de la salud: Yo soy Yavé, el que te sana (Ex 15,26). Parece recordar los consejos de sus antepasados: Hijo, en tu enfermedad, no seas negligente, sino ruega al Señor, que Él te curará (Si 38,9). Y percibe que ni el castigo ni la cólera de Dios están sobre él (v.2), sino la misericordia divina que le rescata de los infiernos donde está sumergido. Dios es aquel que transforma su gemido en proclamación: ¡Yavé ha oído mi súplica!, ¡Yavé acoge mi oración! (v.10).
    La escucha de Dios a los ruegos del salmista es traducida en acciones que, como bálsamo, alivian. Una vez restablecido grita: ¡Apártense de mí todos los malvados, pues Yavé ha oído la voz de mis sollozos! (v.9). La cura le devolvió al enfermo la palabra y la postura. Cuestiona los adversarios y los aparta llenos de vergüenza. Ellos retroceden confusos (v.11). Es posible que esta hazaña sea divulgada por el salmista en el mundo de los vivos (v.6), en el mismo lugar donde Dios hace justicia y realiza maravillas.
    En las comunidades testimoniamos el sufrimiento de los enfermos, especialmente de los pobres. Si usted alguna vez cargó una receta médica en un bolsillo sin dinero sabe lo que estoy hablando. Si ya se endeudó para curarse, porque la enfermedad no estaba prevista en el presupuesto mensual, va sentirse identificado con el grito popular: ¿Señor, qué hice para merecer tal castigo? Las personas entran en crisis cuando no ven a Dios en el momento angustioso. Cuando reconocen que además de la fe, necesitan de la ciencia para curarse, pero que esta ciencia no siempre está al servicio de los necesitados. Hoy también Dios hace maravillas, pero necesita del ungüento solidario, algunas veces conservado en viejas gavetas, sin ser aplicado a las llagas de los pobres lázaros. ¿Cuáles ungüentos (visitas, ayudas, bienes, escucha, amistad) compartidos, podrían dar consuelo a los/as sufridores/as?

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